Mientras la Pax Americana agoniza

Hace justo treinta años Boris Yeltsin, después del fallido golpe de agosto de 1991 en Rusia, cuando la facción más “conservadora” del PCUS intentó detener el proceso de fragmentación y de destrucción de la unidad del estado propiciado por el gobierno de Gorbachov y el grupo de reformistas radicales agrupados entorno al Presidente Ruso Boris Yeltsin, decidió cortar la ayuda que el gobierno afgano de Mohammad Najibulá recibía de la URSS para combatir a los muyahidines y a los talibanes. Este hecho supuso el fin definitivo del gobierno socialista y laico afgano, que no tardó en caer a manos de los integristas islámicos y, posteriormente, de la facción armada más radical, la de los talibanes.

Como dijo el consejero y estratega polaco-norteamericano Zbigniew Brzinzski, la victoria de los talibanes en Afganistán no era nada al lado de la destrucción del principal enemigo de la hegemonía norteamericana, la URSS o, como diría el analista, la Rusia histórica. Hasta qué punto la retirada soviética del país centro-asiático contribuyó al colapso del imperio es un tema de amplio y discutible análisis, pero lo que está fuera de toda duda es que el fin de la presencia soviética marcó simbólicamente el principio del final de la URSS en tanto que superpotencia y coincidió con la crisis interna que llevó a su colapso.

Treinta años después, tal como decía al inicio de esta columna, Estados Unidos ordena la retirada de sus tropas y de las de sus aliados de Afganistán. Dicha retirada marca un hito más en la lenta pero ya inexorable retracción de la hegemonía norteamericana.

Primero fue la desastrosa intervención en Iraq, costosa en vidas y exorbitantemente cara en términos financieros, después vino la crisis financiera y económica de 2008 y, ya en 2012 y 2014, el fracaso de la intervención en Siria y la anexión rusa de la península de Crimea.

A todo esto se suma la incapacidad americana de recuperar su influencia en Hispanoamérica, la pérdida de la competencia frente a China, las crecientes tensiones con el eje franco-alemán, la división interna entre aislacionistas y partidarios de la gobernanza global y los colosales problemas financieros, económicos y sociales en el seno de la sociedad estadounidense.

Estados Unidos, incluso la propia administración Biden lo admite con sus actos, es ya incapaz no sólo de mantener su hegemonía económica y militar en amplias regiones del mundo, sino también de hacer frente simultáneamente a China y Rusia.

La reunión con Putin el pasado mes de junio marca otro punto de inflexión en el proceso de reestructuración de la potencia americana. El Presidente Ruso y buena parte de la élite militar y política rusa no están dispuestos ya a tolerar ningún dictado del Presidente de Estados Unidos, no al menos en lo que respecta a sus intereses en países como Ucrania o Bielorrusia, que han formado siempre parte de la Rusia histórica desde los orígenes de la nación rusa. Tampoco en Siria, donde Rusia lucha por recuperar su posición en el Mediterráneo oriental o en lo que respecta a sus relaciones energéticas con Alemania y a la posición de apoyo moderado a China en el Pacífico.

Rusia, quedó claro en la cumbre y parece que incluso la élite americana lo empieza a entender, no es ya aquella potencia a punto del colapso que conocieron en los 90 y primera década del siglo XXI. Incluso la obediente Alemania se atrevió a indicarle a Estados Unidos que las relaciones energéticas con Rusia son demasiado importantes como para sacrificarlas en el altar de la amistad germano-estadounidense, más aún cuando la competencia por los mercados de alta tecnología se agudiza cada día y alemanes y estadounidenses se ven forzados a luchar desesperadamente por una porción del mismo pastel.

Por otro lado, China gana cada vez más peso económico, sobre todo en el sudeste asiático, Hispanoamérica y Europa occidental. Buena prueba de ello es que la administración Biden sigue los pasos de la administración Trump en lo que respecta a la política comercial proteccionista frente a China. Mientras, en el interior de Estados Unidos se acaba de aprobar un masivo plan de inversión en infraestructuras que demuestra de modo paradigmático hasta qué punto el líder del mundo occidental está herido en términos de poder industrial y necesita una pausa en su implicación planetaria para recobrar fuerzas. Comprensiblemente, el principal dolor de cabeza para la élite norteamericana es saber quién va a llenar el vacío de poder que se va a generar y se está generando ya en diversas partes del mundo. Mejor el caos antes que Rusia o China, sería lo que diría un Brzezinski cualquiera. A falta de poder dominar directamente un puesto estratégico, mejor que lo dominen los enemigos de tus enemigos.

Lo que sucede en Afganistán es un indicio de lo que puede estar pasando por la cabeza de las principales mentes analíticas del gigante norteamericano. De repente, toda la élite parece haberse olvidado de los argumentos argüidos para intervenir en dicho país. Hablan del coste económico, pero nadie se ha retirado totalmente de Iraq, que costó mucho más en todos los sentidos. Todo son prisas este verano.

En medio del calor sofocante de este agosto, las noticias llegan con cuentagotas, pero cuando llegan ponen los pelos de punta. Un revival de los 90 vuelve a Afganistán: decapitaciones, brutalidad, violencia sin fin, un aire de tribalismo desenfrenado y arcaísmo retornado. Kabul está a pocas semanas de ser tomada y los contornos de una nueva ola de refugiados vuelven a dibujarse en el horizonte. Mientras, todo el mundo que tiene algo que decidir en Oriente se preocupa del destino de los flujos del opio. Un gran mercado está en juego. Ya una vez los talibanes, que ahora viven de su exportación, cortaron su flujo. Con las cosas de la comida no se juega.

Rusia ya despliega más tropas en Tayikistán por si las moscas y China se inquieta de los efectos que el contagio puedan tener en Pakistán, donde los talibanes controlan amplias zonas del noroeste del país, y en Asia Central. Afganistán en pocos meses puede volver a ser uno de los principales focos de fundamentalismo islámico e inestabilidad en una de las principales áreas de expansión de la influencia económica china. No olvidemos que China nunca ha tenido relaciones fáciles con el mundo islámico. No lejos del actual Afganistán en el año 751 se enfrentaron los dos grandes imperios del momento: la China Tang y el Califato árabe Abasida.

La retirada de Afganistán regala a Estados Unidos la oportunidad de crear auténticos quebraderos de cabeza a sus dos rivales  y también a Irán. Mejor el caos que el orden si es un orden imperial alternativo. No obstante, Oriente siempre es inestable y rusos y chinos tienen más experiencia en gestionar algo que siempre ha sido completamente ajeno a la psique norteamericana. Nadie va a intervenir esta vez en Afganistán. Las lecciones están aprendidas, quizás incluso los talibanes entienden los límites que no conviene cruzar. Sin embargo, deberemos esperar antes de ver si la última jugada norteamericana da los frutos esperados.

En Europa, por otro lado, las autoridades siguen apretando las tornas a la población. Prohibiciones, pasaportes sanitarios, un aire de carnet social chino se dibuja en nuestra nueva normalidad. En Francia, que, como decía Chateaubriand, siempre ha sido la nación más vital, turbulenta e imprevisible de Europa y su centro intelectual desde el siglo XIII, se suceden las protestas y un aire de revuelta contra las élites culturales y políticas se va reforzando a un año de una elección presidencial decisiva. Italia le sigue la estela. Nada sorprendente si tenemos en cuenta que son los dos únicos países vivos en la Europa al oeste del Elba.

Los recursos son escasos y el apocalipsis se acerca -parecen repetir todos los medios de comunicación al unísono-, mientras, los precios de la energía se disparan a niveles sin precedentes. El viejo mundo va desapareciendo en el futuro. El tiempo de la fiesta, del consumo y de la comodidad es ya cosa del pasado. El tiempo en el que se podía vivir sin tomar partido aún desaparece más rápido. La tranquilidad se acabó.

Entramos en un mundo nuevo, desconocido, donde las reglas aún están por escribir. Los partidarios del control extremo de recursos de momento van ganado la partida, pero nada está decidido. Cada decisión que toma una élite económica y política cada vez más deficiente crea nuevos problemas y contradicciones. La vieja unidad occidental ha sido sustituida por una tensión apenas disimulada de todo contra todos. Todo el mundo se está preparando para el mundo post-americano. Incluso los británicos se mostraron ya prestos hace un año a desechar la hegemonía del dólar y la proliferación de criptomonedas no deja lugar a dudas.

El fin de la hegemonía americana se superpone a la agonía de la globalización auspiciada por Occidente, a la crisis de la UE, a los crecientes problemas de endeudamiento y de estímulo económico que padecen los países del núcleo capitalista, a la presión inmigratoria en las fronteras de la vieja Europa y al auge del extremismo islamista en África y Asia. El aire que respiramos huele indefectiblemente a decadencia “Fin de siècle”. El futuro se torna inestable y el largo siglo XX, finalmente, llega a su fin con la toma de Kabul.

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