La hora de decir basta

Decía Cicerón que a medida que un Imperio se acerca a su fin sus leyes se van volviendo cada vez más locas y absurdas. Desgraciadamente, la actualidad, como de costumbre, vuelve a dar la razón a todos los grandes letrados que en el mundo han sido. Nada es nuevo, como decía el gran filósofo francés Pascal, sólo cambia la disposición de los elementos

Esta semana, en un espectáculo bochornoso indigno de una gran nación como Francia, el parlamento galo y su Presidente han dado un golpe casi mortal a los principios sobre los que se asienta la democracia en nuestro país hermano. A partir de este momento en Francia ya no hay una nación de libres e iguales, sino dos naciones: la nación de los ciudadanos de primera, los que obedecen a las decisiones arbitrarias del gobierno; y la nación de los que son consecuentes con los verdaderos valores europeos de libertad de conciencia, justicia, libertad y respeto al diferente.

El Presidente Macron, bajo la excusa de evitar los efectos de la cuarta ola de la pandemia, ha impulsado y rubricado una ley por la cual los ciudadanos franceses no vacunados no podrán moverse con libertad por el territorio nacional, serán vetados en múltiples establecimientos y podrán verse desprovistos de su trabajo. La reacción no se ha hecho esperar y decenas de miles de personas han tomado las calles bajo el silencio cómplice de nuestros medios de comunicación.

Dicha ley es de una extrema gravedad puesto que, por vez primera, rompe definitivamente y de forma profunda con el principio de igualdad, instala la discriminación legal como forma institucionalizada de dirimir las discrepancias en el seno de la sociedad, castiga a las personas por el hecho de decidir libremente no vacunarse-¿Dónde queda la soberanía sobre los cuerpos que tanto defienden estos mismos liberales, progresistas y feministas cuando se trata de cuestiones como el aborto o la eutanasia?-y liquida el derecho al trabajo, privando de medios de subsistencia a los ciudadanos que por las razones que fueren han decidido no arriesgarse a padecer los efectos nocivos de los que las grandes farmacéuticas no se responsabilizan que la vacuna pudiera tener sobre sus cuerpos.

Estos acontecimientos demuestran una vez más que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus está siendo usada para domesticar, monitorizar y experimentar con la población como si fuéramos simple ganado al que el pastor puede castigar a placer. Recordemos que estas medidas restrictivas y de dudosa constitucionalidad están siendo impulsadas a nivel global y en nuestro país, donde tanto a derecha como a izquierda PP, PSOE, Podemos y nacionalistas parecen empecinados en ganar la carrera de restricciones a la libertad.

Combatir la pandemia es por supuesto un deber, pero monitorizar, marginar y castigar indiscriminadamente a la población por negarse a vacunar son cosas muy distintas que, además, entran en contradicción con el discurso de libertad negativa que la izquierda y el centro-derecha viene defendiendo o tolerando desde hace décadas. ¿Por qué es legítimo decidir acabar con la vida de un enfermo con la eutanasia pero no decidir no vacunarse? ¿Por qué es más legítimo decidir abortar que no vacunarse? ¿No eran los hombres y mujeres libres de decidir lo que hacen con su cuerpo? ¿Dónde queda la supuesta soberanía sobre los cuerpos cacareada por feministas, libertarios y ultraizquierda? ¿Por qué un ciudadano tiene que vacunarse cuando los mismos productores de ésta se niegan a hacerse responsables de los efectos secundarios nocivos? ¿Dónde está escrito en nuestras constituciones liberales que un ciudadano tenga que poner su vida en peligro?

¿Dónde estaba escrito en el programa electoral de nuestros partidos políticos que no tendremos derecho a movernos libremente si no nos vacunamos? ¿Qué es esta farsa que estamos tolerando ya demasiado tiempo?

La historia, podemos ya decirlo, se ha abalanzado sobre nosotros de forma imprevista mostrándonos la fragilidad de nuestras conquistas que se tambalean bajo nuestra impotente e incrédula mirada.

Lo cierto es que desde hace dos años estamos presenciando la transición acelerada hacia otro sistema social, económico y político que entierra la vieja democracia representativa, la soberanía nacional, la libertad económica, la justicia social y la profunda esencia de conceptos como libertad, completamente retorcido y usado a discreción por sus mismos enterradores para impulsar todo tipo de atropellos al sentido común.

La pandemia se suma al catastrofismo climático como armas clave de destrucción del viejo mundo para erigir un mundo menos justo y libre. Este año estamos constatando ya los efectos de la supuesta transición energética, que está sirviendo para destruir nuestra economía, empobrecer a la clase trabajadora y liquidar a la clase media en beneficio de los especuladores financieros y el oligopolio energético, el único triunfador del mercado de derechos de emisión instaurado en las distintas conferencias climáticas. Sí, lo han entendido bien estimados lectores, el encarecimiento energético que sufren los más desfavorecidos y la clase media es el resultado buscado por parte de los impulsores de todo este milenarismo pútrido pseudo-ecologista que promueve la misma élite que acapara la mitad de la riqueza global y genera la inmensa mayoría de residuos del planeta.

Control digital, restricción de movimientos, catastrofismo, prohibiciones, miedo, pobreza, cesión de soberanía: estas son las palabras que nos invaden y caracterizan nuestro tiempo y no, no son sinónimo ni de democracia ni de soberanía ni de libertad ni de justicia social.

Sí, miremos por una vez a nuestro norte. Es hora de decir basta.

3 comentarios en «La hora de decir basta»

  • el julio 26, 2021 a las 1:47 am
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    Majistral estimado Aitor, has descrito la situación con el realismo y la veracidad de las circunstancias. Es una lectura tan real, pero a la misma vez tan aterradora, que cualquiera que observe el mundo que nos rodea, podrá llegar a las mismas conclusiones a las que hace referencia tu artículo. Enhorabuena.

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  • el julio 26, 2021 a las 8:36 am
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    Muchos somos los que ya nada esperábamos de los políticos pero todavía confiábamos en la ciencia; qué decepción, el mundo científico se ha puesto del lado de los opresores, entre prestigio,oportunidades laborales, dinero, etc y la verdad científica, han elegido lo primero. La nómina de los pagados para apoyar, por acción u omosión, esta campaña es amplísima y poblada no sólo por científicos. Tal vez algún día se conozca. En estos casos siempre hay mucho dinero detrás.

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  • el julio 26, 2021 a las 11:12 am
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    Muchas gracias por vuestros comentarios. Estoy totalmente de acuerdo con vosotros.
    Y lo peor es que no son paranoias. Estamos viendo lo que hace dos años sólo nos podía parecer ciencia ficción.

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