La izquierda Noruega y la dependencia del petróleo

Contexto histórico.

Hasta hace unas décadas, Noruega nunca fue la tierra más fértil y próspera de Europa. Tampoco la más propicia para el pastoreo, para abrir negocios o para el comercio.

Su clima, el territorio abrupto y escarpado y su situación apartada respecto al resto del continente, hicieron de ella un territorio poco accesible y en gran medida inhóspito hasta hace no mucho tiempo.

Su escasa población humana se concentró siempre en unas pocas ciudades de las costas meridionales del país y en granjas dispersas. Estas pequeñas ciudades no surgen hasta pasada la era vikinga y, sobre todo, entrados ya en la baja edad media, gracias al circuito comercial de la Liga Hanseática.

A pesar del reducido peso demográfico de sus poblaciones humanas, desde el siglo X Noruega ha venido siendo una tierra de emigrantes.

Noruega fue un país pobre y dependiente del sector pesquero hasta bien entrado la pasada centuria, cuando la situación se revirtió. En pocas décadas, Noruega pasó a ser un país de inmigración y elevados estándares de vida.

Con la segunda revolución industrial, vinculada al petróleo y otros combustibles fósiles, Noruega vio su suerte cambiar. En pocos años años, Noruega comenzó a experimentar un desarrollo económico vertiginoso como muy pocos países en el planeta.

La abundancia de recursos (petróleo y gas natural) en un país relativamente grande, pero con escasa población, trajo consigo una progresión acelerada en el nivel de vida de los ciudadanos. Desde los años 60, el PIB per cápita de los noruegos es uno de los mayores del mundo gracias al barril de Brent.

Con el dinero que obtienen de la exportación de petróleo refinado, el estado noruego financia un fondo soberano y mantiene una balanza comercial de ensueño. El fondo financia desde las pensiones hasta fuertes inversiones públicas, que hacen al país casi inmune a las crisis económicas.

La ordenada mentalidad luterana, la baja corrupción, la cohesión nacional y la moral responsable de la población y de sus políticos hicieron el resto. Noruega experimentó un proceso de industrialización y democratización mucho más rápido y pacífico que el resto de Europa.

La buena suerte de Noruega (y el buen hacer noruego) no acaban ahí.

Paradójicamente, Noruega es uno de los países menos dependientes del oro negro a la hora de cubrir sus necesidades energéticas. Su clima húmedo y ventoso, así como su montañosa orografía, han facilitado la construcción de presas hidráulicas y molinos generadores de energía. Esto ha permitido que el país haya logrado ser, a pesar de ser el mayor productor de petróleo y gas de Europa, la nación más verde del continente si atendemos únicamente al origen de la energía final consumida, tanto por sus ciudadanos como por el sector industrial.

Noruega es el principal productor de petróleo de Europa y, al mismo tiempo, el que menos necesita consumirlo.

Además, el alto nivel de vida de sus habitantes, el hecho de que la inmensa mayoría viven en casas solariegas con garaje propio (y enchufe) y las políticas de subsidios al coche verde- en las que coinciden más o menos todos sus partidos-, han traído consigo que ya en 2021 el 80% de los coches que se venden en el país vikingo sean híbridos o eléctricos puros.

Problemas autogenerados en el país más verde.

Independientemente de su enorme grado de desarrollo, sólido estado del bienestar y a pesar de la rápida transición ecológica experimentada, muchos noruegos, especialmente en la izquierda política, no están contentos. Opinan que el país escandinavo tendría que estar haciendo mucho más por «salvar el planeta».

Por increíble que pueda parecer, hay muchos noruegos que dicen estar de acuerdo con un menor crecimiento económico si esto trae consigo una reducción del consumo de petróleo a escala mundial.

A pesar de la diversificación de los últimos lustros, el sector del crudo todavía representa el 14% del PIB del país escandinavo, da empleo al 7% de los trabajadores y representa el 40% de las exportaciones.

Las últimas elecciones generales- celebradas en el contexto de la pandemia- pasaron factura a la coalición conservadora-nacionalista que gobernaba Noruega.

Ahora, una coalición de izquierda laborista, centro e izquierda radical, prepara la formación de un nuevo Gobierno. Esta se encuentra ante el gran dilema de empezar a recortar la producción de petróleo- principal fuente de riqueza de Noruega- para tener a Greta Thumberg y a sus seguidores bien contentos.

Las negociaciones del nuevo Gobierno no se plantean nada sencillas. En él hay implicados tres partidos que solos ya superan los 85 escaños necesarios. Pero estas fuerzas tienen a su vez varias tendencias un tanto dispares. Estas van desde centro izquierdistas hasta postcomunistas pasando por políticos ecologistas muy radicales en sus postulados.

El cambio climático ha ganado mucho peso en los discursos electorales. Pero también lo han ganado las desigualdades sociales o el aumento de la pobreza (entendida siempre en el contexto noruego).

¿Qué pasará entonces con el petróleo?

Que la línea ya de por sí muy ecologista de la política noruega actual va a intensificarse está fuera de toda duda. A las ayudas al coche eléctrico y los impuestos al CO2 se les sumarán nuevas normativas cada vez más duras.

Es posible que se termine prohibiendo la venta de vehículos de combustión para 2030. Pero también es cierto que no va a tener una gran repercusión viendo las tendencias actuales. Para 2025 será muy extraño ver a un noruego adquiriendo un coche que no sea eléctrico.

A nivel internacional, el Gobierno noruego quiere establecer un pacto para la reducción del vertido de plásticos en los océanos y también otro (aún más ambicioso y difícil de lograr) para paralizar la tala masiva de árboles en las selvas tropicales del planeta.

En lo relativo al petróleo, es posible que los cambios no lleguen a ser tan disruptivos como quisieran los sectores más radicales.

El Partido de Centro, uno de los tres que formarán, previsiblemente, el nuevo Ejecutivo, ha dicho que está dispuesto a negociar políticas climáticas, pero no recortes en la extracción y exportación de petróleo. Cabe remarcar que muchos de sus votantes proceden de zonas costeras-rurales en las que la producción de crudo tiene mucho peso.

El Partido Socialista empieza a exigir la paralización de nuevos yacimientos extractivos, algo a lo que los centristas no parecen dispuestos. Entre medio, el Partido Laborista, ganador de las elecciones, deberá tratar de buscar soluciones intermedias.

Ciertamente muchos de los votantes laboristas son urbanitas concienciados con el medioambiente. Pero otros, son obreros de clase baja, cuyo empleo guarda relación con el oro negro. De este modo, los laboristas están muy condicionados a la hora de tomar cualquier decisión en un sentido o en otro.

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