La banalización del fascismo. Desmontando los mitos ideológicos de la izquierda progresista | Parte II

El proceso de desnazificación de Alemania no estuvo exento de polémica y fue muy consistente en cuanto al juicio de los crímenes de guerra nazis. Huelga recordar, en primera instancia, que en los juicios de Nuremberg sólo se condenó a la cúpula militar nazi, a la nueva burocracia que había ascendido al poder en 1933 (Rossenberg, Göering, Rudolf Hess y compañía), mientras que la élite económica alemana quedó impune de los crímenes de guerra: para empezar, el ministro de finanzas alemán, Haljmar Schacht, fue indultado en 1948 y pasó a trabajar más tarde para un banco para los países en “vías de desarrollo”; Franz von Papen, un noble prusiano que fue uno de los protagonistas de nombrar a Hitler como canciller de Alemania, fue exculpado y apoyó más tarde a la creación de la Unión Europea; la I.G Farben fue confiscada por los aliados y dividida en cuatro partes; los Krupp fueron amnistiados en 1951 por los Estados Unidos y actualmente continúan siendo una de las grandes multinacionales del acero y, para no enrollarme más, dejaré para el final el caso de Karl Wurster, exmiembro del partido nazi y jefe del laboratorio de la I.G Farben, y responsable de la producción del gas letal Zyklon B, evitó los juicios de Nuremberg bajo el amparo de los americanos, que le permitieron continuar con su empresa (el BASF). Además, algunos exnazis retuvieron el poder político en Alemania, como es el caso de Hans Globke, que tuvo un papel importante en la redacción de las leyes antisemitas de Nuremberg de 1935 y quien, tras el fin de la guerra, formó parte del gobierno de la República Federal Alemana de Konrad Adenauer. Lo mismo vale para los Weiszacker, cuyo miembro, Ernst Von Weiszacker, fue ministro de Asuntos Exteriores nazi de 1938 a 1943, y su hijo, Richard Von Weiszacker, presidente de Alemania Occidental en los años 80.

Todos estos datos -que el lector me disculpe por dar muchos nombres y detalles- ilustran que los Juicios de Nuremberg de 1946 fueron una farsa, y que el proceso de desnazificación supuso la erradicación del nazismo en Alemania, pero, sobre todo, la vinculación de todo patriotismo alemán con el nazismo (se puede apreciar muy bien esto en la caricaturización del AfD por parte de los medios de comunicación). En resumidas cuentas, la desnazificación implicó el traslado forzoso de población alemana a su país de origen, y dejó intactos los cargos políticos y empresariales de muchos exnazis. Un aspecto muy paradójico, no sólo de per se, sino también por el discurso de la izquierda, según el cual, a diferencia de España -donde, ciertamente, no hubo una purga de los miembros del poder judicial durante la Transición- Alemania es un país ejemplar porque cualquier forma de enaltecimiento del nazismo está prohibido, mientras que en nuestro país -alegan- existe aún un “franquismo sociológico”, y una permisividad en cuanto a la exaltación de los símbolos del franquismo. Es por ello que a la izquierda española se le debería recordar que en Alemania no existió una purga equitativa de todos los miembros que sustentaron el nazismo (industriales y financieros); más bien, muchos exnazis se reconvirtieron al liberalismo de izquierdas y pasaron a apoyar a la Unión Europea en aras de un mercado común, pero también para debilitar a la URSS.

En efecto, en plena Guerra Fría, la CIA creó en los años 50 el Congreso por la Libertad de la Cultura, una organización política cuyo fin era contrarrestar el comunismo soviético a favor de la democracia occidental, de acuerdo con el discurso de legitimación ideológica de los norteamericanos frente al bloque soviético. Este movimiento sociopolítico abogaba por la creación de una izquierda no comunista, haciendo énfasis en su vertiente cultural, y se inspiraba sobremanera en el intelectual de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, considerado el padre intelectual de la “Nueva Izquierda”, quien propugnaba la deconstrucción de los valores de la civilización occidental y por ende la emancipación de la mujer, el feminismo y el ecologismo. El Congreso por la Libertad de la Cultura estuvo financiado por los Ford y los Rockefeller (estos últimos, vale decir que, tras el fin de la guerra, invirtieron una parte de su ingente fortuna para crear la actual Rockefeller Foundation, una organización “filantrópica” para borrar su pasado oscuro, mientras que el negocio petrolero fue refundado con el nombre de Exxon Mobile). En efecto, como explica el historiador socialista ruso Andrei Fursov -experto en la historia del capitalismo- cuando se le preguntó a Nelson Rockefeller porque patrocinaba el arte abstracto en los años 50, él respondió que era para destruir la cultura nacional. En esta línea, el historiador ruso explica que la ideología queer -nacida en los Estados Unidos en los años 60 y cuya premisa básica es que el género es una construcción social- juntamente con el feminismo y el ecologismo, son elementos que sirven a varios propósitos: por un lado, sustituir los problemas de clase por otros de menor importancia (los “derechos” de las minorías), ocultando el conflicto principal entre los ricos y los pobres que había caracterizado los siglos XIX y XX, con el fin de destruir a la clase obrera; por otro lado, erradicar la cultura occidental, para que las naciones-ethnos no constituyeran un foco de oposición para el poder de las transnacionales. Todo esto converge en un único objetivo: desunir a los opositores del sistema, tanto desde la vertiente social como nacional.

Pero existe otra razón al respecto. En 1972, el Club de Roma publicó un informe denominado “Los límites del desarrollo”, que sostenía que el desarrollo económico era insostenible debido a la escasez de recursos naturales, por lo que proponía reducir la población mundial a 2.000 millones de personas, a través del discurso ecologista, los matrimonios homosexuales y LGBTI, con el fin de destruir la planificación familiar y por ende reducir a la población. Fue, de alguna manera, el punto desencadenante de toda la ideología “progre”. Para comprobar toda esta información, basta con entrar a las páginas web del Club de Roma, del Fórum de Davos -cuyo presidente es Ernst Von Weizsacker -padre del impuesto verde y nieto del exnazi Ernst Urlich Von Weizsacker-, del Bertelsmann Stiftung y de la Fundación Rockefeller, donde se hace omnipresente el discurso ecologista, el cambio climático y la igualdad de género bajo la expresión eufemística de “desarrollo sostenible”. Este nuevo paradigma sociocultural iba acompañado -postula Fursov- de la “contrarrevolución neoliberal” -una reelaboración radical del liberalismo económico-, cuyo objetivo fue la redistribución de la riqueza hacia los grupos dominantes a expensas de la clase media y trabajadora, una riqueza conseguida en la “Edad de Oro” de los años 60. El neoliberalismo incluye, además, una nueva concepción de la sociedad: rechaza el poder público de los estados y sus fundamentos: su historia, el pueblo y la soberanía nacional, para beneficiar a las grandes corporaciones, y concibe la sociedad como un grupo de consumidores. Y por eso la élite financiera pretende alienar al individuo de su vinculación patriótica, religiosa y de clase, para neutralizar a la oposición y, sobre todo, a cualquier movimiento político que tenga un programa nacional y social.

He ahí que los medios de comunicación, periodistas, intelectuales de izquierdas e historiadores usen la carta del “fascismo” para deslegitimar y suprimir cualquier debate político que cuestione esta “revolución cultural” que estamos viviendo desde hace décadas, pero que se ha acelerado con las políticas del Gobierno de Pedro Sánchez. En nuestro país, el uso actual de “fascista” se extendió a partir de 1976 -tras la muerte de Franco- en el lenguaje afín a la izquierda como una ofensa a la dignidad de la persona, que la descalifica y la demoniza. Por desgracia, en España este discurso progresista que impera en la izquierda ha tenido mucho éxito, puesto que existe una bipolarización entre derecha-izquierda desde la Guerra Civil, de modo que no es de extrañar que VOX sea tachado de “nazi y fascista” -sin fundamento histórico alguno- con facilidad.

Es habitual entre la izquierda recurrir al discurso del auge de los fascismos de los años veinte, esto es, comparar la crisis del sistema parlamentario del período de entreguerras con la pérdida de confianza en los partidos del consenso progresista entre la población, así como su apuesta por partidos nacional-conservadores o liberal-conservadores e identitarios, como respuesta al empobrecimiento masivo de las clases bajas y medias en los últimos 10 años (desde la crisis financiera de 2008). En la mentalidad de la izquierda, a nivel historiográfico, el crecimiento de la derecha conservadora se traduce por la posibilidad de engendrar “otro monstruo”, relacionándolo con el autoritarismo, la erosión de las libertades, la persecución del adversario, la exclusión de las minorías, los campos de concentración, etc. Un sinfín de elementos que perviven en el imaginario colectivo europeo y que la izquierda progresista se aprovecha para vincular el patriotismo sano y la cultura tradicional europea con el fascismo. Por ello, a la izquierda le viene muy bien hallar analogías puntuales con el presente, puesto que presentan la erosión de la soberanía nacional, la inseguridad frente a la inmigración y el deterioro de las clases bajas y medias debido a la globalización como caldo de cultivo para discursos totalitarios que ponen en jaque la “democracia” que es, en realidad, el consenso progresista impuesto desde arriba o, mejor dicho, la revolución cultural a la que últimamente no se puede cuestionar de ninguna manera. Una “democracia”, por cierto, menos cualificada que la de los años 30, puesto que el Estado tenía más capacidad de autogestión que antaño. Igualmente, parece que ser “antieuropeísta” está intrínsecamente relacionada con la ultraderecha.

¿Cómo se atreven a vincular el europeísmo con los valores democráticos si la UE tuvo el apoyo de individuos y de sectores económicos que tuvieron antepasados nazis, tales como la Royal Dutch Shell, o el mismísimo ministro de finanzas del Tercer Reich? Si realmente es un bastión de las libertades y del antifascismo, ¿por qué no condena las acciones del Batallón Azov, un grupo paramilitar neonazi ucraniano financiado por la OTAN? En realidad, la Unión Europea no representa ninguna aurora fundacional tras el “paréntesis del terror”: encarna simplemente una convergencia de intereses económicos: por una parte, de los americanos, que les interesaba una Europa unida como punta de lanza contra Rusia; de los holandeses para obtener mercados tras la pérdida de las Indias Orientales; de los alemanes para recuperar su imperio económico en Europa, y de los franceses para tener nuevos mercados ante la pérdida de sus colonias y para contrarrestar el poderío alemán.

En fin, como hemos podido comprobar, los presuntos nazis y fascistas que la izquierda teme que resurjan no existen. Más bien, muchos de los que ahora promocionan el ecologismo, la teoría queer, el feminismo y los derechos humanos financiaron y apoyaron fervientemente a Hitler. Y cuentan con un proyecto, a mi parecer, globalista y homogeneizador, semejante no en pocos aspectos al nazi en cuanto a su modus operandi y a sus intenciones, esto es, un plan para crear una masa humana reducida sin identidad ni derechos sociales, sumida en la ignorancia. Así pues, llegados a este punto, la historia nos enseña que, para la élite, la ideología no es más que el vestido con el que uno se presenta para alcanzar sus fines.

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