Toda la culpa es de la guerra en Ucrania

Taxativamente. Así es. No se les ha ocurrido a las élites del globalismo mundial otra solución, respuesta o excusa ante los males que aquejan al Planeta –llámense estos «pandemia», subidas desmesuradas de todos los impuestos, encarecimiento de los productos de primera necesidad, desempleo y un sinnúmero de etcéteras– que achacar al conflicto ruso-ucraniano la responsabilidad de cuanto dislate se presente o se realice… ¡Vamos, si hasta el calentamiento global y la falta de eficacia en la protección de fronteras nacionales, la corrupción política, las violaciones a menores en los centros tutelados, la pederastia, la inseguridad en las ciudades y hasta el nacimiento de Franco seguramente también habrán de ser culpa de Vladimir Putin! (a este paso, no dudaré en que algún lector con ínfulas parlamentarias propondrá esta tesis en el Congreso… al tiempo).

No es mi intención tomar partido ni a favor ni en contra de Ucrania o de Rusia, puesto que histórica, política, social, económica y culturalmente son muchas las causas (primarias y secundarias) que han detonado esta conflagración. Justificaciones exhiben ambas partes en el conflicto, muy válidas al mismo tiempo, como para que su servidor pretende enumerar más, aunque me incline por Ucrania desde la perspectiva jurídica del derecho internacional. Simplemente, constato que ya no se habla de crisis, pandemias, invasiones migratorias ni de «género» como se hacía apenas dos semanas, y como no creo ni confío en las casualidades (quizá porque al final resultan ser siempre causalidades), he de colegir que subyacen razones más profundas (o más malvadas, hablando en plata) para que el trigo, la gasolina, los huevos, el desempleo o el IRPF hayan incrementado sus cifras en perjuicio siempre del consumidor.

Desde luego, sí que tenía razón el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) cuando afirmó que bellum omnium contra omnes –la guerra de todos contra todos– es la causa de los males, como antes que él lo expuso Maquiavelo (1469-1527) e incluso en torno al siglo V a.C. el griego Heráclito de Éfeso (con su sentencia Πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι, “la guerra es el padre de todas las cosas”), y posteriormente a todos ellos autores como Gumplowicz, Oppenheimer y Marx. ¡Todos ellos muy simpáticos con estas afirmaciones tan “chulis”, sin profundizar en otra cosa que no sea la justificación de la violencia! Y claro, no olvidemos el famoso aforismo si vis pacempara bellum (“si quieres la paz, prepara la guerra”), de Publio Flavio Vegecio (en su Epitoma rei militaris) a fines del siglo IV d.C. ¿Por qué lo justifico? Porque verdaderamente es un motor para la economía, la producción, la defensa de valores y principios. ¿Por qué no me gusta? Porque se producen “daños colaterales” –eufemismo atroz para “limpiar” el salvaje atentado a los derechos humanos de las personas inocentes y sufrientes en todo conflicto–. Aunque, en verdad, el derecho de la legítima defensa y de la defensa de la patria, asiste a todo estado y persona, pese a lo cruento, lamentable y terrible que sea. Porque hay causas dignas por las cuales es válido sacrificar la vida en su defensa, sin duda alguna. Una de ellas, a mi humilde parecer, señor lector, es salvar España (que no es el motivo de esta pobre columna, pero que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, es también legítimo recordar).

Sin embargo, la legitimidad de la guerra en algunos supuestos no es óbice para que estemos inmobles en la contemplación de los problemas que acarrea ni que seamos pasivos ante la búsqueda de soluciones, puesto que un conflicto político no es otra cosa que una política que ha creado un conflicto (¡gracias, lógica, por existir!), ergo puede resolverse. ¡Ah, perdón, lo olvidaba! Es falso el aserto que dice: “dos no riñen si uno no quiere”, puesto que puede querer el otro, o pueden querer ambos. Por ello, antes de buscar culpables, busquemos soluciones. Pero soluciones justas. Permítame un ejemplo: congelar los activos bancarios de personas con nacionalidad rusa no es ninguna solución, puesto que la persona, en definitiva, no ha declarado la guerra ni sabemos qué piense al respecto –ya que nadie puede ser condenado ni juzgado por su pensamiento interno–. Al contrario, es una ofensa a la nación soberana a la que pertenece, puesto que se comete una discriminación en base a su nacionalidad. Otra cosa sería un bloqueo económico al país… pero a la comunidad internacional, la ONU y demás secuaces, les faltan “tamaños” –perdóneme la coloquial expresión– para hacer tal, puesto que las consecuencias saben que serían peores que el remedio…

Eso sí, a los gobiernos mundiales les sobran arrestos para culpar e imputar a la guerra ruso-ucraniana (al parecer solo a esta en particular, puesto que nada se dice de los 32 conflictos bélicos que actualmente existen en el Planeta, pero, claro, ¿a quién le importa Etiopía, Mozambique o Yemen, por ejemplo, si en ellos no hay beneficio económico?) por todos los males contenidos en la caja de Pandora y hasta de las bíblicas plagas de Egipto… ¡Qué perspectiva tan “transversal”, “holística” e “inclusiva” la de los «grandes líderes mundiales» que tenemos! ¡Cuán ecuánimes y ponderados, justos y mesurados son en su lógica de aplicación de criterios! (léase, por favor, en tono de absoluto sarcasmo, ironía y befa hacia los gobernantes).

Mientras tanto, amable lector, a usted (y a mí) se le seguirá pidiendo mantener “sana distancia” (pero de la inteligencia, porque si se pone usted a pensar, de seguro coincidiría conmigo en mandar “a paseo” a esta patulea de gobernantes), se le seguirá inoculando cualquier substancia que dicten (aunque ninguna que potencie su vigor, fortalezca su salud o inhiba riesgos, porque no conviene a la “industria” político-farmacéutica dejar sus sabrosas ganancias con tan mínimos riesgos), se le exigirá tener las «pautas», «pasaportes» y «certificados» a troche y moche (ninguno legítimo, hay que decir), y se le recordará el deber y obligación de pagar puntualmente –perdón por no decir “religiosamente”, puesto que nada tiene que ver la religión con el dinero– cualquier tasa, impuesto, tributo, gabela o contribución –en la inmensa mayoría de los casos no es otra cosa que un robo disfrazado vía “legalidad” para financiamiento de «chiringuitos», «ayuda humanitaria» y enriquecimiento ilegítimo– que salga de sus fecundas mentes (fecundas para lo malo, en la sibilina astucia que todo buen hijo de serpiente tiene).

Pero… la culpa de todo lo malo que acaezca en la presente realidad es de Rusia, de Ucrania o de ambos, y jamás (¡jamás!) lo será de un globalismo deshumanizante ni del capitalismo exacerbado de «nuevos órdenes mundiales» ni de “siniestros” personajes que solo saber verter odio de sus labios (porque es lo poco que tienen en su pobre mente y pétreo corazón). ¿Colas del hambre? ¡Rusia es culpable! ¿Desempleo? ¡La guerra afecta a todos! ¿Impuestos? ¡Ucrania no puede proveernos y suben las tasas! ¿Aumento de peajes y de precios? ¡Putin nos obliga a ello!

Ya ve que nada es fruto de la imaginación de quien suscribe (con más o menos acierto, con mejor o peor ironía), sino la realidad que escuchamos en muchos países. Lo más lamentable y triste, además del sufrimiento de los inocentes en todos los conflictos bélicos, es que la inmensa mayoría de la gente cree estas “justificaciones” y «traga» con cuanto le digan, sin discernir ni cribar información, buscar fuentes y opiniones, o preguntar a quienes en verdad tienen conocimiento directo. Vae victis!, como dijo Breno… El problema es que esos vencidos seremos ya todos nosotros si no ponemos freno a la especulación globalista y acabamos con las élites populistas manipuladoras.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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