Malcriada democracia

Nuestra joven democracia española, como todavía ansiamos seguir denominándola, ha comenzado ya a ser no tan joven. A nuestra joven democracia española, que sobrepasa ya la cuarentena, se la sigue tratando como a una adolescente eterna y malcriada a la que se le transige casi todo tan solo por miedo a violentarla. Los botellones y los desplantes, promiscuidades de fin de semana y excesos cada vez más desproporcionados, han terminado por convertir a nuestra chiquilla en una pequeña tirana doméstica a la que le toleramos lo intolerable para no traumatizarla ni perderla a fuerza de culpabilidades, que es la más dramática de todas las pérdidas.

Esa juventud veinteañera que hace varias décadas asistió al parto sin epidural de nuestra joven democracia española se encuentra ahora en los umbrales de las jubilaciones y las pensiones, no explicándose todavía cómo es posible que de repente se hayan hecho viejos cuando hace tan solo cuatro días edificaban barricadas e ideologías con la infinita energía de quien se sabe joven y efectivamente aún lo es. Esa juventud que fue testigo del nacimiento de la criatura busca ahora las razones que puedan ayudar a explicar el presente de una democracia que decididamente parece haber resuelto dejar de serlo, a fuerza de propender con tal insistencia al menudeo de maneras políticas aspaventeras y, en muchos casos, inequívocamente poco decorosas.

Desde un punto de vista estrictamente romántico, hace demasiado tiempo que esa juventud perdió el candor que un día la acompañó, aproximándose ahora al convencimiento de que es preciso levantar acta del caos, a la búsqueda de lo lógico y de lo humano, que también, y más que nunca allí, debiera habitar en quienes nos gobiernan y representan. Pero la realidad es bien distinta, y una bien posible y sana democracia es apuñalada por la frivolidad y el cainismo de partidos políticos que cada vez con mayor frecuencia juegan a instalar el rencor como espina dorsal de este país, a base de ocurrencias únicamente propias de quienes han estado aburriéndose durante lustros con esmeradísima y siniestra perseverancia.

Y es precisamente en este punto donde uno se pregunta qué ha podido suceder aquí para que esto se nos haya ido tanto de las manos. El país envejece y enloquece, todo casi al mismo tiempo, pero su democracia, en absoluto conocedora de responsabilidades ni de calendarios, sigue manifestándose eternamente joven, inmadura e impúdica. La chiquilla se nos ha torcido tanto que nos sentimos incapaces ya de reconducirla, no encontrando explicación alguna a que haya podido generar tales vicios en tan poco tiempo de vida, cuando sus excesos únicamente podrían haberse entendido si verdaderamente hubiera sido milenaria.

Hace muchos años atrás que a nuestra joven democracia española comenzaron a salirle sus primeras canas y todavía hoy, ante sus arrebatos, seguimos evitando dar un puñetazo sobre la mesa y mandarla a la cama sin cenar, por aquello de no soliviantarla en demasía. Sería preciso admitir que la niña ya no lo es tanto y hace demasiado tiempo que cumplió los dieciocho. Porque alcanzadas determinadas mayorías de edad, convendría comenzar a exigir mayorías en necesarias dignidades y gobiernos.

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