El Zar y el Sultán en el Cáucaso

El pasado 10 de noviembre se produjo un acontecimiento cumbre en la geopolítica caucásica y euroasiática al que la mayor parte de los medios de comunicación occidentales casi no prestaron atención. No es algo sorprendente en España, pero sí muy preocupante, que la inmensa mayoría de medios de comunicación no sólo dediquen más espacio al deporte que a la política internacional sino que, además, lo hagan siempre de forma superficial, maniquea y sin analizar los entresijos y claroscuros que suelen esconderse detrás de los más nimios detalles. Esto es especialmente cierto en lo que concierne a Europa oriental, Rusia, el Cáucaso y Asia central.

En efecto, el 10 de noviembre los Presidentes de Rusia, Azerbaiyán y el Primer Ministro de Armenia nos sorprendieron con el anuncio de un cese de hostilidades y la firma de un acuerdo que contemplaba la cesión de una parte del territorio de Nagorno-Karabaj bajo control armenio a manos azeríes y el establecimiento de un contingente de paz ruso de 2.000 soldados que se encargará de proteger, con el beneplácito azerí, a la población armenia presente en el enclave de Nagorno-Karabaj. Indudablemente, la noticia fue algo sorprendente teniendo en cuenta la crudeza del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el control de este último territorio y las posiciones de máximos con las que ambos contendientes se enzarzaron en la pelea a finales de septiembre de este año, reavivando un conflicto pendiente de solución desde la época del derrumbe del imperio soviético y que hunde sus raíces en la plurisecular lucha entre turcos y armenios y en la política de nacionalidades del liderazgo soviético en época de Stalin.

Antes de continuar, conviene situar el conflicto sobre el mapa y hacer un pequeño repaso histórico que ayuden a orientarnos en las arenas movedizas del Cáucaso. Nagorno-Karabaj es una llanura situada en la zona occidental del actual Azerbaiyán habitada mayoritariamente por población armenia ortodoxa. En el siglo II a.C. el territorio ya pertenecía al Reino de Armenia y desde ese momento ha estado habitado en su mayoría por armenios a pesar de los constantes cambios en las dinastías reinantes que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos. Desde el siglo XVI este territorio, también conocido como Armenia oriental, estuvo bajo dominio persa, mientras que el resto de tierras armenias quedaron bajo el yugo otomano. La situación en Nagorno-Karabaj cambió a partir del año 1813 al ser anexionado por el Imperio Ruso, que desde el siglo XVIII se había convertido en la última esperanza de la población armenia frente al poder de los imperios otomano y persa. Después de la I Guerra Mundial y de la Guerra civil rusa, cuando las regiones del Cáucaso meridional pertenecientes al Imperio Zarista se desgajaron provisionalmente, el nuevo poder soviético procedió a reformatear la arquitectura política de la región en base al principio étnico, creándose las repúblicas soviéticas de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Stalin, que siempre desconfió de los nacionalismos (incluido el ruso) jugó hábilmente con las contradicciones étnicas para asegurar el dominio del estado soviético. En el caso que nos atañe Stalin decidió integrar Nagorno-Karabaj como una provincia autónoma en el seno del estado azerí. ¿Con qué finalidad? Frenar el posible despertar del nacionalismo azerí y, al mismo tiempo, ligar corto al nacionalismo armenio, forzado de este modo a contar con la ayuda del estado soviético frente al peligro turco. Recordemos en este sentido que Azerbaiyán es un estado cuya población mantiene un vínculo de parentesco muy estrecho con los turcos de la República de Turquía y con el resto de países turcófonos de Asia Central.

La situación entre azeríes y armenios se mantuvo estable hasta los años ochenta del siglo XX, cuando las autoridades soviéticas capitaneadas por el artífice de la perestroika, Mijaíl Gorbachov, optaron por una política permisiva hacia los nacionalismos y separatismos étnicos en todo el perímetro de la URSS. En efecto, con el debilitamiento del poder central y el laxismo de la Nomenclatura las tensiones entre armenios y azeríes estallaron, especialmente cuando Armenia exigió a Azerbaiyán y al estado central el traslado de Nagorno-Karabaj a control armenio. El conflicto se desencadenó definitivamente justo después del colapso del estado soviético y acabó con un alto al fuego precario en 1994, tras la derrota del ejército azerí por parte del ejército armenio, apoyado discretamente por la Rusia de Yeltsin a nivel militar y diplomático.

Desde 1994 y hasta 2020 se han producido enfrentamientos puntuales, especialmente intensos en 2016, pero que siempre acababan gracias a la mediación rusa al cabo de pocos días.

No es ningún secreto que el Cáucaso es un auténtico nudo gordiano de la política euroasiática y, por ende, mundial. Por esta compleja región cruzan distintos gaseoductos vitales para los intereses de Rusia, Turquía, Estados Unidos, Reino Unido y la UE.

Y por otro lado, el control de dicha región representa para distintos actores una auténtica cabeza de puente para la expansión de su influencia en Oriente Medio y Asia Central. Desde la Antigüedad romanos y persas lucharon por el dominio del viejo y poderoso Reino de Armenia.

En la Edad Media el Imperio Bizantino tuvo que hacer frente al Imperio Selyúcida y, ya en época Moderna, la rivalidad entre el emergente Imperio Otomano y el Imperio persa Safávida acabó con la partición de la región. Finalmente, en el siglo XIX, el Imperio Ruso se hizo con el control de la mayor parte del Cáucaso en detrimento del Imperio Otomano y del Imperio Persa bajo la mirada temerosa del todopoderoso Imperio Británico, que no dudó en ayudar a la rebelión chechena del Imán Shamil para dañar los intereses rusos.

A finales del siglo XX y principios del XXI los actores en liza son la Nueva Rusia de Putin, que aspira a consolidar las ganancias estratégicas pagadas con la vida de miles de soldados rusos a lo largo de tres siglos de expansión; la Turquía de Erdogan, que sueña con extender su influencia hacia el mundo turco en Asia central a través de la cabeza de puente caucásica que representa Azerbaiyán; y el mundo Occidental, especialmente de Estados Unidos y Reino Unido, que han hecho y harán lo posible por controlar los flujos energéticos de Asia central hacia la UE y mantenerlos lejos de la mano rusa.

No es ningún secreto que la guerra de Chechenia en el año 1999 y de Osetia en 2008 tuvo mucho que ver con el control del gaseoducto Bakú-Tiflis-Erzurum y del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan. La guerra en Nagorno-Karabaj no es una excepción.

Pero hay más motivos que aumentan el interés de las principales potencias mencionadas en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Por un lado, Turquía, imbuida de ambiciones imperiales, aspira abiertamente a crear un estado confederal con Azerbaiyán y a unir por vía terrestre su territorio con el de esta república caucásica. Uno de los impedimentos a este sueño es la existencia de Armenia y del enclave de Nagorno-Karabaj. Por eso no es casualidad que Erdogan haya puesto sus esperanzas en una victoria del ejército azerí. La expulsión de la población armenia con ayuda militar turca no sólo posibilitaría una conexión geográfica menos precaria entre ambos países, sino que, además, abriría las puertas a una unificación de las dos naciones turcas gracias al aumento de la influencia de Turquía en la política interna azerí. Pero no nos engañemos, Erdogan no se limita a Azerbaiyán, su mirada se extiende a Asia Central, donde compite con rusos, occidentales, chinos e iraníes.

Por otro lado, Rusia tiene tres objetivos vitales en el Cáucaso: el control de los flujos energéticos, el aumento de su presencia militar y, como mínimo, su consolidación en Armenia y, finalmente, la inclusión de Azerbaiyán en sus proyectos comerciales, económicos y militares.

De especial importancia es garantizar la conexión ferroviaria entre Rusia y este país musulmán, así como la construcción de un corredor comercial terrestre que una la Federación Rusa con Irán y el océano índico con las miras puestas en el enorme mercado hindú. Este proyecto, cuya finalización está prevista para 2030 y en el que es esencial que participe Azerbaiyán, debería servir para transformar a Rusia en una plataforma de tránsito comercial entre la UE, Oriente Medio y la India. Dichos planes tienen como finalidad última no caer en una dependencia excesiva de China y transformar a Rusia en un centro logístico de tránsito comercial gigante entre las cuatro principales potencia de Eurasia, a saber, la UE, China, India y Japón. En este sentido habría que mencionar las enormes inversiones rusas en la Ruta del Mar del Norte y el Ártico.

Los planes rusos no dejan de incomodar a Estados Unidos y Reino Unido que no están interesados en un reforzamiento de Rusia como gran potencia y competidor terrestre de las rutas comerciales marítimas bajo control de la marina norteamericana y británica. Turquía tampoco está interesada en una Rusia reforzada que represente un centro de atracción económico y político para las repúblicas turcas de Asia Central. Sin embargo, también es cierto que tanto Estados Unidos y Francia, donde existe una importante e influyente minoría armenia, desconfían de las ambiciones turcas y aspiran a usar la carta Armenia para debilitar a Rusia y Turquía. Por cierto, aquí es necesario hacer un inciso para recordar que el actual Primer Ministro armenio, Nikol Pashinián, llegó al poder en 2018 contando con la simpatía y el apoyo de estructuras de poder cercanas a Occidente, especialmente a la esfera de influencia del Partido Demócrata de Estados Unidos.

Hecha esta breve digresión volvamos a otoño de 2020

Cuando estalla el conflicto todo parecía indicar que el principal perdedor sería Rusia. ¿Por qué? Porque la posible escalada del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán podía acabar implicando a Rusia en una guerra que no le convenía ni le conviene, provocando la destrucción de las relaciones con Azerbaiyán y empujando a este país a los brazos de una Turquía que cada vez interviene más en los asuntos militares de la antigua república soviética. Mientras que el no ayudar a Armenia en la defensa de Nagorno-Karabaj podía ser utilizado por las fuerzas pro-Occidentales para alejar al país de Rusia y poner incluso en entredicho la presencia militar rusa y la pertenencia a la Unión Euroasiática.

La solución a este dilema era difícil, pero de forma imprevista la Rusia de Putin ha conseguido transformar una previsible derrota estratégica en una brillante victoria.

La estrategia de la diplomacia rusa ha consistido, en primer lugar, en mantenerse aparentemente apartada del conflicto, ofrecerse como mediadora, mostrar comprensión por ambos bandos, insistir en su compromiso con la integridad territorial de la República de Armenia (que no incluye a Nagorno-Karabaj) y de Azerbaiyán y con los derechos de la minoría armenia en el mencionado enclave. En segundo lugar, ha dejado que el ejército armenio sufriera serias derrotas a manos del ejército azerí (apoyado por Turquía) con la finalidad de forzar su retirada de las zonas adyacentes ocupadas en 1993 y debilitar el prestigio del Primer ministro pro-Occidental y su gobierno, que no ha contado con el apoyo de sus principales valedores en Occidente, a saber, Estados Unidos y Francia. Finalmente, cuando las fuerzas azeríes se disponían a ocupar todo el territorio de Nagorno-Karabaj, Putin ordenó el despliegue de fuerzas rusas en las inmediaciones del enclave y presentó un ultimátum al Presidente azerí y al Primer Ministro armenio conminándoles a aceptar un alto al fuego y la presencia rusa en Nagorno-Karabaj como garante del acuerdo durante cinco años prorrogables. El momento escogido fue el ideal para convencer a los dos contendientes. En primer lugar porque Armenia temía perderlo todo y en segundo lugar porque Azerbaiyán era consciente que las ganancias conseguidas ya suponían un enorme triunfo frente a Armenia y que avanzar más con la oposición de Rusia podía acabar muy mal.

Todos estos factores propiciaron un acuerdo histórico que supone, por un lado, la recuperación de territorio azerí conquistado por las armas armenias en 1993, pero por el otro garantiza la supervivencia de la población armenia del enclave de Nagorno-Karabaj y la preservación de su autonomía. El primer gran ganador es evidentemente Azerbaiyán y su dirigente Ilham Aliyev. Pero el verdadero triunfador es Rusia, que se erige como garante de la paz entre ambos países, consolida su papel como valedor de la supervivencia de la población armenia, se convierte en el garante de la integridad territorial de Azerbaiyán, asegura sus proyectos estratégicos con este último y, no menos importante, gana el control de Nagorno-Karabaj, que queda bajo su administración militar. Este hecho tiene enormes implicaciones geoestratégicas, puesto que es imposible con este movimiento que Azerbaiyán se integre en la OTAN o se una a la República de Turquía, y, además, el camino a la UE y a la OTAN de Armenia también se torna imposible con esta presencia rusa ampliada que liga la suerte de Nagorno-Karabaj a las garantías militares de Rusia. Por si esto fuera poco, Turquía queda apartada de la solución política al conflicto y su conexión terrestre con Azerbaiyán a través del corredor de Lachín queda bajo control militar ruso. Finalmente, con la presencia militar rusa en la región el control de los flujos energéticos con la UE va a quedar a merced del Kremlin en lo que supone un aviso a navegantes para quien quiera entender la relevancia de lo sucedido. Sin duda alguna, la UE y Estados Unidos son los otros grandes derrotados, que, además, ven como su protegido, Nikol Pashinián, es humillado por turcos y rusos.

Erdogan, mientras tanto, se tendrá que conformar con girar la mirada hacia un Mediterráneo donde también compite con bastante éxito con Estados Unidos, Francia, Rusia, Egipto y los países del Golfo por el control de las aguas territoriales de Chipre, los recursos libios y los mercados de África del Norte. No es ninguna casualidad que Turquía esté construyendo una enorme base militar en Somalia y que apoye con tanto interés al gobierno provisional de Trípoli. La Turquía de Erdogan vuelve a los espacios controlados antiguamente por el Imperio Otomano y aspira a ganar control sobre los flujos energéticos que se dirigen hacia Europa desde Asia Central, el Cáucaso y África del Norte. Igual estrategia sigue una Rusia que lucha por Libia, por el Cáucaso, por Oriente Próximo en Siria y que, recientemente, acaba de anunciar que va a abrir una base naval en Sudán.

En efecto, el alto al fuego en Nagorno-Karabaj no deja de ser una partida más en el complejo tablero geopolítico donde juegan Rusia, Turquía, la UE y el mundo anglosajón. De momento el Zar ha ganado una importante batalla contra el Sultán y contra Occidente, pero el juego no ha terminado. Sólo el tiempo dirá cuál será la respuesta de Turquía, Estados Unidos y Francia.

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