Ucrania. Del mito a la realidad – Parte I

Ucrania es uno de los estados más grandes y poblados de Europa y, a pesar de todo, un misterio para el lector medio europeo.

Sólo aparece en las noticias cuando las tensiones con la Federación Rusa aumentan hasta poner en riesgo la estabilidad energética o política de Europa y de Occidente, tal como sucedió en 2005 con la primera guerra del gas, y en 2014 con las protestas del Maidan, la anexión de Crimea por parte de Rusia y el conflicto civil en el este del país.
Desde entonces la actualidad de lo que sucede en Ucrania ha quedado absolutamente ocultada para volver a reaparecer estos últimos días, justo después de la toma de posesión del nuevo Presidente norteamericano Joe Biden.

A modo de recordatorio para el lector, haré una breve recapitulación de lo sucedido en 2013-2014, momento que marca un punto de inflexión de gran envergadura en la política internacional, a saber, el retorno con fuerza de Rusia como gran potencia.

En el año 2013 Ucrania, dirigida por el Presidente electo Viktor Yanukovich, de tendencia muy moderadamente rusófila, tuvo que escoger entre acercarse a la UE firmando un tratado de asociación comercial y político o profundizar la integración económica y política con la Federación Rusa a través de la entrada en la Unión Euroasiática. Yanukovich, cercano a los intereses oligárquicos de la cuenca minera de Donetsk, optó finalmente por congelar y posponer la firma del tratado de asociación con la UE y tratar de obtener un préstamo por parte de Rusia para estabilizar la economía del país.

El Presidente ucraniano, que llegó con el apoyo del electorado ruso y rusófilo del este del país y con la promesa de unirse a la Unión Euroasiática, consiguió al mismo tiempo enemistarse con su electorado tradicional y ganarse el odio de la oposición nacionalista del oeste del país y de la mayor parte de la oligarquía financiera e industrial, ambos sectores obsesionados por distintos motivos con la entrada en la UE.

Sin embargo, lo que estaba en juego era una lucha de poder entre Rusia, Alemania y Estados Unidos por el control de Ucrania

Para Alemania lograr el dominio económico sobre Ucrania significaba culminar el viejo sueño teutónico de ver a Rusia definitivamente reducida a las fronteras del siglo XVII. Para Estados Unidos lograr una Ucrania aliada suponía rematar el cerco estratégico y militar de Rusia por su flanco occidental y consolidaba definitivamente el control sobre el Mar Negro.

En cambio, para Rusia absorber Ucrania en la Unión Euroasiática significaba corregir el principal “error” cometido durante el colapso de la URSS, a saber, la independencia estratégica de Ucrania.

Yanukovich, finalmente, en octubre de 2013, congeló las negociaciones sobre el tratado de asociación con la UE al no conseguir una suma de dinero suficiente para compensar las pérdidas económicas que la apertura del mercado ucraniano a la competencia europea ocasionaría al sector industrial del este del país. Ello, sumado a la negociación de una serie de acuerdos económicos con Rusia y de un préstamo de más de 10.000 millones de euros para cubrir el déficit presupuestario del país, generó una oleada de protestas orquestadas por la oposición, la mayor parte de la oligarquía y una serie de organizaciones civiles financiadas por los principales países occidentales, especialmente Estados Unidos, Reino Unidos y Alemania.

El resultado de la vorágine de inestabilidad es bien conocido: la caída del gobierno de Yanukovich, el intento de asesinato de éste por parte de radicales de ultraderecha nacionalista, el establecimiento de un gobierno nacionalista y oligárquico pro-occidental mediante un golpe de estado blando (sustitución del gobierno legítimo por otro no elegido con la excusa de la huida del Presidente legítimo), la anexión de Crimea por parte de Rusia y el estallido de una guerra civil con levantamientos armados en el este apoyados indirectamente por el gobierno y el ejército ruso.

Los acontecimientos descritos ocasionaron una dramática degradación de las relaciones entre Occidente y la Federación Rusa, con la imposición de sanciones en ambas direcciones y un aumento de la desconfianza mutua. Tanto la prensa occidental como la mayor parte de la intelectualidad progresista se posicionó en su casi totalidad a favor del golpe y en contra de Rusia. Los principales argumentos esgrimidos se reducían a dos muy simples: que Ucrania era una nación ocupada históricamente por Rusia y que Ucrania, a diferencia de Rusia, era una nación europea, cuya tradición política, además, era mucho más democrática que la rusa.

¿Pero qué hay de mito y de realidad histórica en todos estos argumentos? En las siguientes páginas trataré de responder a este complejo y, a la vez, apasionante enigma.

La historia de lo que hoy se conoce como Ucrania es inseparable e indistinguible de la del resto de Rusia desde su inicio. Cuando Rusia nace como entidad política y cultural unificada, en el siglo X, ocupa ya un territorio que se extiende desde Novgorod hasta Kiev, la actual capital del estado ucraniano. Esta entidad se conoce bajo la denominación de Rus de Kiev y se organizó como una federación de principados dirigida por el Príncipe de Kiev, perteneciente a la dinastía de los Rurikidas. Dos de los Príncipes más célebres fueron Vladimir, el impulsor de la conversión al cristianismo de los eslavos orientales o Rus el 15 de agosto del año 989, y Yaroslavl el Sabio, responsable del engrandecimiento de Kiev y de la construcción tanto de la Catedral de Santa Sofía, imitación de la joya homónima bizantina, como del monasterio de Lavra.

Este primer estado ruso contaba con una población de más de cinco millones de habitantes y una extensión superior al millón de quilómetros cuadrados

Entre los siglos X y XIII la Rus de Kiev se consolida como una de las entidades políticas más poderosas y desarrolladas de la Europa medieval.

Lo que destaca de este período es la conformación de una identidad étnica y nacional muy potente ligada al cristianismo, a la lengua rusa antigua y a la defensa de la tierra rusa “Ruskaya Zemlye” en oposición a los pueblos de las estepas, más allá del río Don. En efecto, durante estos siglos, sobre todo a partir del XI, aparece una literatura en lengua rusa antigua conformada por las Crónicas históricas de Néstor, distintos sermones, un Código legislativo conocido como “Pravda Rusiskaya” (Ley Rusa) y el Cantar de las Huestes del Príncipe Ígor (siglo XII). Todas estas obras, escritas en un ruso antiguo perfectamente comprensible para el lector ruso contemporáneo culto, desprenden un potente sentimiento de identidad ruso en el que no hay rastro ni de ninguna lengua ucraniana ni alusión alguna al término “Ucrania”. Lo que sorprende es el grado de consolidación de la realidad étnica rusa en un momento en el que la mayoría de futuras naciones de la Europa occidental estaban aún fragmentadas, tanto territorialmente como culturalmente.

De este modo, si en la Rusia de los siglos XI-XIII el ruso ya era la lengua de la población y existía una literatura culta común en esta lengua, en cambio, en Francia, Italia o España la población hablaba varias lenguas romances distintas con sus propias literaturas vernáculas.

La unidad del Rus de Kiev a partir del siglo XII se va resquebrajando bajo el peso de las luchas feudales incesantes entre los distintos príncipes, todos ellos miembros de la misma familia, siendo el golpe de gracia la invasión mongola en el siglo XIII. A partir de este momento la mayor parte de Rusia queda bajo el control del imperio mongol y de sus sucesores. Ello acelera la fragmentación del territorio ruso y la pérdida de la unidad.

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