De Galicia vengo

De las tantas cosas que tengo pendientes en mi lista, una de ellas es recorrer el camino de Santiago, lo mismo me da solo, que acompañado. Cuando los amigos, y los no tan amigos me preguntan en tono desenfadado, entre otros asuntos, “el porqué de mi negativa a afiliarme a ningún partido”, siempre les contesto con las mismas palabras:

  • Creo en la libertad de pensamiento. El hecho de afiliarse a una u otra formación política conlleva comprar todo el pack ideológico de la misma. Independientemente de que hablemos de partidos de esa supuesta dicotomía de “izquierdas o derechas” o los llamados a sí mismos tercerposicionistas.

Aquellos que, como yo, no están casados con uno u otro partido, bien por falta de interés, o por la motivación que sea, directamente, no se sorprenden. No ocurre lo mismo con el hincha mal llamado votante de una u otra formación política. Su reacción es de sorpresa, de incredulidad al tener delante suya a alguien igualmente interesado en cuestiones de este calibre, pero dotado de una visión distinta, o directamente, de un temple del que ese botarate carece.

Dicho esto, vamos al grano. El hecho de hacer mención en anteriores líneas a la tierra gallega no es un gesto baladí. Peregrinar al Finisterre no tiene más finalidad que la de la búsqueda de la comprensión de una cadena de sinsentidos en el panorama nacional. Corren tiempos convulsos, muy interesantes en según qué aspectos. Para un cronista, son tiempos estupendos. Qué decir para un zorro curtido que sabe de sobra dónde está el mejor bocado.

Estas palabras no van dirigidas al señor Feijóo. Más faltaría, que me leyera y le entrara la risa; sino a los que, de manera reciente, o no tan reciente, se erigen como defensores a ultranza de su figura, escudándose en lo siguiente: “Feijóo es un animal político, un veterano de la política que ha conseguido 4 mayorías absolutas y ha impedido que Vox germine en su Galicia natal”.

Ni propuestas, ni valoración de las distintas medidas llevadas a cabo… nada. Solamente su trayectoria. Su amplia trayectoria, todo hay que decirlo, pero nada más.

A todos aquellos estultos que no tienen más argumentario que ese, les pregunto: “Un profesor con 30 años de carrera a sus espaldas, ¿quiere decir que es bueno?” Tal vez. Tal vez ha sido un tío listo que ha sabido sobreponerse a la adversidad y sobrevivir a cualquier precio todo ese tiempo. Tal vez falseaba las notas, regalaba aprobados, etc. O tal vez no.

Por esa misma lógica, ¿la imagen que proyecta el señor Feijóo corresponde con la de un buen líder, un buen gestor? Tal vez sí, o tal vez no. Tal vez falseaba las cuentas para que los datos cuadrasen para así poderlos vender al exterior. Tal vez la clave de su éxito se basa en la existencia de una red clientelar similar al modelo andaluz. No por nada, en una reciente entrevista con Bertín Osborne, el gallego reconoció haber sido en un pasado, votante de Felipe González, personaje al que él mismo reconoce que volvería a votar. Pero no me hagan mucho caso, que solamente estoy a verlas venir.

Habida cuenta de que partimos de esas 4 mayorías absolutas, nos encontramos con un único responsable de las políticas llevadas a cabo. Aquí no hay oposición que valga. No hay nadie a quien echar la culpa. El crecimiento de Galicia, según fuentes, es menor que el de la media de España, ridículo si se compara con la Comunidad de Madrid, gobernada desde hace más años por el PP, partido del señor Feijóo. Sumen a esto el hecho de una Galicia camino de la despoblación, tal y como ocurre en muchos enclaves del interior de la Península, siendo el caldo de cultivo perfecto de esas políticas mediocres que con el tiempo han derivado en lo que todos conocemos.

Las comparaciones son odiosas, y, continuando con el ejemplo madrileño, el atractivo del sistema fiscal de la taifa gallega deja bastante que desear. ¿Impuestos bajos? Parece que a más de uno le suena a cuento chino, como la eliminación total del impuesto de patrimonio, inexistente en Madrid. Cierto que, si hablamos del impuesto de sucesiones, Madrid tiene las de perder. No obstante, hay que leer la letra pequeña, y entender que el pago de ese impuesto en Galicia depende de si el cobro de esa cantidad se hace en efectivo. De nuevo, un tanto a favor de Madrid.

Qué decir del impuesto de transiciones patrimoniales gallego, de los más altos de España. Del fallido Estado de las autonomías, podemos destacar los impuestos propios. En la Comunidad de Madrid, no hay. Yo creo que, con eso, está todo dicho. Seis, son los que hay en Galicia, según fuentes. ¿Realmente es lo que queremos, en caso de que el virrey gallego llegue a la Moncloa?

Cabalgando contradicciones, así es como se halla en estos momentos el bicéfalo Partido Popular, con un líder oficial, y otro oficioso, los cuales no dejan de chocar en la ejecución de unas políticas opuestas. Cualquiera diría que, tanto Isabel como Alberto pertenecen al mismo equipo. Ándese con cuidado, presidenta. Lo que no consiguió Casado, lo puede realizar el señor Feijóo.

Un Feijóo que se califica de “moderado”, aunque su devenir por el panorama político delata una realidad muy alejada del relato.

“Cuando uno está en el centro, por un lado, está la derecha digamos más intensa y por el otro están los que se denominan de centro reformista, etc., hay una cierta desubicación ideológica que puede producir escoramiento hacia las partes”, decía en una entrevista poco antes de las elecciones de la Xunta en 2020.

Continuaba así:

“Por eso digo que, lo importante, en mi opinión, es que el Partido Popular colinde con el Partido Socialista desde el punto de vista ideológico, y en este momento es muy fácil, porque el Partido Socialista se ha extremado y ha dejado millones de votos sin cobertura. Hay millones de votos sin cobertura: la socialdemocracia, el centroizquierda, los socialistas digamos templados… Ése es el espacio que tiene ocupar el Partido Popular. Ésa es mi tesis y es una tesis conocida porque es la que intento aplicar en Galicia”

Conviene recordar lo siguiente del moderado Feijóo:

  • A tenor del tema de la pandemia, intentó llevar a cabo una vacunación obligatoria, restringiendo los derechos de todo aquel ciudadano que por A o por B rechazase dicha vacuna. Por suerte, dicha medida fue tumbada por el TC.
  • Fue el primero en instaurar el polémico pasaporte covid, y el único que aún lo mantiene en determinadas zonas. Sí, el mismo pasaporte para diferenciar los “buenos” de los “malos” ciudadanos.
  • Cierres indiscriminados.
  • Toques de queda a cada cual más arbitrario.
  • Prohibición del voto a las personas confinadas. Me imagino al botarate votante del PP de Feijóo queriendo votar al mismo elemento que le está prohibiendo depositar el voto en la urna. Surrealista es quedarse corto.
  • Prohibición de reunión en casas privadas, al tiempo que él se reunía con quien le venía en gana. “Cumple con su función como representante del Gobierno” no es excusa. Que predique con el ejemplo. Que teletrabaje.

Hasta cierto punto, no deja de ser irónico que el presidente de las mayorías absolutas sea el mismo hombre que se presente a las elecciones con sus apellidos como baluarte, y no bajo las siglas del partido que a día de hoy preside. Supongo que a estas alturas no sentirá vergüenza alguna a la hora de la convocatoria de elecciones generales y lo que veremos seguramente sea la presentación del candidato del Partido Popular, y no a un tal Feijóo. Vaya siglas más raras, ¿no?

En su proclamación como presidente del PP, ha dejado clara una cosa. Bueno, ha dejado varias. Lo primero, “respeto a los sindicatos”. ¿Los mismos que le mean a usted y a su partido en su cara? No voy a discutirle, señor Feijóo, si eso le hace feliz… Usted sabrá. Tanta Galicia, tanta Galicia… y a la primera de cambio, la abandona. No le importará tanto Galicia.

Otra cosa…,

Para nada me sorprende la mano tendida del dictadorzuelo éste al “Fraudillo” Sánchez. Al fin y al cabo, Feijóo no deja de ser uno de los exponentes claros de la continuidad de este rancio bipartidismo PP-PSOE que lleva pudriendo el sistema desde hace más de cuarenta años, que se dice pronto. Señor Abascal, yo entiendo que el objetivo a alcanzar es echar a Pedro Sánchez de Moncloa, que el tiempo de las mayorías absolutas ha llegado a su fin, y que es necesario llegar a acuerdos, pero… ¿con esto?

¿No le ha quedado claro que lo que pretende de Vox es absorberlo, no pactar con usted? ¿De qué caballo se ha caído? ¿Qué entendimiento puede haber con un compromisario de la Agenda 2030 que basa su gobierno en la asimilación de políticas de izquierda, ejerce al mismo tiempo como germen del nacionalismo independentista, saco de socialistas y demás cochambre al tiempo que deriva a su vez en medidas totalitarias? Dicho de otra forma, ¡amos, no me jodas!

En fin, que no doy crédito. Pero es lo que hay. Que Dios nos coja confesados; al fin y al cabo, tenemos lo que nos merecemos. En un país de locos, el desgobierno se muestra como la mejor opción antes que tener a un rojo, o a un tirano en el poder.

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