FC Barcelona y Franco. Una amistad de oro y brillantes

En una columna de política y números nadie debería de extrañarse que se hablara del Fútbol Club Barcelona. Más que un club, desde siempre.

Fue uno de los equipos de mi niñez. Estábamos en democracia y muchos hablaban del FC Barcelona como la estrella polar que guiaría el deporte español en espíritu de progreso. El representante de la España del futuro y de la libertad, frente a otros clubes que decían de corte falangista o retrógrado.

Yo era niño, bisoño y sin prejuicios que pudieran retorcer mis creencias. Limpio de polvo y paja. El estudio de la historia, de la política y de los números aún no había llamado a las puertas de mis diversiones.

Todavía no sabía que, en los años 50 del siglo pasado, el FC Barcelona fichó al húngaro Lazlo Kubala, la gran estrella futbolística del momento, quien pudo escapar del comunismo y ejercitar sus profundas convicciones religiosas en España, gracias a que el régimen franquista colaboró en el fichaje, facilitó el papeleo y la nacionalización del jugador, con una rapidez impropia de quien dícese considerado un enemigo.

En esa década de los 50, el FC Barcelona comenzó a idear el proyecto de un nuevo estadio de fútbol, el que sería el actual Camp Nou, cuyo coste se sufragaría mediante la venta de las parcelas ocupadas por el campo de fútbol “Les Corts”, que utilizaba desde 1.922.

El ex combatiente del bando nacional, Antonio María Simarro, nombrado alcalde de Barcelona en 1.951, se encargó de modificar el Plan Urbanístico para que el nuevo campo de fútbol pudiera ubicarse en el lugar en el que actualmente se asienta, ya que tuvo que cambiar la planificación de varias calles para lograr semejante hito. Casualmente, Francisco Franco recibió del FC Barcelona una insignia de oro y brillantes en ese año 1.951.

Tres años más tarde, en 1.954, se puso la primera piedra del nuevo estadio Camp Nou, que se inauguraría en 1.957.

El siguiente alcalde de Barcelona, cuyo republicanismo y nacionalismo catalán también brillaban por su ausencia, fue José María de Porcioles, quien se encargó de la “mágica” transformación de los antiguos campos de hierba de “Les Corts” en apetecibles solares con gran edificabilidad. Era 1.962. El FC Barcelona, con su venta, tuvo la capacidad de llenar sus arcas y poder hacer frente a las grandes deudas que acumulaba, evitando la casi segura desaparición del club. El alcalde recibió la categoría de socio de honor en 1.963.

A pesar de las denuncias que se produjeron por este trato de favor, el Consejo de Ministros, con la firma del propio Francisco Franco, aprobó la citada recalificación, junto con la firma del Ministro de Vivienda Martínez y Sánchez Arjona. Ambos también fueron nombrados socios de honor del FC Barcelona por la especial dedicación hacia el principal club de la ciudad condal.

La puesta en marcha del conocido, y aún utilizado, Palau Blaugrana llegó en los años 70, previa concesión a fondo perdido de una ayuda directa del Consejo Nacional de Deportes que permitió su construcción.

Siempre hubo privilegiados y favorecidos por el Generalísimo. Ese mismo año, Franco, imagínense el motivo, recibió su primera medalla de oro del club, la conocida como medalla del Palau Blaugrana.

En 1.973 ficharon a Johan Cruyff, con presentación oficial ante la prensa bajo el busto de Franco. Francisco Franco volvió a recibir una nueva medalla de oro en 1.974, coincidiendo con el 75 aniversario del club. Todo tenía su causalidad, que no casualidad…

El FC Barcelona fue el equipo que más Copas del Generalísimo ganó durante el franquismo

Al año siguiente falleció el dictador, con 21 títulos nacionales para el Real Madrid y 20 títulos nacionales para el FC Barcelona. Poca diferencia, creo yo, para ser un equipo tan denostado, perseguido y vilipendiado por el franquismo.

Los números parecen claros. La historia del Barcelona también. Y yo dejé de ser niño. A medida que cumplía años me costaba creer en las fantasías redentoras del FC Barcelona que alguno pregonaba y empecé a preguntarme muchas cosas. Sobre todo, cuando me encontré con un club que pretendía desde su directiva hacer política y poner a un equipo de fútbol como vocero de las pretensiones independentistas de los partidos políticos que controlaban la Generalitat de Cataluña.

Dejé de seguir al FC Barcelona. No fue por su conveniencia con el franquismo, totalmente obvia pero ya agua pasada y de otros tiempos, ni tampoco por sus triunfos o por sus fracasos deportivos que me acompañaban según iba creciendo en años, sino por la falsaria dirección del club y de sus directivos en la mayor parte de sus momentos, que mientras reniegan de la época de medallas e insignias, en cambio abrazan sin pestañear una etapa de desunión y enfrentamiento de Cataluña con el resto de España. A lo que, además, hay que añadir que han vuelto a caer en los mismos errores de gestión que sus antecesores de hace 60 años y mantienen a la entidad blaugrana, a fecha de hoy, con una deuda de más de 1.100 millones de euros y escaso margen para evitar la quiebra, salvo que vuelvan a percibir alguna prebenda de los grandes poderes.

Por todo ello, por ahora, no puedo volver a ser seguidor de este club. Por lo menos, hasta que desaparezcan esos dirigentes que alientan puerilmente que se utilice al club para fines independentistas, que no determinan una separación clara entre deporte y política.

Parece que solamente quieren que sus únicos aficionados en España estén en Cataluña y sean de la cuerda catalanista, pretendiendo hacernos creer que cualquier derrota trae sus orígenes en que Francisco Franco persiguió a su club o en la idea de que Madrid les “roba”, en línea con el argumentario victimista de Junts per Cat, Esquerra Republicana y CUP.

No quiero despedirme sin antes felicitarles por la consecución de su última Copa del Rey

Se la han merecido, sin lugar a dudas y con todo el mérito, sobre el terreno de juego. Confiemos que dentro de 100 años no digan que el Rey Felipe VI les oprimía y les perseguía.

Esperemos que los futuros directivos del FC Barcelona tengan no solo una mejor gestión económica sino también más memoria, más tolerancia, más pluralidad y menos ideología separatista que los directivos que las últimas décadas han ocupado el palco de su estadio.

Solo así podré volver a alegrarme por los triunfos deportivos del FC Barcelona.

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