San Francisco y otras ciudades de EEUU se hunden poco a poco en la miseria y la drogadicción

El periodista Michael Shellenberger ha publicado recientemente un libro en el que habla sobre muchos de los problemas sociales, económicos y de gestión política que padecen algunas de las grandes capitales estadounidenses, específicamente San Francisco y su área metropolitana.

La obra de Shellenberger trata fundamentalmente la decadencia de San Francisco y cómo las políticas «bienintencionadas» de la izquierda han inundado algunos barrios personadas sin hogar hacinadas en tiendas de campaña.

Por dar algunos datos sintomáticos, el número de quejas por heces humanas en las calles de San Francisco se multiplicó por dos (de 10.692 a 20.933) entre 2014 y 2018. Un año más tarde, el ayuntamiento gastó casi 100 millones de dólares en limpiar las calles. Esto es cuatro veces más que Chicago, pese a tener tres veces menos habitantes.

En 2020, San Francisco contaba ya con un 50% más de consumidores de drogas que alumnos en las universidades públicas. Ese mismo año, 713 personas murieron de sobredosis, más del doble que por Covid-19.

El problema de la drogadicción no es solo de San Francisco, ni mucho menos. En los últimos 30 años, la proliferación de drogas legales- opiáceos de venta en farmacia o, desde hace pocos años, la marihuana en estados como California- y por supuesto, de drogas no legales, está creando auténticos ejércitos de zombies que vagan por las calles de pueblos y ciudades a lo largo y ancho del país.

Antecedentes

A principios de los 90 la industria farmacéutica estadounidense tuvo una terrible idea de negocio. Hasta entonces, el mercado de los medicamentos opiáceos más fuertes estaba restringido a los enfermos de cáncer, unos cuatro millones de recetas al año.

En un determinado momento, a alguien se le ocurrió abrir el abanico de posibles consumidores. ¿Por qué no ofrecer, por ejemplo, oxicodona para el dolor de espalda o la artritis?

Aquellas pastillas eran tan fuertes que podían matar a un hombre adulto rápidamente, pero mediante una película protectora llamada ‘contin’ permitía la disolución lenta dentro del organismo. Así nació el OxyContin, un más que exitoso «fármaco». Más tarde, alguien descubrió que si machacabas la pastilla y te la metías por la nariz, rompías la película protectora. A partir de ahí, el colocón resultante era impresionante.

Son varios libros y documentales recientes describen la gigantesca pandemia de opiáceos que vive el país y la responsabilidad que de ello tienen las grandes farmacéuticas, pero ese no es el tema que vengo a tratar hoy.

San Francisco, ciudad sin con mala ley

Si hay una ciudad norteamericana, más allá de la post apocalíptica Detroit, que ha caído en desgracia por culpa de las drogas y de las políticas buenistas de la izquierda, esa es San Francisco.

Si bien los barrios ricos de la capital son cada vez más ricos e innacesibles, los pobres son cada vez más marginales. De poco han servido los carísimos baños portátiles carísimos, la limpieza de las calles… explica el mencionado periodista que:

Cuando tienes mucha gente viviendo en las calles, muchos de ellos drogadictos, es inevitable que las calles se ensucien y los barrios se conviertan en chabolas improvisadas.

Cabe aclarar que Shellenberger es conocido como polemista, ha sido muy crítico con lo que considera las políticas woke de la izquierda estadounidense, incluido todo lo relacionado con el cambio climático. Eso no quita que sea una persona más liberal que conservadora. Aunque es muy crítico con la permisividad con la venta de drogas duras, apoya la legalización de la marihuana, por ejemplo. Más allá de discusiones ideológicas, los datos están ahí, son fáciles de contrastar y difícilmente refutables.

Para Shellenberger, el principal culpable del estado de algunos barrios de la ciudad, llenos de jeringuillas usadas y heces, no es otro que la «izquierda radical» y sus políticas «bienintencionadas».

Shellenberguer publica ahora ‘San Fransicko: why progressives ruin cities’. Esta es una obra en la que detalla qué ha ido mal en el plan urbanístico y sanitario de San Francisco para que el número de personas sin hogar se haya doblado en la ciudad desde 2005 (más de 8.000 personas para una ciudad de 880.000 habitantes).

El autor afirmaba hace poco en una entrevista para el medio El Confidencial, que ha estado en barrios de chabolas de todo el mundo en África, Asia y Latinoamérica y que, en su opinión, las condiciones de algunos barrios de San Francisco son peores.

Pero esto no es debido a un tema de pobreza, sino a la adicción a la droga y la falta de tratamiento de enfermedades mentales, que no son tratadas como tal. Es el resultado de las políticas bienintencionadas de la izquierda radical, que se llama a sí misma «progresista». En San Francisco, hay una ideología que justifica estos campamentos o la libertad de algunas personas para vivir en ellos.

En Estados Unidos, la palabra ‘progresista’ se ha vuelto un eufemismo para la izquierda radical, afirma Shellenberguer. Algo que no dista mucho de lo que vemos que ocurre en Europa.

La izquierda radical dice que es inmoral pedirle a la gente que duerma en albergues, requerir la hospitalización involuntaria o el tratamiento de la gente drogadicta que sufre de verdaderas adicciones o enfermedades mentales.

El Estado tiene que intervenir para prevenir que la gente se destruya con sus adicciones.

En 2010, el Gobierno de Barack Obama restringió los opiáceos, pero mucha gente se había convertido en adicta ya para entonces y se pasó a la heroína. Esta sustancia también es ilegal, pero abunda en EEUU ya que desde hace décadas se trafica masivamente desde México. Ahora hay gente tomando fentanilo, que es entre 50 y 100 veces más potente que la heroína.

Aunque mucha gente en EEUU tiene un familiar o un amigo que ha tenido algún tipo de adicción, la izquierda radical- mayoritaria en ciudades como San Francisco- dice: “No, no debes intervenir. Esta gente son víctimas y pueden hacer lo que quieran, en tanto que sería inmoral tratar de imponernos a los que tienen una adicción. «Si quieren dormir en la calle, no solo les tenemos que dejar, sino que además les tenemos que dar una tienda”. En opinión de Shellenberger «estamos subvencionando su adicción».

Asimismo, el autor mencionaba que la izquierda está olvidándose de cumplir con la legislación e insta a la policía a no cumplirla.

El fiscal general de San Francisco dice que hasta los traficantes de drogas son víctimas de la trata de personas porque vienen de Honduras. Afirmar lo contrario sería tachado de racista… De este modo, la policía no hace cumplir la ley para que no haya repatriaciones.

Les estamos dando dinero, habitaciones libres, papel de plata… Si no pedimos nada a cambio, estamos subvencionando su adicción

A la hora de abordar la ideología ‘woke’, Shellenberger afirma que su gran problema es que está centrada exclusivamente en las víctimas.

La izquierda ya no adora a sus héroes, simplemente se dedica a victimizar a quienes ella subjetivamente considera los perdedores del sistema.

La izquierda, en vez de buscar heroísmo, busca el estatus de víctima. Y hemos entrado en una estúpida competición por quién es más víctima. Esto está relacionado con la política de identidad: cuanto más tipos de víctima seas, mayor será tu estatus.

Explicaba Shellenberger en la entrevista, que una vez que tienes la suerte de ser declarado una ‘víctima’, todo debe serte entregado y nada puede serte pedido. Si eres un drogadicto, recibirás dinero, casa, agujas, etc. No se te puede pedir que dejes de drogarte ni que trates de lograr la abstinencia, ya que pedirte que mejores tu vida sería oprimirte.

El autor concluía la entrevista en el citado medio explicando que la izquierda radical le ha incitado de algo tan grave y absurdo como «incitar la violencia contra la gente sin hogar».

Esto que ocurre a día de hoy en San Francisco es extrapolable a otras grandes ciudades de EEUU. Los grandes dramas sociales van cada día a peor.

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