Santiago Apóstol y Clavijo en la Nueva España (Parte VI)

Volvamos con el de Medellín. Cortés, más que un héroe militar, fue un hábil diplomático, y legatario de la centenaria Universidad de Salamanca, por tanto, fue un fundador de instituciones: En su testamento previno el Hospital de Jesús, en vida –como ya se dijo– reclamó que la Nueva España fuese un virreinato, también estableció el primer ayuntamiento (Veracruz) y, luego de vencer a los mexicas, pidió misioneros para la conversión de los indígenas, de ahí que la conformación del Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco encontrase en esa iniciativa su semilla; por si fuese poco, a Don Hernán se debe la petición de la erección de una diócesis y la respectiva catedral. El Colegio se funda –oficialmente– el 6 de enero de 1536, pero ya había iniciado actividades unos años atrás. Se destaca la figura de Fray Bernardino de Sahagún (1500-1590), por cierto, egresado, también, de Salamanca. Destacó este misionero como un estudioso de las sociedades prehispánicas, lo cual no se daba por mera curiosidad antropológica sino como instrumento necesario de evangelización:

“De entre sus escritos descuella la Historia general de las cosas de la Nueva España, verdadero monumento etnográfico, compuesto de doce libros, que apenas tiene precedentes comparables en ninguna lengua. Sahagún fue, a juicio de Mendieta, el más experto de todos en la lengua náhuatl… y su sistema de trabajo, ya iniciado en parte por fray Andrés de Olmos, era estrictamente científico y metódico. El mismo Sahagún explica cómo reunía una decena de hombres principales, «escogidos entre todos, muy hábiles en su lengua y en las cosas de sus antiguallas, con los cuales y con cuatro o cinco colegiales todos trilingües», elaboraba incansablemente detallados informes en lengua náhuatl, continuamente revisados por sus mismos informantes (Prólogo). La obra pasó por tres etapas de elaboración que se terminaron en Tepeapulco (1560), en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco (1562) y finalmente en la redacción definitiva, tras un largo recogimiento en México (1566)… Sahagún se ocupó de preparar su magna Historia general a dos columnas, en náhuatl y castellano, pero su obra, al quedar inédita por diversas contrariedades, apenas fue conocida por los misioneros contemporáneos y posteriores. Una copia manuscrita del XVI fue hallada en el convento franciscano de Tolosa en 1779, y sólo en 1830, en México, fue impresa en castellano”.[1]

Hoy en día, en la iglesia sede de la parroquia de Santiago en Tlatelolco, se puede admirar –y para el devoto, venerar– un relieve del siglo XVII de Santiago Mataindios, al parecer, es el fragmento de un retablo. El nombre del Colegio habla por sí solo, pero no está de más recordar el porqué. El 13 de agosto de 1521, Cortés venció a los mexicas. Esta fecha era fiesta de San Hipólito Mártir, lo cual conllevó a la construcción de una iglesia, que en el presente se sitúa entre el Paseo de la Reforma y la calle Puente de Alvarado. En efecto, en tal lugar se dio la victoria mexica del 1 de julio de 1520, en contra de Pedro de Alvarado (1485-1541). Hoy puede verse un monumento recordando a los mártires de tal enfrentamiento. Ahora bien, la batalla final no fue ahí sino en Tlatelolco. No es baladí que ahí se venere a Santiago. Para Cortés, hombre del Medievo y a la vez del Renacimiento, la guerra contra los mexicas era una especie de cruzada, seguía el impulso de la Reconquista (concluida con la rendición de Granada en 1492), y tal empresa era, naturalmente protegida por Santiago el Mayor. 

IV. La devoción peregrina.

Hasta aquí, ha permanecido el tintero el problema de la denominación Santiago «Mataindios», es hora de aclarar este nombre. Durante la batalla de Centla (actual Tabasco) del 12 de marzo de 1519, los españoles se encontraban en desigualdad numérica además de poco dominio del terreno. Con sorna, Bernal Díaz del Castillo narra esto: “Aquí es donde dice Francisco López de Gómara que salió Francisco de Morla en un caballo rucio picado antes que llegase Cortés con los de a caballo, y que eran los santos apóstoles los señores Santiago o señor san Pedro”.[2]

Es de sobra sabido que los cronistas no sólo empleaban la hipérbole en sus narraciones, también acudían a símbolos y metáforas. Pero, permitidme una licencia, López de Gómara acudió a la presencia de Santiago, como se recuerda en las Navas de Tolosa siglos atrás. Invocar al Apóstol era la mejor ilustración de la moralidad de los combatientes españoles frente a un adversario superior. El símbolo –considerado por otros como una verdadera aparición– era el mismo caballero que en Clavijo: Santiago Matamoros. Y dentro de las coordenadas de la Reconquista, era un combate contra el infiel, que, en este caso, era el indígena mexica. López de Gómara hizo del «Matamoros» un «Mataindios».

Pero la Nueva España, especialmente en el siglo XVII, gozó de la paz fundada en una profunda catolicidad. Mucho se debe a las apariciones de La Santísima Virgen María en el cerro del Tepeyac, que en obediencia a lo pedido al indígena vidente Juan Diego, ahí se levantó una iglesia. Esto dio el marco para que el virreinato novohispano, como en la Península, el suelo del Imperio español fuese tierra de María, contando con Santiago el Mayor ya como Santiago Patrón de España y de las Indias.[3] No quisiera abordar las noticias de otras apariciones del Apóstol, basta con tener presente la de Centla. Basta, por ahora, dar tres ejemplos de Santiago Apóstol, ya con la esclavina, las conchas de vieira, el báculo, la escarcela (pera o bolsa) y los Santos Evangelios. Es la imagen de un Santiago peregrino, no de un guerrero. El primer ejemplo es la parroquia y exconvento de San Felipe y Santiago Apóstoles en Azcapotzalco, otrora un pueblo situado en los límites de la calzada de Tacuba. Fue un convento dominico cuya construcción inició en 1565 gracias a Fray Lorenzo de la Asunción. En el claustro se venera una escultura del Peregrino. El segundo ejemplo se sitúa en la portada de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde, en uno de los nichos de la parte alta, puede contemplarse una escultura de Santiago Apóstol, quizás de 1687, y que debe su autoría a Miguel Ximénez. Ya en el siglo XVIII no puede pasar desapercibido el grabado de José Joaquín Fabregat (1748-1807). Fabregat fue maestro en un edificio con ciertos aires florentinos, que desde finales del siglo XVIII albergó la sede de la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes –emulando a la madrileña Real Academia de las Nobles Artes de San Fernando–.

Sin embargo, Santiago no es sujeto de gran devoción popular en el presente. En el siglo XX le desplazó otro apóstol: San Judas Tadeo. De cualquier manera, puede situarse la veneración al Señor Santiago en pueblos específicos, en especial con recreaciones de las batallas de moros contra cristianos. La figura del peregrino no es la que destaca, sino la del Caballero de Clavijo. Nada qué reprochar: el Señor Santiago representa al Bien derrotando al Maligno.

Epílogo.  

Las ideologías como el revisionismo histórico o el indigenismo, han erosionado la conciencia de los hechos y patrimonio históricos. De manera lamentable, quienes ondean tales banderas privan del conocimiento de la verdad no sólo al mero curioso, sino a quienes son legítimos herederos de aquella. 500 años después, en América, se intenta impedir que se conozca la verdad histórica. Hernán Cortés es caricaturizado y lo que es peor, categorizado de manera anacrónica por un discurso falsario, donde se niega que el de Medellín no fue un simple conquistador sino un libertador de los pueblos sometidos por los mexicas. Cortés no era un genocida en nombre de algún estado totalitario del siglo XX. Cortés era un hombre forjado entre la Reconquista española y la civilización cristiana de la América española. La Leyenda negra antiespañola –y anticatólica– ha descalificado a un guerrero encomendado a Santiago el Mayor, patrón del Imperio español. Un Imperio que gobernó América tres siglos. 500 años después, no puede desperdiciarse la oportunidad de defender la verdad, como lo hizo Cortés al grito de “Santiago, y cierra España” al enfrentar a los mexicas y fundar una provincia del Imperio más grande la Historia Universal. 

@LaReconquistaD


[1] IRABURU, José María, Op. Cit., p. 138.

[2] DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Op. Cit., p. 34.

[3] Vid. VALLE, Rafael Heliodoro, Santiago en América, Imprenta Morales, México 1946, p. 7.

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