¿Por qué los fueros han de importarnos a todos los españoles?

Cuando uno escucha la palabra “fuero”, en castellano, si acaso sabe de qué se habla, acaba pensando, automáticamente, en el viejo Reyno de Navarra o en las Provincias Vascongadas (no me refiero al antro centralista que está instalado en Ajuria Enea).

Es así que este concepto viene a referirse como una “particularidad histórica” de determinados territorios de las Españas. Esto lleva, por ejemplo, a muchos madrileños o castellanos contemporáneos a reaccionar con indiferencia ante el término.

Cierto es que, en su día, el movimiento carlista, que vino a ser una reacción contra la invasión de la Revolución Francesa, defendía a fuego este lema. Así queda patente en su cuatrilema: Dios, Patria, Fueros y Rey.

Otra cosa es que, a día de hoy, el carlismo corra, muy a nuestro pesar, el riesgo de una mimetización falangista y de defender, muy desgraciadamente, el sectarismo que es intrínseco al socialismo (paradójicamente precedido por el luteranismo).

El caso es que deberíamos de pensar sobre la incorporación de la foralidad a la batalla cultural y política que los españoles hemos de librar con los medios que estimemos oportunos (las asociaciones, los partidos políticos, los centros de estudios…).

De hecho, quizá la reciente celebración de la festividad regional de Navarra (cuya identidad foral y española está amenazada por un nacionalismo vasco inspirado en el Anschlüss hitleriano) y de su co-patrón San Francisco Javier sea un buen momento.

Decía Álvaro D’Órs, catedrático de Derecho Romano en centros como la Universidad de Navarra y la Universidad de Santiago de Compostela, en uno de sus ensayos, lo siguiente:

«Navarrizar … navarrizar las Españas, y españolizar luego los pueblos de todo el mundo: los pueblos, no los «estados», ya que Navarra, como las Españas todas, es anterior a la invención moderna del «Estado», ese invento artificial del que algún día deberá desprenderse el mundo; porque no conviene olvidar que todo lo que los hombres inventan puede, tarde o temprano, desaparecer. Y el Estado es una invención política del siglo XVI.

Pero, para esa navarrización mundial, ¿qué es lo que Navarra ofrece? Por de pronto, lo ya dicho: que los pueblos deben organizarse como tales pueblos, es decir, como grupos humanos, de personas de carne y hueso, y no como mosaico de entes abstractos y deshumanizados, como son los estados. Surgieron éstos para dominar el desorden causado en Europa por las guerras de religión, tras la ruptura de la Cristiandad, que siguió al Protestantismo luterano.

Pero España, que no padeció tal conflicto, no hubo menester de tal artificio pacificador. Las Españas se gobernaban por reyes, personas tan humanas como sus súbditos, a los que éstos se sometían por un pacto natural, por el que el rey debía defender la identidad histórica y la seguridad del pueblo»

Partiendo de ahí, hagamos un alegato mucho más práctico a día de hoy (no estoy insinuando que nada de lo relacionado con la foralidad pueda ser una “carcundia”; de hecho, el Derecho Viejo es mucho menos nocivo).

El Estado, asfixiando a la sociedad

La sociedad, como tal, cada vez tiene menos poder y margen de maniobra. Que en teoría exista no implica que pueda desarrollarse tal y como se puede esperar en base a su concepción semántica.

El Estado -o Estado moderno- no deja de usurpar competencias que, si no pertenecían a los individuos o a las familias, correspondías a otros cuerpos intermedios (sociedad orgánica) como el municipio, la parroquia, la escuela o una mutualidad lato sensu.

En el plano más político, se está tratando de centralizar toda competencia política en organismos como la Unión Europea (que hoy en día se está sovietizando, yendo más allá de un espacio comercial y de libre circulación) y la Organización de las Naciones Unidas.

De ahí que se esté tomando como modelo el marco político corporativista del Partido Comunista Chino y que, en materia comercial, en vez de avanzar hacia la liberalización unilateral, se promuevan armonizaciones que fortalecen a los Estados y sus stakeholders.

Del mismo modo, vemos cómo el poder de la persona solo se limita a depositar una papeleta electoral cada cierto periodo de tiempo, dejando un montón de aspectos en la democracia moderna, que es una dictadura de la mayoría, como diría Kuehnelt von Leddihn.

Huelga decir que estamos sumergidos en un marasmo burocrático de grandes dimensiones. Multitud de trámites administrativos, de regulaciones desinteresadas en la seguridad pública, de impuestos, de obstáculos legislativos, etc.

Y sí, el Bienestar del Estado, aparte de cercenar la libre elección de servicios, contribuye a fomentar contravalores que son nocivos para la sociedad: hedonismo, irresponsabilidad, epicureísmo e irreligiosidad.

Llevar a la práctica la defensa del fuero

Defender el fuero no es simplemente que una región tenga un margen mayor para dictar leyes propias o que su autonomía financiera no solo sea plena para el gasto, sino para la recaudación de ingresos.

El foralismo encaja tanto con la idea de respeto a las unidades inferiores, intrínseca al principio de subsidiariedad, como con la descentralización entendida como contrapeso al poder omnívodo.

La unidad básica de foralidad viene a ser el fuero interno del individuo, por cuanto y en tanto, en uso de razón, tiene facultades suficientes para ser autónomo, pensar por sí mismo y tomar decisiones (esto no supone un desarraigo automático).

Este individuo viene a componer unidades familiares que han de tener su propia autonomía y autoridad, aparte de un natural y evidente propósito de respaldo y de contribución al florecimiento de la sociedad.

Estos mismos individuos, en el ejercicio de su libertad, dentro de la sociedad orgánica, de lo que Vázquez de Mella llamaba “soberanía social”, irán adhiriéndose a cuerpos intermedios de distinta índole o creándolos (escuelas, mutuas de seguros, parroquias…).

Obviamente, pueden salir organizaciones políticas como el municipio o la comunidad de propietarios de determinada urbanización (la regla, la norma, la ley, la autoridad y el “gobierno a secas” no son el problema).

De ahí que pueda emerger una poliarquía que fortalezca a la sociedad frente al demoníaco Estado, dispuesto a regular todo aspecto de la vida de cada cual, bajo un criterio progresivamente problemático.

Con lo cual, si defendemos las libertades concretas, conforme al Derecho Natural, y la propiedad privada, conviene evocar el “fuero”, aunque “suene hispano”. El “fuero” es lo contrario al centralismo revolucionario, jacobino y socialista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *