El día del miedo a la libertad

Si observamos a un bebé dando sus primeros pasos en este mundo, podemos apreciar muchas cosas que ya hemos olvidado: el enorme esfuerzo que realiza por mantenerse en pie, se cae al suelo continuamente pero vuelve a levantarse, se deja ayudar pero lucha por ser autosuficiente, busca el reconocimiento, celebra con una amplia sonrisa cada logro que consigue día tras día, si le limpias la cara con una servilleta instintivamente te aparta la mano, y protesta si le tienes demasiado tiempo atado en la trona… Un bebé nace con el instinto de la libertad, un bebé busca sobrevivir, la libertad y la supervivencia van de la mano. En mayor o menor medida todos hemos sido ese bebé. Sin embargo, llega un momento en que esas tendencias naturales se ven obstaculizadas por algo: eso que llamamos “educación”.

En los cursos sobre “creatividad” se suele explicar que, debido a la “educación”, los niños en la infancia ya empiezan a dejar de ser creativos, porque ya se les intenta anular la capacidad para observar las cosas desde distintos puntos de vista y se terminan acostumbrando a obedecer las “normas” sin preguntar. Pero también hemos debido olvidar que los niños, en sus primeros años de vida, hacen muchas preguntas, justo antes de ir al colegio.

¿Qué ocurre entonces en el colegio: se les enseña o se les adoctrina? ¿Y qué hacen las mamás y los papás en sus hogares: les educan o repiten los errores de la escuela? Sin embargo, ya en la guardería realizan muchas actividades: como pintar carteles contra un supuesto “machismo” que no saben ni lo que es, o les ponen a tocar los tambores al estilo de las “manifas”, como las del “8M”, pero resulta sorprendente comprobar la intuición tan temprana que tienen los niños, y la caras largas que ponen cuando perciben algo extraño. Ya en el colegio: es decepcionante observar lo tedioso –e incluso escandaloso-, que supone para muchos estudiantes y el mismo gremio educativo, el realizar actividades creativas donde hay que pensar más allá de los patrones preestablecidos, o mejor dicho, impuestos por este sistema socialista.

También cabe mencionar las típicas “novatadas” universitarias: donde algunos de los “veteranos” obran por tradición, otros se exceden en su crueldad alegando que también tuvieron que superar en su momento las novatadas, en una especie de ritual de acceso a la vida adulta, pero nadie se plantea si es correcto o si atenta contra el bien común.

Recuerdo un artículo de una revista que hablaba sobre el “miedo al éxito”. Me quedé estupefacto porque pensé que sólo existía el “miedo al fracaso”. Pero de pronto, comprendí que una buena parte de la sociedad tiene miedo al éxito: “no hay que ser tan perfeccionista…, ya está todo inventado…, para qué hacer las cosas por uno mismo si lo puede hacer otro…, no destaques demasiado no vaya a ser que te toque hacerlo a ti…, no vayamos a hacer bien las cosas no vaya a ser que triunfemos…”, ¿les suena de algo? Porque para tener éxito, primero hay que emprender un proyecto y eso implica asumir responsabilidades, y no todo el mundo está dispuesto a ello. Así muchas veces no se hacen las cosas con rigor para no correr el riesgo de que salgan bien. Recuerdo otro artículo que hablaba sobre el “autoengaño”: que es bueno autoengañarse para tirar para adelante…, pero hasta cierto punto, porque autoengañarse puede degenerar en comportamientos negligentes que pueden conducir al desastre, véase el accidente del vuelo 5022 de Spanair, el 20 de agosto de 2008 en Madrid-Barajas.

Aunque no es menos desolador ver cómo un grupo de jóvenes deja un bonito parque, con el césped bien cuidado, lleno de basura allí donde han acomodado sus posaderas. Sin embargo, esto no es casualidad: es la consecuencia de una “educación” que no les enseña a amar y ser responsables sino a odiar y echar la culpa al sistema, y de alguna manera este sistema tiene la culpa. Pensaremos que están siendo rebeldes cuando dejan sucio el parque, pero no: están siendo obedientes, este sistema es lo que les ha enseñado, porque simplemente no aprecian las cosas, porque se les intenta alejar del pensamiento, de la filosofía, de los valores…, pero se les adoctrina en dogmas ideológicos, y por no apreciar no se aprecian ni a sí mismos. Pensaremos que un joven que se autoproclama “antisistema”, cuando incendia un contenedor y monta una barricada, está protestando contra el sistema, pero no es así, muy al contrario: está obedeciendo ciegamente. Porque éste es el mismo sistema que infringe las reglas del juego según le conviene, que viola la separación de poderes arbitrariamente y que usa distintas varas de medir para aplicar “castigos ejemplares” o “indultos ejemplares” según quién sea el reo. Así, algunos reos son prejuzgados por la opinión pública antes que por los tribunales, e incluso hemos visto hasta su álbum de fotos, conocemos su nombre y apellidos, dónde viven y cuál es su nacionalidad, pero de otros reos aún más culpables no sabemos absolutamente nada.

Hasta que llegamos al sábado, 26 de junio de 2021: “el día del miedo a la libertad”. El día en el que ya podemos ir sin mascarilla (bozales) por la calle sin que nos pare un policía del régimen para coaccionarnos con una multa. El día en el que el individuo que okupa la presidencia de un país antes llamado España –y que ahora es conocido como “este país” o “un gran país”–, y que no alcanza ni la categoría de villano, intenta calmar los ánimos sumisos de los adoctrinados, regalándoles una falsa libertad con restricciones, como si de una paga extra se tratara, a quienes ya no valoran la libertad sino que prefieren una falsa sensación de seguridad.

Pues para quienes no hayan visto la película: “Cadena perpetua” (1994), les voy a contar el final…, nooo era ¡broma! Pero sí les diré que uno de los personajes secundarios se suicida, ¿y por qué?, se preguntarán: este personaje secundario, una vez que cumple una condena de varias décadas y ya es por fin ¡libre!, pero anciano, y después de que en su vida adulta sólo hubiera conocido la rutina de los horarios, los toques de queda, las rejas, los paseos por el patio de la prisión, etcétera, salir a un mundo “libre” y desconocido le abruma y le sume en una profunda tristeza y se ve incapaz de readaptarse. Sin embargo, sí se adaptó a vivir en la cárcel varias décadas de su vida, tal vez porque antes tenía esperanza, pero la cárcel, es decir, la falta de libertad, aniquiló su juventud. ¿Cuál es la diferencia por tanto entre una vida sin libertad y una vida con libertad?: la primera es previsible y no depende de tus acciones, el sistema actúa por ti; en la segunda, que te vaya bien o mal en la vida sólo depende de ti, pero puedes sentir la vida, puedes ser tú mismo sin hacer daño a los demás ni a ti mismo, puedes ser ¡libre! Por eso: muchos quieren volver a la cárcel; por eso, muchos siguen llevando bozales voluntariamente, pero no es por su salud ni por su seguridad, sino por miedo a la libertad. Como bien dijo Charles Chaplin, que conoció en su infancia la miseria más absoluta: “El mundo es de los que se atreven”.

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