Un nuevo ‘estado islámico’ se apodera de Afganistán

Su avance en los últimos meses ya venía siendo imparable. Ha sido este último mes cuando, la gran ofensiva de verano de los talibanes, ha conseguido hacerse con el control de todo Afganistán contra todo pronóstico y en un lapso de tiempo abrumadoramente breve.

El ejército talibán ya se ha asegurado, prácticamente, el monopolio de la violencia y el control total del país. Los focos de resistencia anti-talibán comienzan a ser testimoniales y la desesperación de los últimos días ha dejado paso a la resignación.

La nueva autoridad nacional pretende una transición de poder pacífica, al menos sobre el papel.

Mullah Abdul Ghani Baradar, líder de los talibán entraba esta mañana en el palacio presidencial de Afganistán para forzar al presidente Ashraf Ghani a hacer un traspaso inmediato de poder.

Democracia fallida.

Aunque durante la década pasada fue el ISIS (Estado Islámico de Irak y el Levante), quien centró la atención, ahora, el protagonista mundial indiscutible en el ámbito del islamismo es el nuevo régimen talibán de Afganistán.

Si bien los estados dictatorial y semi autoritario de Siria e Irak, respectivamente, pudieron hacer frente finalmente al Estado Islámico- con la inestimable ayuda externa de Rusia e Irán-; en Afganistán la cosa ha sido bien distinta.

Ni el débil estado afgano ni la comunidad internacional han sido capaces de frenar el avance gradual del talibán, que cosecha ahora el fruto de veinte años de resiliencia y lucha armada.

De alguna manera, esto deja muy en entredicho el papel de las democracias occidentales en el tablero geopolítico y militar del siglo XXI.

A este respecto, hay que decir que los talibanes no se han vendido como una fuerza ultra beligerante con intenciones de crear un gran califato islámico euroasiático- como si hizo de forma poco sensata el ISIS-, sino como los legítimos dueños de Afganistán en contra del tiránico extranjero.

Tuvieron que pasar muchos años para que los talibanes pasaran de ser una reducida resistencia de muyahidines irredentos- que trataban de desestabilizar el estado de derecho afgano con actos terroristas- a una gran fuerza creciente, muy difícil de erradicar y con afianzado dominio sobre grandes áreas del mundo rural.

Han hecho falta pocos meses para que, de ser esa fuerza con fuerte presencia en áreas rurales de mayoría pastún, los talibanes hayan pasado a convertirse en la fuerza dominante.

De igual modo, el identitarismo talibán ya no está tan ligado a la mayoría pastún como hace un par de décadas. Ahora milicianos de distintas minorías engrosan las filas de la yihad.

En un país en el que prácticamente el 100% de la población cree en el islam, el 98% cree en la sharia y en el que casi el 40% justifica los actos terroristas, el fanatismo yihadista no es algo tan amenazante como nos lo podría parecer a nosotros.

Si nos vamos ya a la última quincena, los yihadistas han conseguido, en poquísimo tiempo, pasar de controlar en torno al 60 o 70% del territorio afgano a tener bajo su poder todo el país.

Así amanecía Kabul hoy.

En las afueras, cientos de personas huían a pie para evitar los saqueos y la rapiña.

Se esperan huidas masivas de personas los próximos días. Esto podría traer consigo una nueva crisis de refugiados que se sumaría a las ya existentes.

Los talibanes han pactado con los extranjeros su salida pacífica del país.

Este giro pragmático y diplomático de los talibanes- que ya no son simples terroristas o una minoría de fanáticos irredentos viviendo a escondidas en las montañas- es lo que ha facilitado su escalada final al poder.

Mientras que China ya reconoce sin mayor problema la autoridad talibán en el país. Los países de la OTAN y otros de la comunidad internacional, se resignan a aceptar la incontestable realidad: ya no queda nadie dispuesto a hacer frente al régimen teocrático que los talibanes preparan para el país centroasiático.

Hace un par de días, el ya comatoso estado afgano todavía ofrecía a los talibán sentarse a negociar. Paralelamente, la OTAN advertía fanfarrona e hilarantemente a sus hasta ahora enemigos mortales, que no reconocerían la autoridad talibán en el país mientras los muyahidines hicieran uso de la violencia.

En la embajada americana se podía ver, esta mañana, una prominente columna de humo saliendo de su interior. Posiblemente tenga que ver con la quema de miles de documentos comprometedores con información geográfica y militar que los americanos quieren destruir antes de rendirse al enemigo.

Más allá de la derrota que supone, para EEUU el fin de la guerra de Afganistán no deja de suponer una liberación a nivel humano y económico.

Ya en la era Obama casi todo el mundo se arrepentía de la entrada de EEUU en la guerra. Una de las promesas fallidas del líder demócrata fue la de retirar al ejército americano desplegado en Afganistán.

La mayoría de estadounidenses deseaba que las tropas se retirasen cuanto antes de suelo afgano, aunque eso supusiera dejar a los afganos a su suerte.

La llegada de Trump al Partido Republicano y su apuesta por el «no intervencionismo» anticipó, en 2016, la retirada definitiva de las tropas estadounidenses fueran cuales fueran las consecuencias.

Sin embargo, es difícil negar que estamos ante una de las derrotas más humillantes de la historia de los Estados Unidos. La más grande y evidente desde la Guerra de Vietnam. Después de 20 años de esfuerzos a todos los niveles, las tropas se van de Afganistán sabiendo que nada de lo que han hecho va a tener continuidad.

Precisamente, la retirada acelerada a la que estamos asistiendo estos días, recuerda a la experimentada en Saigón (capital de Vietnam del Sur) en 1975.

Por suerte para EEUU, en este caso no hay superpotencias comunistas en situación de beneficiarse de su derrota. La cifra de muertos norteamericanos asciende a 2.500. Pueden parecer muchos, pero están lejos de alcanzar los 60.000 de Vietnam.

Aún con todo, Pakistán y China serán los grandes beneficiarios, al menos a priori, de la nueva situación en Afganistán. Mientras tanto, los países occidentales tendrán que rebajarse a negociar con los talibanes el acceso comercial a los ricos recursos mineros del país centroasiático.

¿Qué futuro les espera a los afganos?

Todavía hay muchas dudas en el aire. No sabemos si el nuevo Afganistán talibán apoyará fervientemente el terrorismo yihadista internacional como hizo el de los años 80 y 90. En principio, los chinos estarían procurando que eso no suceda, al menos no en territorio chino.

¿Y si así fuera? ¿Y si el nuevo Afganistán, un país pobre de solemnidad pero aislado, rico en recursos estratégicos, protegido por una escarpada orografía y con más de 35 millones de habitantes decidiera financiar el terrorismo internacional? ¿Volvería EEUU a intervenir el país dadas esas circunstancias?

El nuevo tiempo que se abre para la OTAN no es nada sencillo. El mundo se reafirma como un espacio sumamente complejo y multipolar en el que occidente tan solo tiene control sobre sí mismo, y en cierto modo, ni siquiera eso.

Las sociedades occidentales tendrán que asumir que la única forma de luchar contra el terrorismo es controlando la situación en casa. El tercer mundo queda lejos de nuestro alcance.

Asimismo, la era de las grandes migraciones masivas podría estar llegando a su fin.

Últimamente, vemos como los discursos de muchos partidos o corrientes políticas hasta ahora ultrainmigracionistas, están empezando a cambiar gradualmente y revisando algunos de sus postulados. El yihadismo es un peligro real a nivel global que no va a desaparecer. Un peligro que a su vez alimenta otros extremismos y que nos conviene cortar de raíz.

En un vídeo reciente, un comandante talibán afirmaba que él y los suyos tienen muy claro que el destino del mundo pasa por sucumbir al islam.

Es nuestra creencia que, algún día, los muyahidines obtendremos la victoria final. La ley islámica reinará no solo en Afganistán sino sobre todo el mundo. Nosotros no tenemos prisa, pero creemos que ese día llegará. La Yihad no acabará nunca.

La muerte de la libertad y del estado de derecho

En estos momentos, las autoridades municipales de las ciudades- representantes hasta ahora del Afganistán más aperturista- se preocupan por tapar todo rastro de cultura «occidental» y liberal en el país.

La caída del actual estado afgano, con todas las imperfecciones que este pudiera tener, supone no solo el fin de la presencia extranjera en Afganistán, sino del único estado relativamente democrático y liberal que el país ha conocido.

Pero, sobre todo, el cambio de régimen se traduce en el fin absoluto de los derechos y libertades civiles, en especial de los de las mujeres.

A partir de hoy, el burka integral pasa a ser la prenda de vestir oficial de toda mujer afgana.

Con todo ello, en Afganistán ya no habrá espacio para las libertades sexuales o para industrias enteras como la de los cosméticos o el modelaje. Aunque no conocemos el grado de aperturismo que finalmente vayan a permitir los talibanes, cabe esperar lo peor.

La cultura popular y el entretenimiento de 45 millones de personas pasan a estar en manos del fundamentalismo islámico más rigorista. En el nuevo Afganistán, no parece que vaya a haber lugar para cine extranjero, pornografía, música moderna, alcohol, modelaje, libertad artística, culto al cuerpo femenino etc…

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