Creo que ya no «somos todos Miguel Ángel»

Un 12 de julio de fatídica memoria, con un 13 de julio pleno en dolor, angustia, rabia, consternación, lamento y unidad. Fue en 1997, ya 25 años ha, como bien recordará usted, señor lector. Así lo expresé también hace un año, en la columna intitulada “¿Todos somos Miguel Ángel todavía?”, misma que le dejo a continuación:

Leer: ¿Todos somos Miguel Ángel todavía?

En aquel entonces me preguntaba (¡ingenuo de mí!) si ese clamor nacional que llenó las calles, plazas, universidades y medios de comunicación en contra de la banda terrorista ETA, era en realidad un hecho, si manteníamos vivo el recuerdo de la unidad social contra el cobarde salvajismo de la ideología bandolera y sanguinaria de ese aborrecible grupo armado. Eso era entonces. Hoy, tras haber “celebrado” el 25 aniversario del brutal asesinato de un ciudadano pacífico (sin olvidar, por supuesto, los 3,500 atentados con más de 7,000 víctimas, que se plasmaron en 853 asesinatos, de los cuales 22 fueron de niños), hemos asistido no al mantenimiento de la condena de ese terrorismo, sino al blanqueamiento de los brazos políticos de tan despreciable organización (Geroa Bai, Bildu, etcétera), a tal grado que los asesinos reciben homenajes, prebendas y beneficios penitenciarios (teniendo representación en el Parlamento y las Cortes, en múltiples gobiernos locales y autonómicos, e incluso en el Parlamento Europeo) mientras que las víctimas reciben un acto descafeinado de elitismo político (aun con la presencia de las máximas autoridades). Vergonzoso, execrable, asqueroso y deleznable.

Nos dicen que la ETA ha desaparecido, que no hay lucha armada alguna. Considero que es falso, por el juego de palabras que se hace de la veracidad. No ha desaparecido la ETA, y la lucha “armada” no usa armas de fuego pero sigue incendiando mobiliario urbano, lanzando piedras y botellas, insultando a quien difiere de sus “métodos”. Y todo ello con la aquiescencia de las autoridades y gobiernos, que desde presidencia de gobierno hasta ministerios de justicia e interior, ahora se coluden con los asesinos para gobernar en una coalición destructiva, con pactos ignominiosos y proclamas asquerosas. ¿Dónde quedó la justicia, la dignidad, el reconocimiento y la reparación del daño? Simplemente, no quedaron. Al igual que la ETA no entregó ninguna arma tras su supuesta “desaparición”, ni devolvió una sola peseta después de anunciar su “desaparición”, tampoco ha reducido un decibelio en sus gritos de ofensa a España, a la dignidad de las víctimas ni a la construcción difícil de la armonía social. ¡Vaya, si hasta quieren hacer ley el homenaje y recuerdo de los viles sicarios homicidas!

Mientras tanto, la indiferencia se adueña, como letargo invernal, de las mentes, los corazones y las personas. Nuestros niños y jóvenes no conocen la realidad que vivimos (porque no se les enseña, sino que se les alecciona, ideologiza y pervierte), nuestros coetáneos prefieren vivir en silencio bajo apariencia de “paz”, y nuestros mayores son carne de cañón para experimentos génicos y muerte, a fin de que nada digan sobre los tiempos pasados. O tempora o mores, clamaba el gran orador y legista romano Cicerón. No se trata de nostalgias del pasado, sino de la constatación de la pérdida de valores, principios, esfuerzos y sacrificios, logrados mediante el derramamiento de inconmensurables cantidades de sangre, sudor y lágrimas.

Nos creemos detentadores de todos los derechos (y no dudo de los que son inalienables) pero no queremos cumplir ninguno de los deberes (que nos impone tanto la ética como la conciencia, la convivencia y la sociedad). Nos llenamos la boca de palabras novedosas (“inclusión”, “co-gobernanza”, “transición ecológica”, “democracia plena”, “ecosostenibilidad”, “energía verde”) y otras no tanto (“tolerancia”, “respeto”, “dignidad”, “progreso”), pero ni sabemos qué buscan ni cómo se manejan, puesto que unas en nombre de otras abusan para poner a todos contra todos, porque aquellos tan inclusivos no respetan a quienes difieren, la democracia se ha prostituido en ser indirecta cuando el pueblo no decide sino que lo hacen los representantes, y la energía (que no tiene color) no alcanza ni para desmentir al mercachifle oclócrata y demagogo de turno.

Es deber de persona honesta y honrada reconocer la verdad cuando ésta se presenta ante ella, y por eso mismo, también expresarla y difundirla con sinceridad y sin miedo: la historia no se rige según calificativos (“democrática”, “inclusiva”, etcétera), sino según el método riguroso y científico de la objetividad. Por ello, es aberrante y molesto en sumo grado que la Historia sea reescrita por las ideologías predominantes en uno u otro momento, para obtener réditos políticos o sociales según su interés. Que España vaya olvidando la existencia del terrorismo armado, del terrorismo político y del terrorismo económico (¡ojo, existe igualmente cuando por ley o por fuerza se imponen medidas coactivas y coercitivas gravosas en perjuicio de la población!) es permitir que el historicismo (la consideración de los hechos históricos según las circunstancias de una determinada época o pensamiento posterior) impere en la educación y la cultura. ¿Acaso se va a exigir reparación de daños a la República de Italia por la destrucción de Numancia a manos de Escipión en el siglo II a.C.? Sería necio, tanto como pedirle al Vesubio que se disculpase por la lava que sepultó a Pompeya y Herculano en el siglo I d.C. Pero, al parecer, los conocimientos e inteligencias del des-gobierno que preside el Ejecutivo en España no sabe dejar en el pasado lo pasado, cuando son hechos de imposible reparación (y le ruego me ahorre tener que impartir la cátedra jurídica sobre ello, mejor pidamos a los cientos de asesores que se ilustren al respecto).

Es deber de sociedad avanzada aprender de esa historia, para no repetir sus errores, sino aprender de sus avances. Pero, al igual que ella muestra persistente la realidad, de la misma forma (aunque tozuda e impertinente) se esfuerzan los necios en torcerla, disfrazarla y usarla. Eso ha sucedido con el asesinato de D. Miguel Ángel Blanco y tantos cientos de compatriotas. Eso seguirá sucediendo (aunque sin disparo cobarde) con muchos más, ya bajo el terror económico (la presión fiscal es angustiosa para el honrado trabajador y sus dependientes, y nada sencilla para quienes buscan generar empleo), ya bajo el miedo a la ley injusta que, por atribución de números y no de legitimidad ni esencia, se impone mediante orden, decreto y coalición (para que luego nos hablen de “condenar las dictaduras”…).

No, no somos ya D. Miguel Ángel Blanco, porque olvidamos su entrega, servicio y asesinato cuando se reivindica la “dignidad” de sus asesinos. Pero quizá seamos D. Miguel Ángel Blanco cuando nos toque caer, tarde o temprano, en similares manos terroristas (bajo apariencias legislativas que violan la conciencia, coacciones económicas que violentan el legítimo progreso y bienestar, o daños “colaterales” propiciados por políticas ineficaces de políticos aún más torpes). De todos nosotros dependerá recordar y aprender… u olvidar y sufrir.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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