Las direcciones sindicales, los Judas Iscariote del siglo XXI

Hay pocas situaciones tan deplorables que predicar una cosa y, a la vez, actuar conscientemente haciendo lo contrario a tu predicamento, mientras piensas que con tu actitud consigues engañar a quienes te ven o escuchan.

Las direcciones sindicales en la época actual son uno de los principales ejemplos acreditados de la pérdida de dignidad a cambio de la percepción de la “moneda” de la traición. Auténticos Judas Iscariote del siglo XXI.

El sindicalismo, no cabe duda, ejerce una labor social totalmente necesaria en la defensa de los derechos de los trabajadores, y debe de existir para equilibrar la balanza y evitar cualquier ejercicio de superioridad por quien ostenta el poder laboral.

A principios del siglo XIX, en torno a 1.830, nacen los primeros sindicatos en Inglaterra, los conocidos como “trade-unions” o unión de oficios, y también los “syndicat” en Francia. Estamos en los inicios de la revolución industrial.

Cada vez hay más obreros y mayor trasvase de población del campo a la ciudad

Es a partir de la mitad del siglo XIX, cuando el movimiento sindical se extiende por Europa y comienza a adquirir un carácter revolucionario, principalmente tras la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, que trajo consigo la creación en 1.864 de la Asociación Internacional de Trabajadores.

Era una dura época donde en muchas ocasiones los trabajadores vivían en condiciones infrahumanas y cercanas a la esclavitud. Jornadas de más de 14 horas, trabajo infantil, salarios míseros, falta de medidas de prevención, hacinamientos en barrios de obreros… Había nacido la conciencia de clase.

En España también surge el movimiento sindicalista en el siglo XIX. El primer gran sindicato fue UGT, fundado por Pablo Iglesias en 1.888, y desde entonces UGT y PSOE siempre fueron de la mano como si de uno se tratase. En 1.910 llegó la CNT, con los postulados más revolucionarios y anarquistas. CCOO tuvo sus orígenes durante el franquismo entre comunistas en las sombras y miembros de Acción Católica, aunque su legalización no llegó hasta 1.978, con la transición democrática.

A mediados de los 90 del siglo pasado, la afiliación a los sindicatos alcanzó su punto álgido cuando se acercó al 20% de los asalariados, lo que contrasta con el 14%, aproximadamente, que alcanza el nivel de afiliación en estos momentos, pese al auge de la precariedad laboral de la época actual

Quizás tenga que ser así. Se puede decir que incluso es algo esperado y que debería llevar al sindicalismo moderno a una profunda reflexión interna. La clase trabajadora empieza a cansarse de esta representatividad artificial y de impostura.

Basta ver las manifestaciones realizadas con motivo del 01 de mayo. Los lemas que han lucido las principales centrales sindicales han sido, nuevamente, las típicas proclamas de papagayo que más se parecen al recital ceremonioso del listado de los reyes visigodos que una vez se estudió en la escuela, que al carácter reivindicativo que se supone al movimiento sindical cuando el poder establecido empobrece a la clase obrera.

“Ahora toca cumplir”, “Un país en deuda con su clase trabajadora”, “Por el derecho de huelga», “A la calle que ya es hora», “Organízate y defiende tu futuro”, son algunos de los eslóganes elegidos por nuestros principales autores modernos de soflamas en defensa de los trabajadores.

Pero no se han visto gritos ni pancartas de “Gobierno dimisión”, “Socialistas y comunistas, socializad vuestra riqueza, no nuestra pobreza”, “Nuestros hijos se tienen que marchar del país por vuestro mal gobernar”, “El pueblo no olvida el desempleo, ni se olvidará de vosotros a la hora de votar”, “Marcharos antes de que arruinéis el país”, “Menos cordón sanitario, lo que queremos es trabajar”, “Casoplones para todos, todas y todes”

Las cifras de España son ruinosas. Y deberíamos todos de repetirlas, una y otra vez, para que no se olviden, al menos las más significativas:

  • Líderes en Europa, con el 17% de paro
  • Líderes en Europa, con el 40% de paro juvenil
  • Endeudamiento del 117% de deuda pública sobre el PIB. Lo cuartos de Europa.

Si los sindicalistas del siglo XIX y de principios del siglo XX levantaran la cabeza, rápidamente la esconderían de nuevo para no ver la chapuza moral y la indecencia sindical que se ejerce actualmente cuando gobierna un partido que se supone socialista o comunista, y que sin duda alguna es el que más daño está haciendo a la clase trabajadora en este país en los últimos 45 años.

Direcciones sindicales que lamen la mano del Gobierno. Que cuidan de no propasarse con unos políticos que ningunean e incluso se ríen de la clase trabajadora haciéndola creer que la defienden por el mero hecho de proclamarse de izquierdas, como si ser de izquierdas signifique intrínsecamente la defensa del obrero.

Direcciones sindicales que amansan a sus afiliados frente al gobierno social-comunista haciéndoles creer que su enemigo es la derecha o la iglesia, cuando están masacrando todos sus derechos desde el momento en que les envían al paro perpetuo, al subsidio o a la mendicidad de las colas del hambre.

Direcciones sindicales que se han vendido. Sí, que se han vendido por dinero, el más vil de los metales. El Gobierno español destinará en 2.021 la cantidad de 13.883.890 euros en concepto de subvenciones a las organizaciones sindicales. Esta cuantía supone incrementar en un 56% las subvenciones que les otorgaron en 2.020. Muy lejos de los en torno 9.000.000 euros que por ejemplo percibían en la época de Rajoy, aunque, como no, volviendo a las cifras de la época de Zapatero, que incluso superaban los 15.000.000 de euros

El dinero público, en época de crisis, parece destinado a la compra del silencio, a la compra de voluntades y a mantener a las direcciones sindicales en miserable complicidad con el Gobierno de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y compañía, mientras el trabajador sufre directamente la incompetencia manifiesta de este Gobierno en la defensa del presente y del futuro de los derechos de los trabajadores.

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