La Agenda Climática del fuego

A todos nos ha sobrecogido y nos sobrecoge aún ver esos campos de luto, inservibles, enmarañados en humo, cenizas y dolor.

Nadie les escucha, nadie atiende sus ruegos ni razones. Responsables  – curiosa denominación – miran para otro lado cuando, descarnadamente muestran las llagas de su dolor, sus hogares volatilizados, sus vidas evaporadas, sus recuerdos en forma de escombros negros y rotos, y sobre todo, sus inconsolables quejas.

Detrás de cada agricultor, de cada ganadero, de cada pastor hay desconsuelo y suplicio. Abandonados a su suerte por la mala gestión de un desgobierno que sólo atiende a intereses ideológicos

Se han borrado recuerdos familiares, vidas, hogares y tiempos. La tragedia sólo puede ser soportada por la entereza, a pesar de la magnitud del caos y la devastación contemplada, de estos españoles duros y curtidos que deben de encarar sus vidas haciendo nuevamente un supremo esfuerzo.

Es inhumano ver estos paisajes, yermos pavorosos y ásperos, que recuerdan las fotografías que mostraban los frentes de la Primera Guerra Mundial.

Todos hacen oídos sordos, guiados por la estupidez infantiloide de una nueva religión que, pregonando a bombo y platillo defender la Madre Tierra, a la Pacha Mama, es la principal responsable de las tragedias que se ceban hoy con ganaderos y demás gente del campo. Campo donde está la despensa de la que aún hoy disfrutamos.

Los que ordenan y mandan en bosques, dehesas, vaguadas, valles y montañas, son ecologistas. Ecologistas de salón climatizado que emulan a aquellos toreros que, sin atreverse a plantarse ante un toro de verdad, se exhibían en reuniones sociales y cafés en el siglo pasado.

Era muy cómodo dar pases de pecho, manoletinas, chicuelinas, largas cambiadas, naturales e, incluso, entrar a matar al volapié sin tener que pasar de verdad por el fielato de las astas del cornúpeta.

Exactamente igual y con la misma irresponsabilidad  – pero haciendo un daño absolutamente incalculable – actúan estos ecologistas de despacho

Confunden al ganado con las mascotas y, a los animales salvajes con el Libro de la Selva. No han visto el campo nada más que en documentales de la National Geographic y en postales pero, viven de ello pontificando y seguro que muy bien.

Uno de sus argumentos, para no limpiar ni proteger el campo durante el invierno, es que se hace para no molestar al hermano ciervo, al hermano lobo  – de estos podemos hablar en otro momento – al hermano pájaro, que necesitan intimidad para sus actos pero, ¿qué ha pasado ahora con todos esos hermanos, cuantos miles de ellos han muerto calcinados? ¿Cuántos manantiales y veneros están sucios y contaminados y algunos cegados por muchos años, por las toneladas de cenizas en que se han convertido, por el fuego, matorrales y árboles. En su estulticia e irresponsabilidad son los causantes  inmediatos de un desastre muy difícil de igualar.

Seguramente,  por su insuficiente falta de conocimientos y experiencia, ignoraban el desastre que estaban propiciando con sus normas absurdas. Sin embargo, y esto es lo más grave y espantoso, los que les han puesto ahí y les han dado órdenes y reglamentos para que los apliquen, sí que sabían perfectamente lo que podría pasar cuando las condiciones climatológicas de los veranos españoles, en los que alternan periódicamente espacios de sequía y calor extremo desde tiempo inmemorial, se presentaran.

Estos sí eran conocedores, y por tanto conscientes, de lo que estaban haciendo; estos sí eran sabedores de las consecuencias que iban a tener esas absurdas políticas de campo obstruido y sucio; ellos sí sabían lo que a continuación tenían que declarar y hablar: la culpa de los incendios es del cambio climático.

Nada nuevo bajo el sol en estos retorcidos malvados pertenecientes a la Cooperativa del Mal, ésa que tanto daño está ocasionando

Hay que volver a repetirlo una y otra vez: los incendios en bosques y campos se previenen y se evitan en invierno, con trabajos forestales apropiados, limpiando el campo de brozas, pastos inútiles – que en su momento servirían muy bien al ganado  –  y, adecuando todo lo relativo al desbroce de caminos, cortafuegos y materia combustible inservible, seca y presta a arder en el estío a la menor oportunidad.

Si a todo ello unimos los pirómanos que actúan por varias motivaciones: venganza, disturbio psiquiátrico o intereses inconfesables, tenemos el cóctel perfecto y listo para estallar.

Nos muestran y enseñan mapas de colorines acentuando el negro y el rojo como argumentos para seguir impresionando, hablan y peroran sobre las temperaturas de récords que se han batido.

A veces, y también de modo infantil y estúpido, se les escapa que esas temperaturas no se alcanzaban desde hacía más de setenta y cinco o cincuenta años; que las sequías en esos mismos años eran responsables de hambrunas y ruina, sin reparar en el argumento de que la producción industrial de aquellas épocas, era la milésima parte de lo que es ahora.

Fue Al Gore  – Premio Nobel de la Paz y que cobra entre 70.000 y 120.000 € por cada conferencia, por cada charla, en las que se dedica a asustar a su concurrencia, una concurrencia que se lo premia enriqueciéndole y llenándole aún más sus ya abultados bolsillos. Uno de los primeros apóstoles del desastre climático, dueño de una fábrica de zinc más contaminante que la ciudad de Nueva York.

Un megamillonario que, en poco tiempo, multiplicó por cincuenta su ya millonaria fortuna con el negocio del cambio climático, el que hace unos quince años pronosticaba los mayores desastres, tales como que los niveles de las orillas del Mediterráneo subirían más de dos metros y llegarían a inundar ciudades costeras y mil desastres más que no se han cumplido, porque todo es mentira, todo es manipulación, todo es un engaño meditado y cruel para seguir apretándonos en el desastre planificado para la ruina de Occidente, que estos macabros personajes que mueven los hilos de la Agenda 2030, han diseñado.

Nuestro ínclito y nunca bien ponderado “Antonio” que, a poco que se mueve utiliza Falcon, Superpuma y varias decenas de vehículos, que contamina de forma tozuda e inmisericorde, el que luego en plan de cínico profesional suelta eso de:

“Los incendios son culpa del cambio climático”

Un cambio climático producido, al parecer, por las ventosidades de las vacas. Nunca, jamás por las turbinas del Falcon ni de los Superpumas, ni tampoco por los potentes motores de los vehículos que siempre le acompañan.

Qué difícil les están poniendo las cosas a la España rural; cuánto llanto han derramado y seguirán derramando, cuánto dolor pero, ¿es esto casual? Ciertamente no.

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