Revivir el estoicismo en tiempos de pandemia

Hace unos días, el Gobierno de Pedro Sánchez ha emitido un decreto en el que se obliga a llevar la mascarilla, aun cuando exista una distancia de seguridad de un metro y medio. Este decreto -conjuntamente con las restricciones de movilidad y de cierre de bares y restaurantes- forma parte de otro paquete de medidas con el fin de prevenir, según las instancias oficiales, una posible cuarta oleada de contagios de coronavirus. Pero este tipo de medidas, en lugar de reducir el número de contagiados, azotan aún más al sector de la hostelería y del turismo, y por ende a la muy debilitada economía nacional, extraordinariamente dependiente, como es bien sabido, del sector terciario y del exterior. Mas ahora no es mi intención discutir acerca de qué tipo de medidas habría que tomar para armonizar el funcionamiento de la economía y frenar la oleada de nuevos contagios. 

De lo que quiero tratar aquí es de una realidad paralela, oculta, sombría, ofuscante, que aflige a gran parte de la población española desde el inicio de la epidemia: me refiero al sentimiento de resignación y de desgano vital que impera en nuestra sociedad, sometida al bombardeo mediático, que siembra constantemente el terror y el pánico con noticias que aluden al número creciente de nuevos contagios diarios y a la necesidad urgente de tomar medidas más drásticas. 

Cada vez que vemos el telediario u oímos la radio, se repite siempre el mismo mensaje desalentador, acompañado de nuevas restricciones anunciadas por el Gobierno central o autonómico. Todo ello no hace más que consumirnos por dentro, en tanto que esta avalancha informativa -y las restricciones de movilidad- que padecemos destruye nuestra alegría, alimenta nuestro desasosiego e incluso pone en jaque nuestro proyecto de vida, que, en última instancia, constituye nuestra razón de ser.

Como decía Marco Aurelio en sus Meditaciones, el hombre es un ser social por naturaleza, perteneciente a una comunidad política, sin la cual no puede desarrollarse por sí mismo

Es menester recordar que la filosofía estoica, de la cual estaba imbuido el emperador romano, vio la luz en el siglo III a.C, un siglo caracterizado por las luchas intestinas entre los reinos helenísticos (Macedonia, el Imperio Seléucida y el Egipto de los Ptolomeos) que querían restablecer la gloria del antiguo imperio de Alejandro Magno. Sin entrar en detalles, la guerra de los Diádocos protagonizó siglos de luchas incesantes propiciaron el surgimiento de una filosofía de sosiego ante el “vacío” filosófico dejado por la muerte de Aristóteles (322 a.C). Es a partir de ahí que aparece una nueva filosofía, o, mejor dicho, un nuevo modus vivendi, que partiendo de la lógica, de la ética y de la física (la physis), busca en la templanza espiritual y en el equilibrio interior una nueva concepción de vida que pudiera asegurar la felicidad en tiempos de desasosiego. 

Cuando Roma conquista Grecia y los reinos helenísticos, se importa el saber y la filosofía griegas, y el estoicismo triunfa entre la élite romana, ya en época imperial. Séneca fue uno de los máximos exponentes de la filosofía estoica latina, pero para nuestro interés hablaremos de Marco Aurelio. Marco Aurelio gobernó durante la Peste Antonina (165-180 d.C), una pandemia llegada de Oriente y que azotó el Imperio Romano, y se estima que provocó la muerte del 10% de la población del imperio. El emperador presenció el hedor de la muerte -y de hecho él mismo murió de peste- y para su propio consuelo, escribió una serie de reflexiones vitales de talante estoico en las que deja claro, conforme a la ley de la naturaleza, la necesidad de vivir nuestro presente, dada la brevedad de la vida, dejarnos guiar por nuestro guía interior (daimon), moderar nuestras pasiones y contemplar nuestro entorno para alcanzar nuestra paz espiritual, entre otros muchos pensamientos reflejados en su magna obra.

Llegados aquí, volvamos de nuevo a nuestro presente, al coronavirus, para compartir con el lector unas reflexiones, acompañadas de miradas puntuales al pasado. Desde un punto de vista objetivo, se puede apreciar que la sociedad española se ha dejado enseñorear por el pánico, el miedo y el terror, muchas veces promovidos, indirectamente, por los grandes medios de comunicación. Nuestra sociedad, en definitiva, se ha resquebrajado: ha perdido la noción solidaria que la unía, es decir, el sentimiento identitario español, y se ha extendido la desconfianza mutua entre los individuos, como, por ejemplo, la costumbre de mirar de reojo a alguien que no lleva puesta la mascarilla o llamarle la atención por el miedo irracional a contagiarse. Se ha perdido también la empatía humana hacia los enfermos: se ha dejado morir a nuestros abuelos solos, sin poder despedirnos de ellos, sin ni tan siquiera para enterrarlos; y ello con la pasividad expresa tanto del Gobierno central como de los gobiernos autonómicos, que, con una gestión nefasta, abandonaron a su suerte a los colectivos más vulnerables -nuestros mayores- en las residencias. A nivel antropológico, la muerte no es solamente la pérdida de la vida humana: va acompañada también de un ritual social, el entierro, practicado ya desde los tiempos prehistóricos. 

Se nos ha privado, pues, de este derecho humano fundamental. En paralelo, el coronavirus ha supuesto el alejamiento de nuestros seres más queridos y ha cambiado los patrones de sociabilidad, pues ha acelerado la deshumanización y la digitalización en muchos ámbitos. No cabe duda de ello. Ahora, quisiera apropiarme de un par de preguntas hechas a menudo por los grandes medios de comunicación y enfocarlas desde una perspectiva histórica. ¿Qué hemos aprendido de esta pandemia? ¿Realmente hemos aprendido alguna lección positiva de ella? Respondámoslas retrospectivamente.

En su libro, titulado “El día después de las grandes epidemias. De la peste bubónica al coronavirus”, el medievalista José Enrique Ruiz-Doménech hace un breve viaje por el pasado y analiza los cambios históricos producidos por la irrupción de epidemias. Tal como dice el autor, la Peste Negra (1347-1351) aceleró el Renacimiento, al concebir la muerte de una manera distinta, es decir, como una tragedia humana y no un tránsito hacia la vida eterna, como imperaba en aquellos tiempos en la mentalidad del hombre medieval. Un movimiento sociocultural que fue forjándose por los sucesivos brotes de peste a lo largo de la segunda mitad del siglo XIV y durante todo el siglo XV. En el siglo XVII, conocido como el Siglo de Hierro, se produjeron grandes brotes de peste bubónica, de viruela y de sarampión en Europa, sobre todo en Alemania. Este período, ensombrecido por incesantes guerras y epidemias, generó, a la larga, un mayor acercamiento e interés por conocer el hombre a través de la ciencia y la medicina, lo que comúnmente llamamos la “Revolución Científica”. Resaltaremos aquí a Carlos Linnaeus, el padre de la botánica moderna, el primero en clasificar taxonómicamente a los animales. Y es a través de la medicina que se creó la primera vacuna de la historia: la vacuna de Edward Jenner contra la viruela, a mediados del siglo XVIII. 

Sin la Revolución Científica, Charles Darwin tampoco hubiera podido elaborar la Teoría de las especies en el siglo XIX, y tampoco Alexander Fleming hubiese descubierto la penicilina

A lo largo de la historia, pues, ante la letalidad de las epidemias, la humanidad ha avanzado gracias al progreso científico, que no se hubiera podido alcanzar sin el interés del hombre por conocerse a sí mismo. 

En pleno siglo XXI, paradójicamente, se ha producido el efecto inverso: el progreso se ha convertido en ley absoluta y hasta ahora nos hemos creído invencibles. Con la entrada del coronavirus en nuestras vidas, no hemos sabido reaccionar a la pandemia, ni materialmente ni psicológicamente. Considero que esto se debe al hecho de que la sociedad actual se ha dejado arrastrar por la fe absoluta en la ciencia, dejando de lado los valores humanos, y eso nos ha hecho débiles. Las estrafalarias predicciones de epidemiólogos y variopintas opiniones de médicos y políticos nos han hecho atormentar y atemorizar por dentro, en tanto que han creado un clima de incertidumbre, a la vez que de desconcierto en la sociedad española. 

Entonces, ¿qué hemos aprendido de esta pandemia? En mi humilde opinión, nada. El Gobierno de Pedro Sánchez no ha sabido estar, ni mucho menos, a la altura de las circunstancias (basta recordar que España es uno de los países de Europa con más muertos por COVID-19). Entretanto, tanto el Gobierno central como las autoridades autonómicas siguen aplicando restricciones de movilidad interna sin frenar ni de lejos los nuevos contagios, mientras arruina nuestra economía y destruye nuestra preciada libertad. Al mismo tiempo, la sociedad española espera imperiosamente ser vacunada para volver a la vida anterior, y confía en unas vacunas cuya eficacia es, al menos ahora, dudosa (me refiero, particularmente, a la de AstraZeneca). Ante tal situación, parece como si los grandes medios de comunicación, en boca de los expertos y políticos, quisieran inculcarnos la idea de que vivimos en una especie de estado de guerra permanente, llamando a los ciudadanos a mostrar una actitud extremadamente obediente e incluso resignada. Esa es mi impresión. No obstante, todo ser humano, como he dicho al principio, necesita una pizca de alegría y satisfacción espiritual en momentos difíciles.

Es evidente que el coronavirus convivirá con nosotros durante un tiempo. De hecho, históricamente, casi todas las sociedades han tenido que convivir con epidemias y épocas difíciles: para no ir más lejos, cabe recordar que en los años cuarenta del siglo pasado hubo brotes de tuberculosis -por aquél entonces incurable- sumado al hambre y a la miseria de la España de posguerra. ¿Quién se acuerda de tales penurias? Sólo nuestra gente mayor, quién de veras supo arreglárselas para salir adelante. 

Por ello, invito al lector a que alcance su propio bienestar espiritual, que se evada cuando sea posible de la avalancha mediática y que deje de estar afligido anímicamente por la negatividad que nos rodea. Que olvide por un instante de si las vacunas son o no son efectivas y de sus efectos secundarios. Que vuelva a buscar en los valores humanos la satisfacción interna, en un mundo que se va deshumanizando cada vez más y que desdeña la filosofía, cuna de la ciencia. En definitiva, recordemos la lección de los estoicos: en épocas difíciles, debemos afrontar las dificultades buscando el cultivo del espíritu para llegar a la templanza y a la felicidad. Así lo dejó escrito Marco Aurelio mientras la Peste Antonina devastaba Roma: “Tienes poder en tu mente, no afuera. Sé consciente de esto y encontrarás la fuerza”.

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