Derechos y «falsiderechos», realidad actual (y II)

Ruego a usted me disculpe, estimado lector, si he demorado tanto en continuar la entrega correspondiente a la segunda parte de la columna sobre los «falsiderechos», pero bien sabe que la mente es curiosa, y alterna al mismo tiempo diferentes proyectos, sin descuidar, eso sí, lo que adeuda, como es el caso.

Finalizaba la primera parte de la columna anterior señalando como «falsiderechos» –o, si lo prefiere, «derechos falsos»– aquéllos que concedían a entes de naturaleza no humana derechos análogos –si no es que a veces superiores– a los que han de gozar los legítimos y primarios detentadores de los mismos, o sea, los seres humanos (y «las seras humanas», para que vea usted que también voy aprendiendo sobre «lenguaje y lenguaja» de eso que ahora se atreven a denominar “inclusión”–, y le ponía el ejemplo de cómo una tortuga o un manglar, seres vivos, sí, pero de naturaleza no racional, sin inteligencia, libertad ni voluntad –por mucho que se empeñen los defensores animalistas en atribuirlos a lo que siempre se ha denominado «instinto», que también reside en el paleocórtex humano–, pueden tener (y de hecho, por “gracia” de la ley positiva, tienen) las personas humanas –sin entrar a las teorías de la ficción jurídica, que conceden derechos a las instituciones, empresas, etcétera, para poder hacerlos sujetos de responsabilidad y obligación, especialmente ante Hacienda y ante los ciudadanos con derechos violentados–.

Así las cosas, fíjese que me he tenido que sorprender e incluso escandalizar más de lo que ya cabía en mí, al enterarme que legislaciones provincianas, nacionales e internacionales ya conceden derechos a los pájaros para comer frutos de los árboles, al mismo tiempo que prohíben a los propietarios de los campos la tala de esos árboles, la protección de la fruta (con redes, invernáculos, etcétera), e incluso consumir las zarzamoras de los caminos. Claro, son para los animalitos… Si usted quiere degustar unas moras, ¡cómprelas, que para eso trabaja, y que así apoya “solidariamente” al Estado con el pago de impuestos! Lo mismo sucede a la hora de sembrar y fumigar: usted podrá echar herbicida si paga la tasa correspondiente y le dan su licencia; en caso contrario, no puede poner herbicida. ¿Será que el pago exime de contaminación o “ecosostenibilidad” y el impago no? “Cosas veredes, amigo Sancho, cosas veredes…”, diría el Hidalgo.

Y claro, la estulticia de los legisladores (que creen descubrir siempre la cuadratura del círculo) les lleva a aprobar iniciativas tales como el “Documento Nacional de Identidad de los Canes”, obligando a los propietarios a tomar unos cursos especiales de capacitación para poder seguir conviviendo con su mascota… Conste que soy el mayor y más ferviente defensor de los animales, y que poseo varios de distintas especies, al mismo tiempo que sufro cuando se maltrata a cualquier animal, pero de eso a poner por delante unos supuestos “derechos animales” –«falsiderechos», recuerde– por encima y delante de los derechos humanos –y en nombre de los mismos derechos humanos, para más INRI– de las personas… ¡hay un abismo! El abismo de la idiocia, el chiringuiterismo, la ideologización y presunta reivindicación de “superioridad moral” de los proponentes (y gozadores en muchos casos) de esas leyes tan “progresistas” –y no, no es lo mismo el progresismo que el progreso, claro está, como lo recogí en una columna anterior (https://nuestraespana.com/columna-de-la-reconquista-ni-lo-compre-progresismo-no-es-progreso/). ¡Pónganse de acuerdo, caray! O aprueban la zoofilia –como ya se ha hecho en Canadá, y sin tener consentimiento del animal correspondiente, que yo sepa– o defienden su cuidado, protección, manutención… Pero “soplar y sorber, no puede ser”.

O sea, que tengo que pagar la multa por no tomar un cursillo para estar (supuestamente) capacitado para tener una mascota doméstica (dinerito que se va derecho al Estado), al mismo tiempo que hacerme responsable de los daños y perjuicios que esa misma mascota pudiere ocasionar a terceros (ya ve que hay animalitos que salen “como balas” hacia personas uniformadas, hacia niños o hacia olores apetitosos), pero no hay problema alguno en que seres humanos que se comportan mucho peor que mascota alguna (no sé, déjeme pensar… quizá diputados pateadores de policías, quizá manadas de inmigrantes que violan niñas y mujeres –sin que el Ministerio de “Igual-dá” diga ni “mú”, pese a su grito de: “yo sí te creo, hermana”–, quizá políticos corruptos condenados por sentencia firme) estén cobrando tan sabrosamente sus sueldos, ayudas y mal adquiridos caudales… Como escuché en un programa: “No sé, Rick, parece falso…”.   

Aplica igual para otros animales de clase superior –me refiero a los homo sapiens sapiens, esa clasificación a la que usted y yo pertenecemos también, amable lector–, que pueden exigir operaciones gratuitas de cambio de sexo en base a un “libre derecho al desarrollo de la personalidad”, pero si usted tiene cáncer, ¡a pagar o a morirse en silencio! Y mientras pintan muchos buzones de Correos de todos los colores –algo importantísimo para que ningún buzón se sienta excluido, porque a las personas les importa un comino de qué color estén–, las denominadas (y muy reales) «colas del hambre» siguen aumentando por todas las ciudades de nuestro país. Entonces, ya ve que no es cuestión de Presupuestos o de dinero, sino de que lo hay para lo que se le antoje al botarate en turno que presida un ejecutivo municipal, provincial, autonómico o nacional (y que no proviene de su propio bolsillo, sino de los impuestos que usted y yo pagamos, claro, y cada día más elevados). ¿Puedo decir que es una vergüenza absoluta, una aberrante ética y una completa estupidez o me multarán por ejercer mi libertad de expresión?

A eso, entre otras muchas cosas más, denomino «falsiderechos», por mucho que estén empeñados en hacerlos tragar –o inyectar, o inocular, o meter por el… estribo y la retina, o sea, el oído y la vista– a todos nosotros. Urge derogar imbecilidades que “robustecen el escudo social”, y urge que devuelvan hasta el último centavo desembolsado para ello, al mismo tiempo que urge más todavía que se legisle y aplique el Presupuesto al verdadero desarrollo personal y social: educación –no adoctrinamiento–, familia –no esas babosadas de unión entre buitre-persona, persona-rata, o la combinación que ni Dalí en sus más surrealistas sueños pudiera considerar–, vida, agricultura, comercio, hostelería, empleo… Siga usted la lista, porque en verdad, EXIGIRLO SÍ ES SU AUTÉNTICO DERECHO.   

@CondestableDe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *