El presidente de Haití muere asesinado a tiros

Jovenel Moise, presidente de Haití, ha sido asesinado en su propia casa por un grupo de hombres armados. Los hechos han ocurrido en el barrio de Pelerin de Puerto Príncipe.

El primer ministro, Claude Joseph, ha sido el encargado de hacer pública la noticia que ha calificado como acto de barbarie. Joseph ha llamado a la calma de la población y ha asegurado que «la situación de seguridad del país está bajo control».

Asimismo, Joseph ha informado de que la primera dama, Martine Moise, había sido herida de bala y estaba recibiendo cuidados médicos. Finalmente, la primera dama también ha fallecido.

El magnicidio se ha producido dos meses antes de las elecciones haitianas del 26 de septiembre. El ex presidente Moise, que ya no podía volver postularse a la presidencia, planeaba convocar un referéndum para cambiar la Constitución por otra nueva.

Esta idea no contaba con el apoyo de la oposición ni la comunidad internacional. De hecho, es algo que está expresamente prohibido si no es mediante una gran mayoría parlamentaria.

La Carta Magna haitiana actual fue redactada en 1987, tras la caída de la dictadura de Duvalier. Deja claro que «toda consulta popular destinada a modificar la Constitución por referéndum, está formalmente prohibida».

Haití, un país en crisis permanente.

Haití se encuentra en un periodo de gran inestabilidad política, económica y social desde 2018. En los últimos 4 años, 7 presidentes han pasado por el Palacio Presidencial.

La situación del país es trágica incluso dentro de los cánones del que es el país más pobre de América Latina (lo cual ya es mucho decir).

El pasado 7 de febrero, el ahora ex presidente anunció que el Gobierno estaba en grave riesgo en tanto que oposición y jueces afines estaban planeando un golpe de estado.

Lo cierto es que Juvenel llevaba atrasando las elecciones desde 2018 y gobernando desde entonces vía decreto ley. Muchos haitianos lo consideraban un líder ilegítimo.

A la inestabilidad política y económica se le suma la debilidad estructural del débil estado haitano. Siendo Haití un país tan subdesarrollado y depauperado, el estado, que apenas recauda, tiene graves problemas para mantener el orden social y la justicia.

En muchos pueblos y barrios conflictivos de las ciudades las bandas y mafias ocupan ciertas funciones del estado (al menos lo relativo a la recaudación de impuestos/tributos). Sin embargo, ese dinero va a parar a las arcas de las bandas y de sus líderes, que ya son poco menos que señores de la guerra locales.

Las guerras entre bandas están a la orden del día sin que ninguna fuerza policial pueda plantearse intervenir. La fragilidad del estado en muchas áreas del país, incluso de la capital, Puerto Príncipe, es más que evidente.

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