El último viaje en libertad

Resbaló la mano sobre el pomo y cerró la puerta del portal con suavidad. La noche era clara, limpia y estrellada. La luna estaba en fase menguante, pero brillaba. Con firmeza, dio los primeros pasos bajo los soportales.

La muchacha tenía tan solo 18 años. Había decidido quedarse por una expectativa de victoria que, por desgracia, ya había desaparecido. Determinó que iba a ser un día especial para ella.

Se había maquillado con esmero delante del espejo y peinado con la seguridad de quien se siente atractiva. Le acompañaba su mejor vestido, aquel que apenas llegaba a tapar la mitad de los muslos y que tenía un discreto escote ciertamente provocador. Su collar y sus pendientes preferidos, los últimos regalos de su madre, también complementaban su belleza. Los zapatos, cómodos, elegantes, pero tirando a deportivos. En otra época su destino hubiese sido aquellos bares y discotecas cercanos a su casa. Pero ya no había chicos a los que conquistar ni música para bailar.

Enfrente estaba la plaza. La miró con los ojos tristes, a punto de crear alguna lágrima. Se hallaba vacía, ausente de vida, tan solo unas pocas palomas. La catedral presidía con la grandeza de sus dos torres y su enorme portalón. Las campanas habían dejado de sonar hacía semanas y ya solo se oían las sirenas de alerta cuando algún avión enemigo sobrevolaba la ciudad. Apenas quedaban ya parroquianos que entrasen a rezar por sus almas.

Poco después, de forma pausada, dobló la esquina y entró en las callejuelas del centro histórico. Su mente no pudo sino recordar la foto que presidía la habitación de sus padres. Ellos se habían casado en ese mismo lugar y en la explanada que secundaba el templo la enseñaron a montar en bicicleta y a andar en patines. En el banco que había junto a la farola había compartido conversaciones con sus amigas y, en su niñez, había disfrutado de las golosinas con las que, en los domingos, era premiada. No hace demasiados años, en ese mismo banco, había regalado su primer beso inocente.

Los edificios parecían fantasmales. Alguno estaba semi derruido por el impacto de alguna bomba, como la sede de la policía local o el albergue de peregrinos. La mitad de sus vecinos habían huido y el resto estaba ejerciendo de aprendiz de guerrillero. Los pocos que quedaban eran ancianos que preferían morir en el mismo lugar donde se desarrollaban sus recuerdos. Algunos habían fallecido ya, como su madre. El maldito cáncer se la llevó al más allá hace dos años. Quizás fue lo mejor.

La guerra, la maldita guerra. Los políticos nos hicieron creer que nunca llegaría. Algunos de ellos lo vaticinaron, lo avisaron con tiempo, pero los gobernantes controlaban los medios de comunicación y, al parecer, nuestras mentes. Endeudaron el país, acabaron con nuestros principios, relajaron nuestra moralidad, empobrecieron nuestra educación, amansaron nuestra capacidad de crítica y renegaron de la grandeza de nuestra historia. Poco a poco fuimos siendo derrotados, sin darnos cuenta. Hasta que ya fue tarde.

Los enemigos entraron en el país sin apenas oposición. Muchos de los suyos vivían desde hace años aquí y se habían aprovechado de las bondades de nuestro sistema. Aunque algunos de ellos nos apoyaron, hubo otros que también se sublevaron, enardecidos, olvidando a quienes les habían prestado ayuda. Su ideología de odio es firme, contundente y autoritaria. Quieren derrocarnos, someternos, acabar con nosotros.

Nuestro ejército está intentando controlarlos, pero va cediendo posiciones. Apenas quedan ya unos pocos reductos de resistencia. Los contrarios nacieron para morir, saben luchar y tienen un objetivo claro. Nosotros, desde hace tiempo, nos hicimos muy débiles.

Tras llegar a una pequeña rotonda, junto a un hotel que todavía se mantenía intacto, giró a la izquierda, observó el río y recorrió un par de veces uno de los principales puentes de la ciudad hasta situarse en el medio del mismo. El agua estaba muy revuelta, con una gran corriente y fuertes remolinos, consecuencia de las últimas lluvias primaverales. Al fondo se veía el fuego. Las tropas adversarias estaban a pocos kilómetros y se escuchaba con nitidez el retumbar de las últimas explosiones. Los tanques se aproximaban, al igual que numerosos soldados que no tenían piedad con la población civil. Sus costumbres pasarían a ser la nueva ley y quienes no las acatasen serían ejecutados, como ya estaba ocurriendo en los territorios conquistados.

Su último pensamiento fue para su padre. Había acudido a luchar al frente hacía algo más de un mes. Al principio mantuvieron el contacto, pero cayeron las telecomunicaciones y los teléfonos dejaron de funcionar. Un par de semanas atrás, un herido que volvió para curarse le informó que su padre seguía vivo, luchando con pundonor. Siempre fue un idealista y creía en la necesidad de pelear por la democracia y por la libertad. Sin embargo, desde entonces no volvió a saber de él. Tan solo llegó a sus oídos que fue una carnicería y que nadie sobrevivió en aquella batalla. Su último te quiero y su beso en la mejilla presagiaban que iba a ser el adiós definitivo.

Ya no había esperanza. Ya no le quedaba nadie. Estaba rodeada. Sin salida. La ayuda internacional prometida no había llegado. Podía doblegarse al invasor, claudicar al terror, modificar sus costumbres y asimilar que el resto de sus días serían un auténtico infierno. Podía aceptar que sería sometida a vejaciones, humillaciones, maltrato y que la obligarían a renegar de ella misma y de sus derechos.

Con su padre en el pensamiento, saltó al vacío. El río se la llevó.

O quizás, finalmente, cambió su decisión y empuñó las armas en un arrebato de valentía, fortaleza y búsqueda de justicia.

Nunca más nadie la volvió a ver después de aquella noche.

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