Columna de La Reconquista | Violencia e inseguridad desbordadas, para empezar…

Usted, señor lector, al igual que yo, nos sentimos pasmados y sin saber qué hacer ante tanta violencia a nuestro alrededor. Nos angustian los horrores de las guerras (en Ucrania, Sudán, Yemen, Etiopía, etcétera), pero igualmente las extorsiones que arbitrariamente se imponen por todos lados: los asaltos diarios, los secuestros, palizas y asesinatos, la barbarie de quienes destrozan cuanto pueden, las agresiones y ofensas a hombres y mujeres, el abandono de las fronteras y los fenómenos de migración ilegal, la corrupción, etcétera.

Y no me estoy refiriendo únicamente a la esfera de lo privado (entre particulares), sino también a los auténticamente criminales públicos, que, con base en la impunidad de sus cargos, en los tumultos de sus fanáticos seguidores, en el fanatismo de sus nefastas ideologías y en la idiocia más burda de la ceguera intelectual, solo saben acrecentar los males de la Patria y de cada ciudadano de la entera geografía del Reino de España, sin ambages ni disimulo alguno. En fin, se corrobora, como escribió en 1862 Minelli, que estamos “donde el bueno es oprimido, donde el malo goza y triunfa, donde el crimen es santificado y el poderoso adulado, donde la virtud sufre y el vicio se extiende…”. ¿No parece una certera descripción de los actuales tiempos de España, Europa y el Planeta? A mi pobre consideración, sí: los ataques furibundos a la vida, a la religión, a la libertad, a la propiedad y a la dignidad son la evidencia de este “pan nuestro de cada día”.  

La inseguridad invade hogares y espacios –y no me refiero únicamente a la “okupación” ni a la inmigración ilegal, sino también al temor de vernos rechazados en nuestras propias casas y por nuestros familiares ante verdades como puños que muchas veces no pueden (o no quieren) ver–. Nuestras autoridades están rebasadas. Por más que desde muchos medios les hacemos ver los sufrimientos diarios del pueblo, que se siente indefenso, abandonado, hambriento e inseguro, no nos ofrecen soluciones más “efectivas” que aumentos de impuestos, encarecimiento de productos básicos, ideologización de la educación, hipersexualización y relativismo férreos, estigmatización de quien discrepa, etcétera. Incluso ya no quisiéramos ver noticias, porque resaltan mucho los sucesos tristes y alarmantes; sin embargo, no podemos aislarnos y vivir en el aire; somos parte de un pueblo, el noble pueblo español, víctima de delincuentes de baja estofa encumbrados en el poder (o vinculados a él) y de delincuentes de ninguna estofa –que se aprovechan de la debilidad gubernamental y la pasividad nacional– (por no citar a los delincuentes de “alta estofa”, en organizaciones internacionales, foros y demás rebaños)… ¡Menos mal que transportistas, ganaderos, agricultores, pescadores, jornaleros, taxistas, ambulancias y miles de trabajadores más han alzado la voz! Aunque, lastimoso es decirlo, no encuentran mucho eco en la ciudadanía, que solo sabe (o sabemos) emitir quejas sobre el encarecimiento de los productos –sin señalar responsable–, el precio de la gasolina –ídem– y la próxima cepa gripal de la Semana Santa –ibídem–, sin reaccionar aún ante la tiranía disfrazada de “democracia, diálogo y consenso” en un gobierno –o «desgobierno»– que ya de legítimo no tiene ni el nombre…

¿A qué se debe tanta violencia? Muchas veces se dice que es por la pobreza y la falta de oportunidades, y que, por tanto, ofreciendo educación «ideologizada» y trabajo en “chiringuitos” o con temporalidades de risa a los jóvenes, o con “subsidios” del mal denominado «género» el mal va a disminuir. Los hechos demuestran que este es un fenómeno incontrolable, a pesar de todas las palabras tan “chulis” (y vendedoras de humo) de las autoridades, de sus promesas, programas y “robustos escudos sociales”. Aunque se incremente la presencia militar y policial –a la que no dejan actuar según legítima justicia, sino a veces en indecente obediencia a ilegítima legalidad–, los violentos siguen imponiendo sus leyes –me da igual su “ADN político”: o son separatistas, terroristas y demagogos con sus «cachorros», o bien son extranjeros ilegales, pendencieros y desintegrados–. Lastimosamente, el «des-gobierno» actual no recuerda que si diariamente se ofende a los opositores y se les descalifica –o se permite que lo haga cualquiera, en la esfera pública o privada–, se pierde el respeto y la cordura social. No se puede combatir la violencia siendo violento con palabras y reacciones primarias, ni negando la historia común, intentándola borrar tanto de los libros (en la más draconiana censura) como de las memorias personales.

Además de otros factores que originan violencia, siempre seguiré insistiendo en dos: la ausencia de Dios y la desintegración familiar, porque son ejes vertebradores del sano desarrollo y crecimiento de las personas y las sociedades. Aunque algunos políticos y delincuentes aparentan ser muy religiosos y se declaran «creyentes», no aceptan a Dios realmente como el Señor de sus vidas, como Aquel que les orienta en sus decisiones; su dios es el dinero, el poder, el placer, el vencer a sus contrarios. Si Dios fuera de verdad importante para ellos, todo sería diferente, pues lo que Dios menos quiere es que sus hijos se destruyan unos a otros. Y si los hogares cada día se deshacen más, si se destruye la vida del no nacido o del anciano, si los matrimonios se disuelven por cualquier motivo, si no hay respeto entre esposos e hijos, si el libertinaje se impone en las costumbres –bajo el ya citado pretexto de «género» o de ideologías corruptas–, no hay forma de que la violencia social cese.

¿Qué cabe hacer ante tal cúmulo de males y desgracias? Solo una cosa: reivindicar el bien, luchar por él, exigirlo como el propio aire que necesitamos para respirar –sin connotaciones pandémicas, por favor–. Y para ello, por difícil que sea, se requiere la unidad de quienes buscamos el bien común, sin distingos ni discriminaciones, sino en base a la justa ley, la ley natural, los valores y forma de vida que nos han distinguido y caracterizado. Las divisiones solo ayudan al que divide, nunca a los divididos (vean por ejemplo los casos de divorcio, nunca agradables, siempre dolorosos y dañinos, aun cuando a veces necesarios).

¡Cuánta falta nos hace mantener la fe entre nosotros, como sociedad y como familias (confianza), la fe en el mantenimiento de lo bueno (esperanza) y la fe en el Todopoderoso, que alienta, guía, anima y fortalece! No nos extrañe que, carentes de todo ello, nos vayamos “al garete”, porque de necios es esperar que quienes crean los problemas pueden también solucionarlos (¿acaso van a pagar los integrantes del Ejecutivo las multimillonarias deudas con las que han hipotecado el presente y futuro de España?). No hay resiliencia, sororidad, transversalidad, sostenibilidad, «desmemoria histórica y democrática», «géneros» ficticios ni capacidad humana que pueda reconstruir algo donde nada queda. Y nada quedará si no detenemos esta espiral de violencia, inseguridad, arbitrariedad y despótica tiranía que nos ha envuelto como boa constrictor, asfixiando nuestros derechos, libertades, creencias y felicidad. El ejemplo de los compatriotas del transporte, del campo, de la mar, de la alimentación, de la energía… y tantos otros ciudadanos de bien ha de ser secundado, so pena de que nada sobreviva a la hecatombe que las nefastas políticas del actual «des-gobierno» ha creado y sigue alimentando como a un nuevo Moloc, sediento de sangre y sacrificios (nunca suyos, solo de los honrados trabajadores, los compatriotas más necesitados y las personas más vulnerables de la sociedad). 

¡Alcemos ya la voz, aunque sea por dignidad y no por necesidad (que también)! ¡Luchemos por nuestros derechos y por la existencia de un gobierno que se preocupa por todos los ciudadanos, sin excepciones ni acepciones! ¡Exijamos la defensa del territorio nacional (aun con la vejación de que la Armada ya no es “Española”), sin negar la ayuda al refugiado que así lo demuestre! ¡Recuperemos nuestra historia, tradiciones, fe, valores y principios, antes de que no queden ni en el baúl de los recuerdos! ¿Qué diría el laureado Rubén Darío, tras haber escrito: Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, si viese que nuestra tierra no es fecunda en vida, ni en riqueza, ni en valores, y que de “ínclita” solo le queda el nombre y la defensa que los patriotas intentamos hacer? Enorgullezcámonos de España, de Dios y de ser el pueblo que llevó la ley, la fe y el buen gobierno por el más grande imperio de la historia, y dejemos los cantos de sirena de las ideologías que adormecen y transforman en puercos, cuales marinos bajo la voz de Circe…

Hora est iam de somno surgere!

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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