Je suis Macron!

No deja de ser un secreto a voces la entre comillas “aplastante mayoría” con la que Emmanuel Macron revalida la presidencia de Francia, alargando con ello su estancia en el Elíseo. Más allá de ideologías, y sin entrar aún en materia, este hecho no deja de ser una cosa cuanto menos digna de mención si tenemos en cuenta que hacía mucho tiempo que un presidente francés, fuera del partido que fuera, no repetía en el cargo.

Al anotarse este tanto, el espectador ajeno a las cuestiones políticas tanto nacionales como internacionales podría pensar que aquello es síntoma de que el señor Macron “lo está haciendo bien”, cuando la realidad es que “menos humos”. Efectivamente, el ya presidente de la República francesa ha obtenido una mayoría suficiente para formar gobierno, aun a costa de perder tanto popularidad como apoyo ciudadano. Y no es de extrañar.

Su triunfo se ha extendido como la pólvora por la decadente y “moderna” Europa, provocando que todos los partidos llamados a sí mismos de centro, de centroderecha (supuesta centroderecha), izquierda moderada e incluso rancios comunistas bolivarianos quieran apropiarse de la victoria del señor Macron bajo el pretexto de “triunfa la democracia frente a la extrema derecha”. Caso de España, por ejemplo, donde desde el PSOE hasta el PP, pasando por Podemos-IU, han querido hacer como decía líneas atrás.

Por supuesto, donde dije digo, digo Diego, y ello no me impide a mí como cronista, señalar la imbecilidad del votante de izquierdas español, al comprar el relato cambiante de estos partidos monclovitas sin cuestionarse nada en ningún momento. Para muestra un botón, la propia Yolanda Díaz el día de ayer señalaba a Macron como un peligroso liberal, mientras que, a día de hoy, intenta arrimarse al sol que más calienta (qué novedad) y se alegra de su triunfo como si ambos (Macron y Díaz) fueran camaradas de partido. Y el electorado de la señora Tucán, aplaudiendo como focas, como diría Macarena.

¿Recuerda usted que me lee, el final de aquella cinta de Stanley Kubrick? “¡Yo soy Espartaco! ¡Yo soy Espartaco! ¡Yo soy Espartaco!”, decían los esclavos. Algo así ocurre en el presente a colación de las elecciones francesas. Todos quieren ser Macron. Con una diferencia:

No son esclavos alzándose contra la tiranía republicana los que se alzan al grito de libertad, sino los distintos líderes de los distintos partidos pertenecientes todos a la misma élite globalista los que se alzan contra nosotros (el pueblo) bajo el lema de “No tendrás nada, y serás feliz”. ¿Le suena?

Decía antes que no era de extrañar el resultado obtenido en las urnas, que, aunque bueno, no puede asemejarse al obtenido por el propio Emmanuel en un pasado no muy lejano, previo a la pandemia. Las causas que propiciaron el inicio de una caída, más bien de una “caidita” se hicieron notar en estos tiempos de pandemia, resumiendo muy mucho, no sé qué esperaba el electorado francés de un arrogante, déspota y autoritario.

Aparte de la separación en dos Francias (la Francia urbana y la Francia rural), el mastodóntico Estado francés ha establecido, al igual que muchos otros países del orbe, una clara distinción entre buenos y malos ciudadanos, esto es, llevado al caso francés, los que ven con buenos ojos ceder sus libertades individuales, o directamente callar, por el miedo que algunos, desde Moncloa o el Elíseo, infunden a la población. Incluso acusar, como en tiempos de la China maoísta, a todo aquel “mal ciudadano” que no se atenga a estas leyes totalitarias que dictan cuando se puede salir de casa, con quién puedes estar, qué puedes o no comer, cuanto puedes ganar, cuanto puedes gastar, etc., lo que viene siendo un control férreo de la población.

Por mucho que los gobernantes lo intenten, existe un cierto porcentaje de la población que, aun habiendo sido obligado a pasar por el aro de la inconstitucionalidad, aun habiendo sido obligado a ceder sus derechos, no olvida; y su voluntad es la de resarcirse, metafóricamente hablando, poniendo su voto en contra del personaje que le ha llevado a él como ciudadano, a la situación en la que se encuentra.

Es por eso que adversarios como Marine LePen avanzan hasta alcanzar tal posición, segunda fuerza, nada menos. Pero que nadie se lleve a engaño. Excepto por un par de cosas, el discurso de LePen no se diferencia demasiado del de su oponente, y, en resumidas cuentas, viene a ser más de lo mismo: estatismo, estatismo, y más estatismo. Por mucho que partidos como Vox (que, salvo cuatro cositas, se parecen lo que un huevo a una castaña) den su apoyo al hoy por hoy segundo partido de Francia, la realidad es que no existe en el país galo un candidato verdaderamente liberal, más bien al contrario.

Bien es cierto que ninguno de los aspirantes a la presidencia es santo de mi devoción; no obstante, y a opinión personal, servidor escogería para su ejecución ciertas medidas concretas, que no el pack entero de uno u otro partido. Medidas como el control de fronteras, por ejemplo. O la importancia de la soberanía.

Lo que vienen diciendo algunos de “LePen es lo menos malo que le podría ocurrir a Francia”. Honestamente, como expresé en una viñeta anterior previa a la Segunda vuelta, “Salimos de Málaga…”; o lo que es lo mismo: “No sé qué candidato es peor”.

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