La Blitzkrieg de la Transnacional

Después de despedir un año 2020 que permanecerá de forma indeleble en nuestra memoria como un punto de inflexión histórico cuyas consecuencias aún son difíciles de evaluar, empieza un año 2021 que promete seguir deparándonos sorpresas sin fin. Así lo ilustran tanto el asalto al capitolio por parte de partidarios del Presidente Trump como la inédita decisión de las plataformas sociales de censurar y anular las cuentas de Trump y de la mayor parte de sus partidarios.

Ello no debería sorprendernos puesto que nos encontramos en un período de profundos cambios tectónicos que marcan la transición del viejo sistema capitalista hacia un nuevo sistema económico, social y político. En el Foro de Davos, que reúne a los representantes de las principales familias y corporaciones de la élite mundial, ya se habla abiertamente de ello.

El capitalismo, al menos tal como lo hemos conocido, ha llegado a su fin. Los recursos son escasos para una población que no deja de crecer; las nuevas tecnologías dejan obsoleta a buena parte de la clase media y trabajadora mundial, especialmente en Occidente; los mercados para explotar económicamente cada vez son más escasos; las tensiones sociales van en aumento; y existe el peligro de que los viejos sectores económicos desclasados por la digitalización, la globalización y la robotización tengan la tentación de usar al estado-nación para poner freno a los intereses del estrato superior de la corporatocracia ligada al sector financiero, las tecnologías de la información, los seguros y el segmento biomédico.

El fenómeno Trump, lo que representa, ha sido una pesadilla que quieren olvidar cuanto antes mejor y, a poder ser, evitar su repetición a toda costa. En Davos, Silicon Valley, el FMI, la mayor parte de Wall Street, la City y los círculos bancarios y empresariales europeos y asiáticos no esconde su animadversión y beligerancia hacia la figura del presidente norteamericano y, especialmente, hacia sus votantes, que son permanentemente vilipendiados de forma inmisericorde.

Esto no debería extrañarnos si recordamos la política proteccionista de Trump, el abandono de los tratados comerciales multilaterales y sus palabras en la Asamblea General de la ONU, hace un par de años, cuando insistió en que la mejor forma de organización política era el Estado-Nación y que el patriotismo y el respeto a las tradiciones de cada pueblo deberían ser las fuerzas motores en la vida política de todas las sociedades. Dichas palabras coincidían, por cierto, con las del presidente ruso Vladimir Putin, que siempre ha insistido en el respeto de la soberanía nacional, las tradiciones y la conformación de un mundo multipolar alejado de las veleidades hegemónicas de los USA y de los partidarios de las gobernanza global.

De modo totalmente opuesto, los partidarios de la gobernanza global, mayoritarios en la élite mundial, han decidido que el viejo sistema tiene que mudar de piel como la serpiente si quiere sobrevivir. Klaus Schwab, Presidente del Foro de Davos, define esta mudanza como la Cuarta Revolución Mundial; el Club de Roma habla de una reforma social del capitalismo; y la alianza conformada por el Vaticano, Silicon Valley, La City, Wall Street, el Foro de Davos y familias como los Rothschild o los Rockefeller denomina al nuevo sistema “Capitalismo Inclusivo”. Sabemos que el nombre no hace la cosa, pero el simple hecho de que surja la necesidad de cambiar la denominación del sistema ya nos indica que estamos frente a algo sustancialmente diferente.

Si el lector curioso encuentra un poco de tiempo entre tanto caos informativo le recomiendo encarecidamente que indague en las páginas web del Foro de Davos, Inclusive Capitalism y el Club de Roma. Eso sí, le aconsejo que lea entre líneas porque no conviene dejarse llevar por la dulzura de la retórica.

En resumidas cuentas, lo que nos proponen es que los estados-nación se subordinen por completo a los intereses de las grandes corporaciones. Bajo la excusa de que es incapaz de hacer frente a los retos globales de forma competente se plantea que la mayor parte de las funciones de éste sean transferidas a organismos regionales, locales, supranacionales y corporativos. En definitiva, se vislumbra un mundo donde regiones-estado, grandes ciudades, clústeres de corporaciones como Silicon Valley, cuya influencia se extiende por la mayor parte del globo, y organismos supranacionales tipo Unión Europea, NAFTA o ASEAN van a ir sustituyendo al estado-nación como principal célula política. El proyecto trae viejas reminiscencias con regusto feudal.

Esta estructura en red, descentralizada y fragmentada es ideal para que las mega-corporaciones, más aún las grandes tecnológicas, puedan influenciar sin cortapisas en la política de los estados y erosionar el poder de aquellas fuerzas que no se plieguen a sus intereses. En este sentido, es importante tener en cuenta que las tecnológicas buscan hacerse con el control no sólo de las cadenas comerciales de distribución global sino también de las finanzas, los seguros, la opinión pública, la comunicación, el entretenimiento y, en algunos casos, de la planificación y gestión urbana, tal como ilustran los planes de Google para crear ciudades inteligentes monitorizadas por la IA (véase Quayside en Toronto).

Estamos presenciando la creación de un modelo de corporación-ciudad no democrático y sometido a los intereses de un oligopolio

La visión del mundo que promueven estos segmentos de la élite es el de un planeta sin estados, conformado sólo por corporaciones-ciudad y entes supranacionales de gobernanza macro-regionales encargados de regular la resolución de contenciosos entre grandes corporaciones. Todo este edificio puede ser coronado por una ONU reformada donde la representación de los estados será sustituida por la de áreas comerciales regionales y de un consejo mundial de corporaciones y miembros de la sociedad civil mundial (ONG y Sindicatos). A nivel financiero, las monedas de reserva tradicionales pueden acabar dejando paso a una divisa digital mundial como la Libra, impulsada por Facebook, los principales bancos de Wall Street y la City y las grandes corporaciones y que empezará a funcionar a partir de este 20 de enero de 2021.

Este sistema evidentemente tiene rivales y detractores. En primer lugar los grandes estados con pretensiones imperiales como Rusia, China, Irán, Turquía y el mismo Estados Unidos. No es sorprendente si tenemos en cuenta que, tal como ya señalaba el gran historiador francés Fernand Braudel hace casi medio siglo, el principal enemigo del sistema-mundo capitalista (más aún con la globalización) y del oligopolio siempre han sido los imperios regionales, espacios comerciales autónomos por antonomasia, el estado y el capital nacional representado por la pequeña y media burguesía. En segundo lugar, los pequeños y medianos estados-nación apegados a sus tradiciones y soberanía como Hungría, Polonia o la misma Suiza. Por cierto, Polonia ya ha puesto el grito en el cielo ante el poder creciente de las tecnológicas sobre el flujo de información y la libertad de expresión. Y en tercer lugar, las clases medias y humildes ligadas al viejo modelo económico y que dependen de la vitalidad del mercado nacional.

La acción concertada de los últimos días por parte de los gigantes tecnológicos para censurar la voz del Presidente de los Estados Unidos y de sus partidarios es un aviso a navegantes de gran profundidad respecto a lo que está por venir si no hacemos algo para frenar la deriva totalitaria de las grandes corporaciones mundiales.

Tal como advertía el gran sociólogo ruso Alexander Zinoviev, los propietarios del capital ya no necesitan a las naciones, no necesitan ni a los franceses ni a los rusos ni a los alemanes ni a los españoles, ni siquiera a los norte-americanos.

Este sociólogo señalaba ya en los años ochenta que en Estados Unidos habían aparecido dos sociedades incompatibles entre si: el país tradicional formado por población mayoritariamente de origen europeo apegado a su nación, Constitución y ligada a la industria y a la agricultura; y lo que él llamó Global-América, formada por la burocracia internacional, las finanzas, las principales corporaciones y las grandes ciudades de rango mundial como Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Miami y Washington. En dicha América confluye toda la élite mundial, que la considera como su verdadero país o segunda casa. Se trata de una América cosmopolita, altamente estratificada y ligada a las finanzas, las nuevas tecnologías y la economía del conocimiento vinculada a Universidades de alto prestigio conformadas por estudiantes de clase alta y media-alta, a menudo de origen extranjero. La Global-América tiene a su partido y éste se llama Partido Demócrata, que se apoya, además, en las minorías étnicas presentes en ésta y el resto del territorio norte-americano.

Al respecto, el economista francés Jacques Attali menciona en su obra “Breve Historia del Futuro” que es altamente probable que el próximo centro capitalista no sea ya un estado sino un sistema descentrado, similar al que estamos viendo emerger de forma incipiente a través de la acción concertada de las tecnológicas y el sector financiero. Una tela de araña gigante que cubre todo el planeta parasitando los flujos financieros, de mercancías y de datos al margen de los estados y de las propias organizaciones regionales. No sorprende, por tanto, que algunos de los más fervientes partidarios de las tecnológicas sean anarco-capitalistas como Peter Thiel.

La paradoja es que el principal punto de apoyo del capital transnacional a la hora de culminar sus planes sean las minorías y una parte de los estratos sociales que votaban y siguen votando a la izquierda. La estrategia es perversa y, por otro lado, muy lógica. Ante el desconcierto creciente, la pobreza y la desigualdad, la élite recurre a lemas izquierdistas y a promesas de redistribución social en forma de rentas mínimas. La letra pequeña del compromiso es que este regalo será a cambio del control total y a costa de acabar con la clase media y los pequeños propietarios. De este modo la élite elimina la competencia, calma a las masas enfurecidas y gana control total sobre la población. Se trata de una brillante estrategia con la que el capital transnacional elimina al capital nacional y destruye la competencia económica y política.

El caos en los Estados Unidos marca el último estadio del triunfo de la Global-América sobre los Estados Unidos como estado-nación. La Global-América necesita el proyecto de la China-América para sobrevivir, los Estados Unidos no. La batalla ha sido definitiva. Con la partida de Trump la hegemonía mundial de Estados Unidos se acaba para dar paso a otra configuración de fuerzas a nivel mundial. La emergencia de un área comercial china en el sudeste asiático, creen en el Partido Demócrata, sólo puede ser derrotada mediante la absorción de la UE por parte de la Global-América.

Los próximos años, por lo tanto, veremos un intento de destruir la oposición interna a través de la censura en redes y de la implantación del Green New Deal, que supondrá aumentos de tasas masivos ligados a la llamada fiscalidad verde, especialmente sobre los sectores de negocio vinculados con el electorado republicano y trumpista, a saber, las energías fósiles, la minería, la automoción y la alimentación. En segundo lugar, la nueva administración centrará sus esfuerzos internacionales en la subordinación económica, militar y política de la UE y el combate contra las fuerzas soberanistas.

La necesidad de renegociar el Tratado Transatlántico, elemento esencial en la nueva arquitectura mundial, vuelve a sonar con fuerza y la nominación del nuevo secretario de estado Tony Blinken, buen conocedor de la política europea y francesa, es una auténtica declaración de intenciones. En tercer lugar, la línea de ataque será Rusia. ¿Por qué? Por una sencilla razón. Rusia sigue siendo el único país con un ejército y arsenal militar capaz de frenar los intereses de Estados Unidos y las grandes corporaciones. Y no menos importante, el gigante eslavo posee recursos minerales sin par esenciales para el funcionamiento de la economía global y las mega-corporaciones y, más grave aún, en manos de empresas estatales o parcialmente controladas por el estado ruso.

Sólo una vez que Rusia deje de ser fuerte y que la UE se subordine completamente a los intereses de la Global-América puede la transnacional ocuparse de China, verdadero rival comercial y tecnológico de esta última y sin cuya derrota no puede culminarse la construcción del mundo en red controlado desde la Global-América.

El tiempo se acaba, el ritmo de la historia cabalga con fuerza inusitada. La transnacional, hija del capitalismo, ha decidido desmantelarlo para preservar su poder. Una nueva era ha comenzado. ¿Seremos capaces de imprimir nuestra huella en ella?

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