Columna de La Reconquista | “Y para abajo que va la religión…”

Habiendo terminado los sagrados días de la Santa Navidad, que espero hayan sido venturosos para usted, señor lector, me di cuenta de que, independientemente de las creencias que cada quien profese –como es su derecho humano y fundamental–, es un hecho que la práctica religiosa va cayendo en picada, cuesta abajo y sin freno, al menos en lo referente al Cristianismo (aunque la tendencia es similar en todas las confesiones, exceptuando, quizá, la religión del Islam, “de la paz”, según dicen, si bien no podría considerar un “ejercicio de libre decisión” el que viene sojuzgado por imposición de cimitarra y fanatismo en muchos de los casos).

Sea como fuere, los datos hablan solos (y no, no son encuestas telefónicas ni tendencias del CNI): es un fenómeno mundial –o algunos dirían “global”, término más de moda–, con las consecuencias que ello apareja, especialmente en la formación de principios y valores, en consecución de fines basados en la práctica de la caridad, la esperanza y la fe –parece ser que da alergia lo transcendente–, sin olvidarnos de la preservación de tantísimos lugares con historia y tradición, arte y patrimonio, consagrados a la divinidad (me duele reconocer que en algunos lugares ya solo se mantiene por “turismo” o interés).

Veamos cifras: el siglo XXI en España inició con un 85% de la población que se reconocía “católica”, para descender, a finales del pasado 2021, a un 61% de la población. Y, puestos a ser positivos, no me extrañaría tanto el dato si esos millones de personas “desaparecidas” del censo hubiesen cambiado de creencia o religión –como es su derecho, sin duda, aunque no termino de creer que se abandone lo bueno en búsqueda de sucedáneos–, pero, ¡vaya!, no es así, puesto que el número de creyentes de otras confesiones solo varió entre el año 2000 y el 2021 del 2% al 3%. ¿Dónde está el fallo, entonces? En las cifras de espanto que son un foco rojo –en el sentido de “alarma”, no es cuestión política–, ya que entre los que se reconocen “ateos” (aumentando del 4% al 13%) y “no creyentes” (incrementando su número del 9% al 21%), tenemos un 38% de compatriotas a los que la religión importa un pimiento… Y esto sí es grave, puesto que iniciábamos el milenio con un 13% en tal rango (que no es dato baladí, sino indicativo de un problema grave en ciernes).

Cuando se observa un problema del tipo que fuere, primero se diagnostica y luego se pronostica; es decir, primero se han de buscar las causas y posteriormente se han de tratar los efectos. Y no es para nada una tarea grata, porque –salvo milagro divino–, esto ya es una necrosis seria, una metástasis moral y mortal. ¿Causas? Hay muchas… desde la comodidad que implica el egoísmo (primero yo, luego yo, después yo), muy fomentado por el relativismo, el hedonismo y corrientes por el estilo –que abarcan el globalismo, el ecumenismo, el nihilismo filosófico y algunas tendencias políticas, ahora sí, de férrea tradición antirreligiosa, como el comunismo o el socialismo–, hasta, ¡innegable!, el antitestimonio de fe y coherencia que damos los que nos confesamos “creyentes practicantes” –desde la máxima jerarquía hasta el último de los bautizados–. A ello, sin duda, se suman los descubrimientos de testimonios de esa incoherencia total entre “fe” y “vida”, como son los casos de pederastia, fraude, nepotismo y cobardía (siendo el primer caso el más vil, salvaje y condenable, al igual que el último es el más despreciable).

Ahora bien, si el diagnóstico ha sido amargo, el pronóstico parece también desconsolador. Si, como reza el refrán, “nadie da lo que no tiene”, ¿cómo se transmitirá la fe? ¿Cómo se enseñará la verdad? ¿Quién educara en los más altos valores y principios que el Divino Salvador enseñó, si la Iglesia por Él fundada ahora calla y tiembla? No dejo de recordar el versículo bíblico, que afirma que “el inicio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov. 1,7) –entiéndase “temor” como “respeto”, puesto que no hay miedo alguno ante el Padre de amor y misericordia–. Pero más reverberan en mis oídos las admoniciones del Salmista: «Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”» (Salmos 14 y 53). Aunque Dostoievski afirma que no existe el ateo –puesto que quien no cree en Dios habrá de creer en sí mismo, en el dinero, en el placer, en lo que sea, ya que el ser humano es religioso por naturaleza–, sí que existen el desconocimiento, la ignorancia y el relativismo atroz; y por mucho que Nietzsche escribiese que “¡Dios ha muerto! ¡Viva el superhombre!” –que son, más o menos, la esencia del postmodernismo transhumanista de estos aciagos tiempos del globalismo–, yo glosaría la nietzscheana sentencia con un mayúsculo: “¡Nietzsche ha muerto, viva Dios!”.

No cabe desesperanza en el corazón creyente –pese a los embates de tormentas y tempestades que agitan la nave de la vida y las instituciones–, al igual que no cabe odio en el Dios de la vida, el amor y el consuelo –aun cuando quieran sustituirlo por una especie de nueva “diosa razón” como en el siglo XVIII, o la Pachamama (ecosostenible, claro) o la falsa tolerancia hacia lo que es injusto, perverso y dañino–. ¿Que somos pocos? Los Apóstoles eran doce –y uno, además, traidor–. ¿Que es difícil y peligroso anunciar la Buena Nueva? Siempre lo ha sido, desde la persecución de Nerón en el año 64 hasta la Cristiada mexicana o la Cruzada Española de los últimos años 30 (sin contar las persecuciones intermedias, o las presentes, como en Pakistán, Indonesia, Rwanda, etcétera). ¿Que solos no podemos? ¡Ay, hombres de poca fe que somos!

“¡Ay de mí si no evangelizare!”, nos dice el Apóstol (aunque al actual ocupante de la Sede de Pedro no le guste en lo más mínimo, puesto que afirma que no debemos hacer prosélitos, o sea nada de anunciar conversión para la salvación). ¡Ay de nosotros si no lo hacemos!, porque más grande que esta caída será la eternidad en condena… Perdóneme, amable lector, si me puse apocalíptico, porque para nada era mi intención… Solo quería recordar que todos tenemos el deber de enseñar, de santificar, de gobernarnos (y ayudar al buen gobierno de los demás). ¿O quiere dejar esta ingente pero maravillosa labor de siembra en manos de los lobos disfrazados de corderos? ¿Ha de ser el grajo quien supla al ruiseñor? ¿La hoz sustituirá la Cruz –que bien lo van logrando los siniestros personajes gubernamentales– o ha de ser al revés? No dudo de la Providencia divina, pero sí vacilo ante la debilidad humana.. ¡Firmes, fuertes y congruentes es como habremos de responder!

Solo le deseo una fructífera reflexión… y coherencia para poner por obra lo meditado.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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