El bono cultural de 400 euros se podrá gastar en videojuegos, música o cine

A estas alturas nadie debería dudar de que los videojuegos o el cine son un producto cultural. Más aún teniendo en cuenta que, en la definición amplia de cultura, entra prácticamente toda producción humana. Ese es precisamente el mayor problema de estas «ayudas».

Los videojuegos, el cine y la música moderna son realmente cultura, pero no necesariamente ‘alta cultura‘. Ojo, que no todos los libros, ni todas las obras de teatro son de alta cultura tampoco… es por eso mismo es que veo tan absurdas estas ayudas a «la cultura».

Tampoco estoy queriendo decir con todo esto que la alta cultura sea más importante que la cultura pop o de entretenimiento, ambos mundos cumplen una función vital para el ser humano moderno. Pero, sinceramente, no veo qué sentido tiene que el estado tenga que financiar algo que el pueblo genera orgánicamente desde el principio de los tiempos, como es la cultura pop.

El nivel o la calidad de la cultura pop va a ser siempre mucho más subjetivo que la de la alta cultura, por tanto, es la gente la que debe financiarla o no en función de sus gustos e intereses.

En el caso del arte y cultura académicas, de investigación o de alta cultura, sin embargo, es más fácil lograr un consenso apreciativo. Podemos garantizar hasta cierto punto su calidad y repartir subvenciones estatales para garantizar que el país mantiene la producción propia de un país desarrollado en esos campos.

Eso no quita que también en estos campos se estén cometiendo auténticos despilfarros, tales como mandar a un congreso internacional de arte a una «artista» cuya performance consistía en ponerse a orinar en público.

Para el usuario joven promedio, que juega fundamentalmente a juegos online, Fortnite, Gta V Online, Call of Duty o Fifa; va al cine a ver comedias palomiteras o pelis de acción de fácil digestión; lee novelas románticas de escaso valor literario; o escucha música de géneros pop comercial, reggaeton hecho a partir de cuatro notas o trap- a menudo generada por ordenador- la cultura consumida es básicamente ‘cultura pop‘, hecha por y para entretener y no necesariamente para el desarrollo intelectivo o la adquisición de cultura general.

Queramos admitirlo o no, la mayoría de jóvenes no tiene un particular interés por adquirir alta cultura, ni por almacenar conocimientos sobre materias de las que no sepan que van a sacar un provecho a corto plazo, ni por aprender idiomas. La prueba fehaciente es que la mayoría no se molesta en aprender bien el inglés, ni en visitar museos, ni en desarrollar unos sanos hábitos de lectura, cuando los recursos que ofrece internet para tales menesteres son prácticamente ilimitados y, seamos claros y sinceros, gratuitos.

¿Hasta qué punto tiene sentido que el estado financie a la industria del ocio y del entretenimiento?

Aclaro que yo soy el primero que AMA los videojuegos, y hablo de los videojuegos en general, no solo los que claramente tienen un contenido histórico y cultural reseñable. Asimismo, adoro el cine en general, no solo el que tiene un marcado cariz intelectual o filosófico o el que ha trascendido y marcado una época. Igualmente, la música popular moderna me ayuda a sobrellevar el día a día.

No sé qué habría sido de mí o quién sería yo, de no haber podido escuchar en su momento a los grandes grupos de rock; o de no haber visionado célebres sagas cinematográficas como El Padrino, Terminator o Mad Max; o de no haber visitado tiempos y lugares históricos remotos a través de los videojuegos. Este tipo de productos ayudan a dar sentido a la vida y, por descontado, son cultura. Son parte de lo que somos y un reflejo de nuestras inquietudes, deseos y pensamientos.

Pero, insisto, son productos no de primera necesidad, sino «de lujo»- en algunos casos- y de consumo, en cualquier caso, fundamentalmente y por encima de cualquier otra consideración.

Me cuesta entender que en un país con los problemas socioeconómicos de España, el Gobierno vaya a gastarse en torno a 200 millones de euros en regalar a todos los jóvenes de 18 años un bono de 400 euros para invertir en «cultura», sin condiciones y entendiéndose por «cultura» prácticamente cualquier producto de ocio. Bueno, salvo ir a los toros, aunque esta sea, paradójicamente, una industria que genera más dinero que el cine español.

La inmensa mayoría de jóvenes no tiene un interés marcado por el teatro o los libros de alto valor literario. Estas ayudas no se van a ir destinadas solo a esos aspectos, por los que tampoco van a conseguir fomentarlos en la juventud. Es más que evidente que el dinero de las ayudas no va a ir a parar a teatros y librerías, y menos en una época en la que acceder a un libro X de forma totalmente gratuita es tan sencillo como dar un par de clicks.

Para más inri, la mayoría de jóvenes que perciban los cheques no van a contribuir a la cultura española o a reforzar algún de industria nacional. La mayor parte del gasto va a efectuarse en multinacionales como Game o en películas de Hollywood; es de sobra conocida la animadversión que la mayoría de jóvenes sienten por el cine español, aunque no les faltan motivos, la verdad.

Sí, quizá los cines y algunas tiendas empezarán a facturar más después de un largo y duro periodo de pandemia. Pero será a costa de que el conjunto de la sociedad tenga que pagarle una serie de caprichos a unos adolescentes recién entrados en la adultez.

En otras palabras, la mayoría de jóvenes que perciban las ayudas de 400 euros se lo van a gastar, sin demasiados miramientos, en productos de ocio, música y entretenimiento digital. Productos que deberían pagarse ellos mismos o sus padres.

A la sociedad en su conjunto, este capricho del Gobierno le costará dinero- y le enfadará, en caso de ser conscientes de a qué se están destinando sus impuestos-. Pedro Sánchez sin embargo, habrá cumplido su objetivo, que no es otro que «comprar» el voto joven con el dinero de todos.

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