Con permiso de Santo Tomás

Se hace bastante duro eso que dicen de defender a capa y espada aquello que vienen a llamarse “principios”. No por nada, a cada momento que pasa, a cada uno de nosotros se nos presenta una prueba distinta con la finalidad de verificar la fortaleza de los mismos.

Es decir, si esos bien o mal llamados principios son sólidos, en teoría no deben tener mucho problema a la hora de afrontar dificultades, permaneciendo en pie, semejante a los buenos cimientos de una construcción.

La defensa de unos determinados principios conlleva muchas veces el camino de la soledad, y es en ese sentido que la figura de Alvise Pérez cobra un interés aún mayor, si cabe

Más allá de la polémica que este personaje pueda suscitar entre el conjunto de la ciudadanía, capaz de hacer que personas de mentalidad maniquea declinen a favor o en contra del mismo sin término medio, lo que hay que tener en cuenta son distintos aspectos antes de emitir un juicio previo a su figura.

Tal como dijera Paco Umbral, “yo he venido aquí a hablar de mi libro”, así que cuestiones como el tratar al protagonista de este artículo desde el punto de vista personal, quedan, o intentaré que queden descartados, debido a que, no se puede, o por lo menos no se debe, emitir un juicio sobre aquello que no se conoce.

A colación de lo ocurrido estos últimos días acerca de la aparición, más bien de la posesión y difusión por parte de Alvise de una serie de documentos “incriminatorios” hacia la persona de Jano García y su empresa con respecto al cobro de dinero público de la CAM, me gustaría hacer la siguiente reflexión:

Algunos tenemos gran estima a Jano García. Somos asiduos oyentes de sus podcasts en la medida de lo posible, y tenemos en la lista de pendientes entre otros, su último libro, “El rebaño”. No obstante, como lo cortés no quita lo valiente, a algunos nos da que pensar si realmente existe alguien en España capaz de ser verdaderamente coherente con lo que hace y dice. Coherente, y sobretodo, fiable.

Naturalmente, me refiero a ambas partes, tanto al acusador como al acusado. Y es que a nadie escapa que tanto por el lado de Alvise, como del círculo de amistades del propio Jano, se ha iniciado una guerra abierta para demostrar si uno u otro mienten, unos por una cosa, otros por otra, etc.

Por otro lado, cabe la posibilidad de que todo sea parte de un teatro, que esa guerra, metafóricamente hablando, no vaya más allá del típico juego de trileros que al final, acaba beneficiando a ambas partes gracias al popio espectáculo, dejando al público, en este caso a los ciudadanos, con una sensación extraña, como si supiéramos de alguna manera, que nos toman por tontos.

Sin embargo, hoy por hoy, aunque me cueste, quiero dar mi voto de confianza a Alvise, debido a que, a diferencia de Jano, ha demostrado (aun teniendo un pasado en Ciudadanos) no casarse ideológicamente hablando, e ir metiendo palos, dicho de manera metafórica, tanto a izquierda como a derecha, lo que le habrá ocasionado más de un disgusto.

“Quien dice verdades, pierde amistades”, con permiso de Santo Tomás. Así nos pasa a los que desde jóvenes hemos intentado enarbolar la bandera de la verdad, de la dolorosa verdad. La verdad, además de dolorosa, es directa. La verdad os hará libres, aunque también puede dejaros cada vez más aislados. Es duro, pero es así. Quizás llegue el día en el que me arrepienta de mis palabras y reniegue de las mismas, pero, hoy por hoy, como decía antes, no es ese el caso.

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