La profanación de la tumba de Franco y cómo España sigue pagando a día de hoy tal acto

«El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses». Esa es la pena que establece el artículo 526 del Código Penal.

A quienes violentasen las tumbas o lugares de descanso de los muertos, independientemente de su ideología o de su pasado en vida, siempre se les ha intentado hacer frente con la ley en la mano, aunque en todas las culturas se ha tratado este tema con demasiado respeto y miedo. Es más, desde la antigüedad la profanación de tumbas se consideraba la peor de las maldades, ya que los muertos no pueden “defenderse”, al menos no como entendemos los vivos lo que es la defensa.

San Mateo cuenta el trágico final de Judas Iscariote tras entregar a su maestro por 30 monedas de plata, se arrepintió, tiró el dinero en el Templo y se ahorcó de un árbol. El episodio adquiere tintes mucho más pavorosos en los Hechos de los Apóstoles (1,16-18), donde el apóstol Pedro dice que Judas «con el salario de su maldad se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas». Según este texto, el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel lugar el Campo de Sangre.

La traición, el remordimiento, el ahorcamiento, el lugar tenebroso y sobre todo el reventamiento del cuerpo de Judas «dibujan, en su conjunto, una secuencia terrorífica, violenta y miserable» que llegó a convertirse «en un lugar mítico infernal, un Hades maldito», según señaló el historiador Sabino Perea Yébenes en su estudio sobre «La mención a Judas Iscariote en epitafios latinos cristianos de la Hispania visigoda y bizantina» publicado en la revista Myrtia en 2006.

En el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena se conserva una placa funeraria del siglo VII de una niña de seis años llamada Saturina, en la que se advierte: «Si alguien intentare cualquier cosa en este monumento, tenga parte con Judas Iscariote».

En Mérida, el epitafio de un clérigo confesor llamado Eulalio añade una retahíla de maldiciones, a saber: «si alguien quisiere de hecho y de verdad inquietar este monumento mío sea herido con el rayo del anatema, infestado de lepra como Giezi, se complazca en ella; encuentre la suerte de Judas el traidor, y no tenga entrada en la iglesia, y apartado de la comunidad santa sea consorte del diablo y sus ángeles en el daño de los suplicios eternos».

En el IV Concilio de Toledo, que presidió Isidoro de Sevilla en el año 633, el apartado de castigos a quien atente contra los reyes y la unidad de la patria concluye deseando que «el tal y sus compañeros tengan parte con Judas Iscariote». Y de estas actas conciliares que reproducen y fomentan la maldición, pasó a ser incluida en algunos edificios para prevenir su integridad, según destaca Perea.

La figura del discípulo traidor quedó tan grabada en el imaginario que, hasta Dante creará en La Divina Comedia un sector del infierno llamado Judaica, adonde van los ladrones y traidores de amigos (como Judas)».

Oigo mucho, ¿Qué está ocurriendo en España?, desde que se profanó la tumba de Franco a este país le pasa de todo, unos estaréis de acuerdo o no conmigo, podréis reír o llamarme loco, pero esto que cuento y expongo es una realidad de la humanidad, lo miréis como lo miréis.

Los muertos están muertos para este mundo, que es el nuestro y no es el suyo, y hay que dejarles reposar en paz, que se atenga a las consecuencias quien no lo haga . 

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