La breve historia de 2021. El año negro

Para nuestra desgracia, el año 2021 acabó el 31 de diciembre, con el ya tradicional mal gusto de Cristina Pedroche en las Campanadas de Antena 3, acompañada de toda la recua de cursis que ocupan los canales subvencionados a cuenta del sudor de los españoles “que pagan“.

Este pasado año fue la Cumbre contra el calentamiento global (que arrancó en Glasgow a finales de octubre). No se sabe a ciencia cierta si a causa de los jets y limusinas con los que los participantes acudieron a la Conferencia de Glasgow, la madre naturaleza sufrió algún problema climático, pero el despliegue de medios de trasporte contaminantes fue descomunal.

El 20 de septiembre se puso a escupir lava el volcán de la isla de la Palma. Los palmeros no sólo han sufrido la lava, las cenizas y los gases durante meses, sino que han tenido que aguantar a Pedro Sánchez siete veces.

Tras un fallido affer de “camas” políticas por parte de Inés Arrimadas e Iván Redondo en Murcia, Isabel Díaz Ayuso convocó y ganó las elecciones en Madrid.

Su victoria fue aplastante contra el tándem Sánchez/Iglesias y estrepitosa contra el inane liderazgo de Pablo Casado, los celos del presidente por accidente y sus adláteres, les rebotó sin hacer muesca en la popularidad de la madrileña.

Por cambiar algo de tercio, en el ámbito mundial, el 2021 empezó con la sonora salida de Donald Trump, el presidente que posiblemente más haya hecho por los Estados Unidos (y, por ende, por nosotros), incluso habiendo perdido las elecciones.

No debemos olvidar como se silenció el fraude electoral con el espectáculo de golpe de estado en el Capitolio a manos de una muchedumbre en la que la mayoría eran agentes encubiertos y activistas de izquierdas, que le pregunten al del disfraz de bisonte.

Joe Biden, entre siesta y siesta, conversó telefónicamente tanto con Vladimir Putin como con Xi Jinping, donde quedó claro que les importa bastante poco lo que el senil presidente americano les diga.

2021 ha acabado con una Rusia dispuesta a zamparse a Ucrania cuando su estómago se lo pida, y a un Xi Jinping, entronizado tras la celebración del 100 aniversario del Partido Comunista Chino, afirmando que el declive americano es un hecho incontestable.

De Afganistán, qué decir, lo único que occidente se llevó de allí es el papel higiénico, si no tenemos en cuenta el infierno al que se dejó abandonados al pueblo afgano, especialmente a niñas y mujeres.

Oriente Medio, el odio a Netanyahu logró formar una coalición de gobierno en Israel en la que el menos votado se convertía en primer ministro. El hasta entonces líder de la oposición pasaba a ministro de asuntos exteriores y, dentro de dos años, a primer ministro, en una rotación nunca experimentada antes. Por último, el líder de los hermanos musulmanes en Israel se integraba en el nuevo gobierno.

Mientras, los ayatolas iraníes no paran de escupir ácido a Israel y al Gran Satán. Habrá que ver cuál de los odios acaba imponiéndose, si el odio hacia Bibi o el de un Irán nuclear contra Israel.

En Europa, Merkel abandona la primera línea política, junto con la derrota de su partido en las elecciones de septiembre, nos ha dejado claramente huérfanos de caras conocidas. Cierto, está el aniñado Macron, pero no puede compararse con la germana.

El inglés Boris Johnson ya no está en la UE, aunque sus melenas movidas al viento siempre le hacen más llamativo que el gesto permanentemente rígido del galo, Eric Zemmour, un polemista mediático que ha decidido presentarse a la presidenciales del 22, rompiendo así el bloque de derechas eternamente encabezado por Marie Le Pen, esto le dará vidilla a la fiesta de la democracia gala.

Y mientras en Bruselas le daban vueltas y más vueltas a qué medidas y restricciones serían “aconsejables”, eso sí, sin dejar de amenazar a Hungría y Polonia por querer defendernos de los emigrantes utilizados por Putin y Lukashenko para socavar nuestras fronteras y poner a prueba nuestra fuerza, en la que tal vez sea la batalla más justa y épica que se ha dado por Occidente desde Lepanto.

El verano nos trajo la salida de José Luis Ábalos y Carmen Calvo, entrando en su lugar otros pesos, pesados o plumas aún por descubrir, con puestos estratégicos. El de la vicepresidenta Yolanda Díaz, que va de rostro advenedizo de IU, al estilo flowerpower al hablar y ambición de acabar con Podemos, y de suceder a Pedro Sánchez. Otro gran hito es Mikel Iceta, el bailarín con absceso estomacal, como ministro de deportes, ¿es un mensaje de su amigo Pedro?, Pedro sigue siendo Pedro.

El acontecimiento de verdad, Ómicron. Vino, como decía el anuncio, a casa por Navidad. Y, como bien sabemos, esta variante ha terminado afectando gravemente al cerebro de nuestros líderes políticos, pero levemente al sistema respiratorio del resto de los ciudadanos.

Sánchez, pensando en sus vacaciones en la recién acondicionada Doñana, ha hecho mutis por el foro, y deja que las autonomías se comporten como les de la gana puesto que para eso son reyezuelos.

Y hablando de reyezuelos, totalitarios y dictadorzuelos, la desaparición de la escena política del todopoderoso y semental Pablo Iglesias, ha sido un alivio. No sabemos en qué conspiraciones andará metido, pero ya se cuidarán los suyos de ponerle la pierna encima. Aunque no sea de mujer.

2021 se ha ido, que mucho ha durado. Pero en ausencia de unas elecciones generales que permitan a los españoles expresar su valoración tanto sobre el gobierno como sobre la actual oposición, y dado el panorama de crisis permanente, política, económica y social, lo único que puedo pedir a los Magos de Oriente, es que el 2022 acabe cuanto antes. 

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