El ocaso de Génova

“Decadencia, declinación, acabamiento”. Así es como la RAE define la palabra “ocaso”. Una palabra que, sin duda, podríamos aplicar a la situación que atraviesa a día de hoy el Partido Popular.

Pasan las horas y sigo sin dar crédito en cómo, en menos de siete días, y con el bochorno electoral de Castilla y León todavía reciente, el partido ha pasado de mantenerse en una tendencia de progresivo crecimiento en cuanto a estimación de voto se refiere, a inmolarse en cuestión de horas.

Lo que ha ocurrido en Génova no es algo nuevo: ya lo vivimos con Cifuentes en la no tan lejana época de Rajoy, pero, ahora, la situación es incluso mucho más grave por todo lo que significa

Tras una comparecencia vergonzosa de uno de los mayores responsables de este escándalo, el señor Teodoro García Egea, es más que evidente que la manera de proceder de la cúpula del partido es digna de una mafia. No obstante, y al margen de sus declaraciones, el hecho de que el presidente Pablo Casado haya tardado más de 24 horas en dar la cara tras explotar este escándalo dice mucho de la clase política de la cual depende la supervivencia del partido.

El caso sobre espionaje que ha hecho saltar por los aires al Partido Popular es la guinda a la escala de tensión que, desde Génova, se había procurado crear tras la victoria de Ayuso en los comicios del pasado año en Madrid. Tras ello, la relación con la directiva nacional empezó a torcerse de forma discreta pero continua hasta convertirse en lo que es hoy: un cementerio.

No han sido pocos los obstáculos que ha tenido que vivir Ayuso estos meses debido a las actuaciones que se han llevado a cabo desde la sede central del Partido Popular, unas actuaciones basadas en la envidia de quien, está claro, no es apto para asumir la dirección, ni de un partido, ni mucho menos de España. Pablo Casado, la misma persona que pedía el voto de confianza para el PP y poder así reunificar el centro-derecha de cara a desalojar al Gobierno más nocivo de la historia de nuestra democracia, es el mismo que ha comprometido todo el proyecto y el interés de una gran parte de los españoles que confiaron en su partido, simplemente por motivos electoralistas.

Pese a que lo de Castilla y León se queda corto en comparación con esto, ¿por qué la necesidad de adelantar elecciones? ¿por qué generar incertidumbre e inestabilidad política en una región en la que no la había? ¿por qué renegar de VOX allí, mientras te abrazas a ellos en otras zonas? Está claro que, además de carecer de vergüenza, escrúpulos e inteligencia, también se carece de un proyecto y de una estrategia seria y clara. El votante no está para que lo vuelvan loco, y menos para observar circos como el de estos días en el que se ha tratado de acabar con una compañera de partido que ha sido, precisamente, la responsable de que el PP volviera a escalar posiciones que parecían imposibles de remontar.

Y, para colmo, hemos tenido que aguantar el bochorno protagonizado ayer en redes sociales por parte de muchos cargos del Partido Popular, cargos que, por cierto, en cierta medida no han logrado todavía nada por el partido.

Afortunadamente, Ayuso no está sola

Cuenta con compañeros que, sin necesidad de posicionarse, respaldan la honestidad de una persona que ha dado esperanza al partido y a la gran parte de votantes.

La cobardía, envidia y traición de Casado, la maldad de Teodoro, y la falta de dignidad de muchos de los cargos del partido han conseguido que, a estas horas, este partido sea “invotable”. Si el PP quiere sobrevivir, necesita desprenderse de la mayor parte de esa gente. Y necesita hacerlo cuanto antes, porque sino a lo mejor es demasiado tarde.

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