La banalización del fascismo. Desmontando los mitos ideológicos de la izquierda progresista | Parte I

Hace más de un mes, durante la última campaña electoral en Madrid, presenciamos ataques y agresiones contra VOX, una violencia que ha sido justificada tanto por Pablo Iglesias como por el Gobierno, con la excusa de combatir al “fascismo” y a la ”ultraderecha”. Incluso hemos sido testigos de situaciones que evidencian un fanatismo sin precedentes, que rozan a lo inquisitorial, tal como ilustra la exigencia de Iglesias y de la presentadora Àngels Barceló para que Rocío Monasterio, candidata de VOX, se retractara de sus ideas durante el debate electoral emitido en la cadena SER. No faltan tampoco descalificaciones por parte de los miembros del Gobierno y de los medios de comunicación, vinculando abiertamente a VOX con el nazismo; y llegando incluso a plantear la ilegalización del partido, como declaró hace unas semanas José Luis Rodríguez Liébana, miembro de Podemos.

El uso reiterado y sistemático del término “fascista” se ha convertido en un instrumento dentro del lenguaje político actual para caricaturizar, discriminar y demonizar al opositor que difiere del consenso liberal-progresista que sustenta el poder establecido. Asimismo, dicho término se ha descontextualizado por completo y su significado va más allá del concepto original de la palabra: se emplea como si de un insulto se tratase para dejar fuera al individuo tanto del espectro como del debate político. Y esto es lo que ha sucedido con VOX, que ha sido el blanco perfecto para una violencia ilegítima bajo la acusación de ser “fascista”. No es este el momento adecuado para analizar el pensamiento político de la formación de Santiago Abascal; por ello, para una lectura pormenorizada, invito al lector a que recurra el libro de Pedro Carlos González Cuevas, VOX: Entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria. En su lugar, mi propósito es reexaminar el nazismo y el fascismo como fenómenos históricos desde una lectura alternativa, incidiendo en aspectos poco conocidos que merecen ser subrayados, con el fin de concienciar al lector de la gran influencia que ejerce la élite económica mundial para apoyar a diferentes proyectos políticos e ideologías afines a sus intereses materiales, en función de las vicisitudes históricas.

Pero, ¿cómo surgió el nazismo? ¿Qué propugnaba exactamente? Es bien conocido que, tras el fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Alemania fue derrotada, humillada con desproporcionadas reparaciones de guerra, mutilada territorialmente y estuvo al borde de una gran depresión económica que comportó una hiperinflación sin precedentes. En este clima de pesimismo social, y ante la amenaza de un posible estallo de una revolución comunista -debido a la negligencia por parte de los partidos liberales de la República de Weimar- la élite alemana, juntamente con las clases medias -a la que se tiende mucho a culpabilizar por ser la base social del fascismo- y un sector de la clase obrera apoyó fervientemente al NSDAP (Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes) con el fin de restablecer el orden, la paz social y contener el comunismo. En otras palabras: la élite económica supo encauzar el malestar social de las clases bajas y medias por el resentimiento nacional de Alemania. Se trataba, a priori, de que Alemania saliera de la hecatombe económica de la que estaba sometida y de que volviera al estatus de gran potencia. Pero el NSDAP iba mucho más allá de este propósito. Para empezar, el nazismo no era una doctrina política con principios racionales (como el liberalismo o el comunismo), sino una religión, sostenida, como postula el historiador José Luis Espejo, por tres pilares fundamentales:

-El darwinismo social (la superioridad de una raza sobre las otras, el predominio del más fuerte)
-El nietszcheanismo (la figura del superhombre que guía al pueblo)
-El gnosticismo (según el cual quien conoce la Verdad, puede encontrar la Salvación, contando con el amparo de los dioses. Quien no comparte esta visión, es malo; de ahí que se trate de una concepción maniquea, basada en la exclusión del otro, porque el nazi no dialoga)

El nazismo estaba imbuido, además, de una mitología ocultista y esotérica que evocaba una mezcla de un pasado idealizado que conectaba con la Atlántida y con leyendas románticas con el fin de ensalzar la superioridad de la raza aria y los delirios mesiánicos de Hitler. Todo ello iba acompañado de un culto exacerbado de la guerra, de una política beligerante y de una retórica totalitaria, un lenguaje pensado para obedecer (todas estas características se encuentran en el fascismo italiano). El resultado de todo esto es el de una ideología no solamente antidemocrática y antisemita -como se acostumbra tanto a decir- sino anticristiana, antieuropea -que no antieuropeísta- globalista, supranacional y pagana. Además, Hitler no ocultaba tampoco su admiración por el islam, al que veía un ejemplo a imitar. En definitiva, los nazis no eran ni nacionalistas ni socialistas -el sector izquierdista del partido fue purgado durante la Noche de los Cuchillos Largos en 1934-, sino racialistas, puesto que anteponían la supremacía mundial de la raza aria (nórdica) sobre los intereses reales de Alemania. Es posible que a más de uno le resulte ajena esta lectura, dado que, efectivamente, se escapa de los parámetros historiográficos habituales. Fundamentalmente, se debe a la ocultación de la otra cara de la moneda de la historia: aquella que es más incómoda de decir, porque involucra a un segmento de la élite económica mundial que tuvo un pasado sombrío de colaboración con los nazis. Nos referimos, concretamente, a los vínculos entre los magnates económicos del petróleo y la élite alemana que apoyó a Hitler.

A principios del siglo XX, el mercado mundial del petróleo estaba monopolizado por tres grandes compañías -la Standard Oil, la Royal Dutch Shell y la British Petroleum- que habían decidido repartirse las grandes reservas petrolíferas y acordar el precio de la venta del petróleo (cártel). La familia Rockefeller tenía inversiones en el Cáucaso, con abundantes yacimientos petrolíferos, y quería apoderárselas, pero sus planes fueron frustrados por la Revolución bolchevique de 1917. Es a partir de entonces que, bajo la iniciativa de John D. Rockefeller, las principales compañías del petróleo se pusieron de acuerdo para financiar al partido fascista italiano y a los nazis para que declararan la guerra a la Unión Soviética y abrieran la puerta a los yacimientos petrolíferos mundiales. De ello tenemos muchas evidencias empíricas que atestiguan este propósito. Se tiene constancia de una carta del ministro de finanzas alemán, Haljmar Schacht -miembro de la Paneuropa y, posteriormente, ferviente defensor de una Europa Federal- que escribió a los financieros americanos en 1933 que había que apoyar a Hitler porque destruiría los estado-nación y, de esa manera “tendríamos una Venecia del tamaño de Europa”. Es decir, planteaba un primer esbozo de una Europa unida controlada por las megacorporaciones. Un proyecto europeo, pero bajo los nazis. Y de hecho esto coincidía con los planes de Hitler: la unificación de Europa bajo el yugo ario y la conquista del mundo. Y no faltaban motivos para que las grandes compañías se adhirieran entusiastamente al proyecto de dominación mundial nazi.

Había un acuerdo entre la Standard Oil y la I.G Farben, una gran empresa química alemana que se encargaba de la fabricación de gasolina artificial mediante la hidrogenación del carbón, sin la cual Hitler nunca pudo haber conseguido el combustible necesario para su maquinaria bélica. Y ello recibió el apoyo financiero de los Rockefeller y contó, además, con el trabajo esclavo de los prisioneros de los campos de concentración nazis. I.G Farben fue, juntamente con los Krupp (industria armamentística) uno de los promotores de una guerra de agresión contra la URSS. Otro dato relevante que no quiero pasar por alto es que, según un informe del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán con fecha de 2 de febrero de 1942, la Standard Oil quería ayudar a los nazis a invadir Irak e Irán. Y también es sabido que dicha compañía financió la ocupación italiana de Etiopía de 1936, para obtener las reservas petrolíferas. En suma, las estrategias desleales de la compañía motivaron al Gobierno estadounidense de Franklin Roosevelt a abrir una causa penal contra la Standard Oil, que no tiró hacia delante debido a las reticencias del Pentágono para que se cerrara el caso. Finalmente, la compañía pagó una multa por tan sólo 5.000 dólares y prometió no suministrar más combustible a Alemania. Desde entonces, y ante el fracaso de los alemanes por arrebatar los yacimientos del Cáucaso, la Standard Oil prestó atención al Pacífico, en la que consiguió los yacimientos petrolíferos una vez que Estados Unidos declarara la guerra a Japón el 7 de diciembre de 1942. ¿Es casualidad? Yo creo que no. Y aún podemos seguir. El director de la Royal Dutch Shell, Henri Deterding, conspiró con la Standard Oil para suministrar petróleo a Hitler en su política de rearme, al mismo tiempo que colaboró en el proyecto Politz, que preveía la conversión del carbón sintético en combustible para la aviación alemana (Deterding fue, por añadidura, amigo personal de Hermann Göering). En esta línea, no podemos olvidar tampoco los contactos frecuentes entre la monarquía británica y los altos dignatarios nazis, al igual que la simpatía que mostraba un sector de la élite británica para una alianza con Alemania e Italia. En resumen: Hitler jamás hubiera podido llegar al poder ni llevar a cabo sus mefistofélicos planes sin el apoyo ni la ayuda económica de segmentos importantes de la élite alemana y anglosajona.

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