Sin etarras no hay paraíso

Arnaldo Otegi, Íñigo Urkullu y Xavier Arzallus pertenecen a la misma generación, la que nació cuando el PNV se dividía, ETA nacía y la Transición y el final de Franco aún quedaba lejos. Tiempos en los que militar como nacionalista vasco estaba prohibido entre otras cosas porque al del Ferrol no se le podía ni traicionar, ni amenazar, actos ambos que forman parte del ADN fundacional en la tradición Peneuvista.

Les unen a todos sus aspiraciones no por recuperar la ‘patria vasca’ que consideraron arrebatada por la dictadura, si no por ser los sátrapas de ella, los reyezuelos, los tiranillos de la misma, los unos de Hitler en el pasado y los otros de Lenin, en el pasado, en el presente y en el futuro, si es que «lo hay», claro.

Otegi lo hizo en el lado más extremo, el de ETA y su mundo, hasta llegar a militar en ella y cumplir muchos años de cárcel. Urkullu y Ortuzar al calor del racismo del PNV, el partido que poco después fundó la ETA, por lo tanto, piezas de un tablero compartido y de un juego elegido de manera voluntaria, la sangre y el poder, el dinero sucio y el dolor.

Jeltzales y radicales iguales ambos, no se confundan, se han ayudado contra el enemigo común, “Madrid” y se han odiado en la pugna interna en Euskadi, que ahí continúa

El presidente del PNV reprocha a EH Bildu que continúe con tics del pasado, rehén de la mochila de su trayectoria más oscura, ¿pero si esa mochila es compartida? ¿a qué tics se refiere? ¿al del amartillamiento de las pistolas que tanto rédito les ha dado?, no escribiré la frase célebre del otrora gudari Arzallus, porque de pensar su nombre vomito, en su gloria lo tenga Belcebú y en compañía de Setién esté.

Las brasas de la discordia siempre han estado ahí, así han convivido todos estos años ambas sensibilidades insensibles, como todo buen dictadorzuelo y sátrapa luchando en sus propias distopias inicuas, solo que estas, llenas de sangre derramada por los casi 1.000 inocentes muertos y olvidados.

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