El Gobierno es una olla a presión

La ciudadanía ya se ha hartado y el malestar popular es un hecho. Lo peor de todo es que ese desasosiego va en aumento

Un Gobierno mal avenido no puede trabajar tranquilo, y éste ni siquiera sabe hacerlo. A los hechos me remito. Si se preocupa más de los problemas internos que de la  ciudadanía, entonces es un Gobierno inservible, pero también despreciable. Primero fue Nadia Calviño la que quería marcharse, aunque lo dijera con la boca pequeña, y ahora es Carmen Calvo, quien ha sido derrotada en todos los terrenos y en cada uno de los frentes, incluso el entorno de la extrema izquierda le ha comido la tartera, se siente impotente y despreciada. Ni siquiera Pedro Sánchez, alias ‘Doctor Cum Fraude’, ha intercedido por ella y la deja caer como buen traidor. Si su salida es inminente, no lo es menos la salida de la “marquesa”, señora del ridículo y de las malas maneras, además de experta en nada y dañina en todo.

Nadie puede negarme que el Gobierno social-comunista es una olla a presión. Es más, es una bomba de relojería con muy poco margen para el estruendo y los destrozos. No hay que recordar que la imagen del presidente y de su dron-motivador es nefasta, lo que se ha transmitido a todos los miembros del gabinete. La ciudadanía ya se ha hartado y el malestar popular es un hecho. Lo peor de todo es que ese desasosiego va en aumento. Incidir en que los indultos al golpismo catalán han sido el motor principal es ignorar que el Gobierno es ineficaz, soberbio, maleducado, pusilánime, traicionero, petulante, rufián y mentiroso.

Los despropósitos se le acumulan a Sánchez y al Gobierno y da igual la cuestión o asunto que se aborde: autonomías y covid19; subida de la luz; tema del IVA mentiroso; despilfarro canallesco y corrupto con el material sanitario; Marruecos; Menas; política exterior en general; pretensión de represión al CGPJ y su abusivo descontrol; Cataluña y la eterna prevaricación… No hay miembro del Consejo de ministros que no tenga bajo la alfombra su sombra de sospecha, negligencias, prevaricación y endiosamiento.

Cuanto antes explote la olla, mejor, porque empieza a ser insostenible la situación para la ciudadanía. Y ahora amenazan con el retardo de la edad de jubilación, así como el aumento del tiempo de cotización y la rebaja para los “baby boomer”, pero sin entender que el factor de sostenibilidad es clave en cualquier Estado que aspire al bienestar social. Nunca conocí Gobierno más torpe, incompetente y parasitario desde que el ‘abuelo Patxi’ murió en la cama, y todo por hacer un feo al falsario comunismo y al socialismo sin los cien años de honradez, pero con cuarenta de desaprovechadas vacaciones.

El Gobierno puede reventar sin tardar: las jubilaciones represoras: el SMI; los indultos golpistas y los recursos contra los titulares de cada gabinete ministerial; la sobredimensión del paro; el medio millón de ERTE con fecha de caducidad; los fondos europeos en cuarentena; la falta de una agencia de estudio y distribución de las ‘perras’; las CC.AA. en pie de guerra; la absurdez y mediocridad de la ley del “Sí es sí”; la despedida de Calvo por impotencia y destrozada; el desbordamiento de ‘la Yoli’; los impuestos de carretera; las jugarretas de ‘Carbonerito’…

Demasiados frentes abiertos. Abucheos en la calle, patadas y pedradas al paso de coches oficiales del Gobierno. Tras los indultos, Sánchez no podrá salir de Moncloa sin llevarse un talego de improperios y una alforja de maledicencias. Con sus actos ha levantado la guillotina que lo decapitará políticamente. Hasta puede arrastrar a Felipe VI, pues era su intención primera disparando por elevación. Con el “tiro de tiradera” que les falta, hasta pueden acabar haciendo un pan como unas tortas o incitar a que el pueblo los haga los ‘perrillos’.

El dron-gurú, Iván Redondo, no tendrá más remedio que tirarse en marcha por el barranco del fracaso porque Sánchez ya está camino de ello. La olla no puede desactivarse. Cuanto antes se convoquen elecciones generales, antes acabaremos con el trauma del Gobierno y los desprecios de los que se ha hecho merecido acreedor. A la calle no hay quien la calle.

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