Polonia celebra el día de su independencia por todo lo alto

No ha sido un año fácil para el país eslavo, que ha tenido que sobrellevar la pandemia con una multa de la Comisión Europea y con el grueso del Parlamento Europeo en contra.

Llueva, nieve o granice, los polacos no son proclives a pasar el 11 de noviembre, Día de la Independencia, encerrados en sus casas. Menos aún en el 100 aniversario de la creación del primer estado-nación polaco contemporáneo.

Aquel hito solo fue posible tras la Primera Guerra Mundial, después de varios siglos de infame sometimiento a terceras potencias que decidieron repartirse los territorios polacos. Estas convinieron olvidar que, varias centurias atrás, fue gracias a Polonia que Rusia, Austria y otros estados alemanes pudieron frenar el imparable avance del entonces imperio otomano en el continente.

Tras haber sido sometida por varios imperios y naciones extranjeras a lo largo de la historia, Polonia ha aprendido de la peor manera la importancia vital de la patria y la lucha por su preservación.

Lo polacos saben qué significa no tener un estado propio o estar supeditados a intereses ajenos. Su complicada realidad geográfica- siendo un país eminentemente llano, con de ríos fácilmente navegables y encrucijada de distintos reinos e imperios- no es algo que haya jugado nunca jugado a su favor.

Las celebraciones de este año han superado si cabe a las de los anteriores. Esto se debe al contexto geopolítico por el que Polonia atraviesa.

En los últimos tiempos, las tensiones con Bielorrusia, un país que lleva 30 años bajo el yugo de un autócrata nostálgico de la era soviética, han alcanzado cotas nunca antes vistas.

Aunque hasta la fecha no se han producido enfrentamientos militares directos, a Polonia le ha tocado dar la cara por la UE frente al dictador Lukashenko. Este ha decidido vengarse de las sanciones y el posicionamiento en su contra de las democracias occidentales- a partir de las protestas de 2020- enviando hordas de migrantes asiáticos; algo parecido a lo que hace unos meses Marruecos hizo con España.

Estas mareas humanas están siendo custodiadas por soldados bielorrusos que los han conducido hasta la frontera, empujándolos como a bestias contra una valla; una infraestructura de seguridad pasiva que el estado polaco se ha visto obligado a erigir para evitar una avalancha humana sin precedentes.

Los enemigos de la UE son conocedores de las patéticas e infantiles políticas buenistas que rigen en el bloque comunitario; consecuentemente, se aprovechan de las debilidades latentes.

Frente al apoyo incondicional que uno supondría que brindarían la UE y la OTAN, las respuestas de ambas organizaciones han sido entre tímidas y vergonzantes.

Tal y como cabía esperar, las organizaciones internacionales han pasado de Polonia y de los países bálticos aún más de lo que ya llevan años pasando los países mediterráneos, que hasta ahora hacían frente solos a los mayores flujos de inmigración ilegal.

Ni un solo euro europeo ha ido a parar a la construcción de una necesaria valla fronteriza a la que, seguramente, suceda un muro de mayor envergadura. Todo esto a pesar de que, lógicamente, la inmigración extracomunitaria es- o debería ser- un asunto europeo.

Por supuesto, la actuación de la generalidad de las ONG europeas- convertidas a estas alturas más en agencias de contratación y lobbies ideológicos que en otra cosa- ha sido la misma a la que nos tienen acostumbrados en estas ocasiones. Sin embargo, en Polonia estas organizaciones no tienen el poder de hacer y deshacer que sí tienen en países como España o Alemania, donde los gobiernos bailan al compás de estas.

En este sentido, tanto las ONG como los países con Gobiernos contrarios a la línea política del PiS que gobierna Polonia, acusan al estado polaco, sin mucho o ningún fundamento, de no respetar ciertos derechos que la UE considera inalienables.

Polonia semper fidelis.

Acostumbrada históricamente a ser maltratada por otras naciones del continente así como a no recibir agradecimientos cuando hace algo en beneficio del resto de naciones europeas (Viena fue testigo), Polonia no se ha resignado ni ha delegado el mantenimiento de la seguridad de sus fronteras.

Sin embargo, en esta ocasión cunde la sensación de que el país eslavo no está tan solo como otras veces. Un fantasma de solidaridad patriótica internacional recorre el continente.

Frente al agravio recibido por parte de las grandes familias del Parlamento Europeo, Polonia recibe estos días el apoyo de varios países del bloque de Visegrado. También nacionalistas, liberal-conservadores, cristianos y conservadores de todo el continente han mostrado activamente su reconocimiento y simpatía hacia el país centro-oriental.

Este apoyo ha sido especialmente efusivo hoy con motivo de la Fiesta de la Independencia, a la que han acudido miles de personas y políticos desde diversos puntos de Europa.

No son pocos los alemanes, franceses o escandinavos conscientes de que la mayor parte de inmigrantes que traspasen la frontera comunitaria querrán ir a parar a dichas naciones. Estas son las más generosas del mundo en términos de cobertura social o apoyo a extranjeros.

En relación a lo anterior, la labor de contención del Gobierno polaco es fundamental para evitar este y otros posibles abusos a nuestros estados del bienestar. Muchos europeos son conscientes de esta realidad.

En contra de lo que algunos críticos de Polonia quieren hacer creer, son muchas también las personas de orígenes no europeos que también han acudido a celebrar el día grande de la nación polaca sin que se hayan producido incidentes.

Es cierto que desde ciertos sectores existe cierta desconfianza- perfectamente racional y entendible en estos casos- hacia el extranjero. Pero esto no significa que el ciudadano polaco sea racista o xenófobo.

Las tasas de miedos patológicos o rechazo violento al que viene de fuera son en Polonia similares a las de otros países del entorno. La diferencia en que allí tienen claro que la capacidad de asimilación e integración completa de un país tiene sus límites; y estos no son, ni de lejos, los que aconsejan mantener la ONU, los partidos wokes o las ONG que sacan rédito de estos flujos masivos.

No importa cuál sea la coyuntura internacional, la mayor parte del pueblo polaco sabe que un estado de derecho soberano y democrático es el único garante de las libertades civiles.

Renunciar a ser un país libre, soberano y eminentemente polaco no es una opción que esté sobre la mesa. La historia ha enseñado al polaco a apreciar el valor de la libertad y a no dar por garantizada su vigencia.

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