Un Nuevo Orden Mundial Post-Covid

La pandemia de coronavirus que ha sacudido al mundo entero no sólo ha revelado todas sus vulnerabilidades, sino que también ha acelerado tendencias que venían vislumbrándose desde hace años e incluso décadas.

Uno de los primeros puntos que la pandemia ha puesto de relieve es el peligro que entraña la excesiva dependencia de los países occidentales (y no sólo) del mercado mundial y de sus complejas cadenas de valor.

Es un hecho fácilmente demostrable que la crisis económica que padecemos no puede ser achacada sólo a la pandemia

En efecto, ya en los primeros momentos de la pandemia tanto Estados Unidos como Europa mostraron su vulnerabilidad crítica en lo que respecta al suministro de material sanitario necesario para hacer frente a los riesgos de ésta.

El segundo punto que la pandemia deja al descubierto es que la especialización excesiva de los países en un determinado ámbito económico, siguiendo acríticamente los postulados de la teoría de la ventaja competitiva repetida hasta la saciedad por liberales librecambistas y progresistas, deja a regiones enteras condenadas a la miseria en caso de un colapso del mercado mundial. Es el caso de una España que lleva años apostado su futuro económico a la dependencia del sector turístico. Un sector clave que hay que proteger, pero que no puede ser el único motor en un país con talento suficiente y potencial para volver a ser una potencia industrial, tal como ya lo fue en la segunda mitad del siglo XX.

El tercer punto que la pandemia pone sobre la mesa es el fracaso de la política de estimulación de la demanda basada en la flexibilización cuantitativa (compra masiva de deuda pública y privada por parte de los Bancos centrales) y el abaratamiento del crédito.

Es un hecho fácilmente demostrable que la crisis económica que padecemos no puede ser achacada sólo a la pandemia y que tiene mucho que ver con el alto endeudamiento de estados, sector privado y particulares propiciado por un estancamiento de la economía física occidental y japonesa, un agotamiento de los nuevos mercados que necesita el sistema capitalista para seguir expandiéndose y una desregulación excesiva que ha contribuido a hinchar burbujas de activos financieros en los principales mercados bursátiles mundiales, especialmente en el norteamericano, que no han estimulado suficientemente a los sectores productivos.

En cuarto lugar, la rápida y eficiente reacción de las potencias de Asia Oriental a la hora de combatir la propagación de la pandemia, especialmente en el caso japonés, taiwanés, coreano y, en menor medida, chino, que contrasta con los titubeos, improvisación e incluso incompetencia que han mostrado los gobernantes occidentales, sella definitivamente la transición del centro de actividad económica mundial del Atlántico al Pacífico ya prevista por politólogos como Giovanni Arrighi a finales del siglo XX o por consejeros estratégicos como el economista Jacques Attali.

Finalmente, el hundimiento económico en Europa y Estados Unidos, junto con la resistencia de China, las potencias asiáticas y Rusia, señala un acontecimiento de primera magnitud del que ya hace años que distintos analistas, tanto americanos como europeos, rusos y asiáticos, vienen advirtiendo, a saber, el final de la hegemonía norteamericana y el debilitamiento de Europa occidental.

Y para los incrédulos que aún sueñan con un nuevo siglo americano sólo hay que dirigir la mirada a Europa del Este, África, el Mediterráneo oriental y la misma Hispanoamérica. ¿Creen que es casualidad la exitosa intervención rusa en Siria, la estabilización de las protestas en Bielorrusia, el conflicto en Nagorno-Karabaj, las tensiones entre Turquía y Grecia o la intervención turca, italiana, francesa, rusa y americana en Libia? Es innegable que las principales potencias mundiales y regionales vuelven a la lucha por recuperar aquellos espacios de influencia económica y política que habían estado bajo su control en los siglos XIX y XX.

En este sentido analistas como John Mearsheimer, Robert Kaplan, Henry Kissinger o el mismo ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, parecen en coincidir en la inevitabilidad de la transición hacia un mundo multipolar donde los viejos imperios vuelven con fuerza. El nuevo reparto del mundo o el nuevo gran juego, parafraseando al gran escritor británico Rudyard Kipling, no ha hecho más que empezar, los actores son conocidos: China, Rusia, Turquía, el mundo anglosajón (los Estados Unidos y la Commonwealth) y el núcleo carolingio de Europa (Alemania y Francia).

El tiempo dirá qué sorpresas nos depara. Abróchense los cinturones.

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