Columna de La Reconquista | “Vaya con la ética y la conciencia…”

Bien usted sabe, estimado lector, que el ser humano, desde su creación, ha sido dotado –si gusta usted digamos que «por la naturaleza» o incluso «por el Creador»– de una conciencia, que le ayuda –en principio, y dependiendo cómo esté formada (o deformada)– a discernir entre el bien y el mal. Por supuesto, la formación de la conciencia depende mucho de los lugares, creencias, principios, valores, religión y época, pero no por ello deja de ser cierto que lo que llamamos «valores universales» son comunes a toda la especie humana –transcendiendo épocas, fronteras y opiniones–, conformando la «Ética».

Imagen titulada “Piensa…”, cortesía del diseñador gráfico y artista GRAPHIC NIN-J.A. 2021 para “La Reconquista”.

Así pues, los seres humanos –sin excepción de clase alguna– somos agentes (los que actúan) morales (bajo una costumbre o principio): decisiones, libertades, bien, mal: las elecciones revierten en la propia persona. La cultura actual relativista, hedonista y «emotivista» no califica lo ético como lo que es: valores superiores, principios surgidos de lo moral –no de la actual racionalidad científico-técnica–. Podemos hablar, sin embargo, de la recuperación del carácter intrínsecamente racional y objetivo: la moralidad es intrínsecamente humana, y repercute en el propio hombre.

El término «ética», por lo tanto,apunta a una realidad operativa humana (no del ser, sino del obrar). Procede del sujeto humano (tiene en él su principio) y acaba en él (recibe su beneficio o perjuicio); su especificidad es que el hombre puede realizarlo o no, o cómo hacerlo. Por ello, el término latino Dominus (“señor”), proviene de dominium, “dominio”: el hombre es quien decide, ya que es dueño de su obrar (aunque no es dueño de su ser, puesto que no se lo ha dado a sí mismo, sino que ha recibido esa existencia). Aquí comienza la libertad, el acto racional y libre. El acto ético acaba en el sujeto, y lo perfecciona internamente. Según la actuación, las acciones serán «transeúntes» –o sea, que pasan del sujeto actor al exterior, a algo externo, como cuando un carpintero fabrica una mesa, por ejemplo– o serán «inmanentes» –las que perfeccionan al sujeto, y se desarrollan en virtudes (lo bueno) o vicios (lo malo), creando disposiciones firmes, habituales, que revierten en el sujeto–. La diferencia entre estos dos tipos de acciones es que la acción inmanente perfecciona al sujeto en forma moral, la persona, mientras que la acción transeúnte, técnica, acaba fuera del sujeto en modo directo, aun perfeccionándolo técnicamente. Destaca el predominio que debe haber de la ética ante la técnica.

Algunos “incultos” –que no faltan, discúlpeme usted– han pretendido diseccionar la ética y la moral en base a la religión, y por ello hablan de una «moral civil» (lo aceptado por una mayoría) y de una «moral religiosa» (como si fuese de un sector minoritario). No debe darse la separación anterior: la moral natural (o sea, la ética) es intrínseca al ser humano por el hecho de ser, precisamente, humano; la moral teológica (religiosa) no lo desplaza, sino que lo eleva y trasciende con una finalidad ulterior, en busca de la felicidad eterna (por ejemplo).

Quod graeci apellant ethica, latini apellant moralia (así lo dijo Cicerón: “lo que los griegos denominan ética, los latinos llaman moral”). La definición nominal es la de los que la emplearon por primera vez. Etimológicamente, proviene del griego ethós (los asuntos morales, los resultados de las acciones del hombre), que deriva, a su vez, del sánscrito swedh-os (que contiene el pronombre reflexivo -se), que da lugar a expresar una inclinación seguida por repetición de actos, por costumbre. Según Heidegger, la “ética es la morada del hombre en el ser”, y provendría del griego ethéa, hogar, morada. Sin embargo, hay que resaltar que los griegos utilizaban el término como una residencia habitual a la que se va por costumbre, que da lugar a expresar una inclinación seguida por repetición de actos, por costumbre.

Claro, el objeto material de la Ética es el acto humano, en sentido estricto, racional y libre. Por ello hay diferencia entre los actos humanos –que son libres, racionales– y los actos del hombre –son físicos, naturales–. Si no hay libertad, no hay moral, simplemente. Y por ello las acerbas críticas a las restricciones que el Ejecutivo del Reino de España –y otros muchos gobiernos– han puesto al ejercicio de la libertad, pero ese es otro tema.

Acabando la idea, a su vez, el objeto formal de la Ética es el acto humano libre en tanto a su relación con la totalidad de la persona humana (el bien o mal). De aquí podemos llegar a una distinción en la moral: contemplar una «moralidad genérica» (ya que todos los actos humanos son morales, no hay actos amorales) o una «moralidad específica» (directamente el bien o mal).

Si a todo lo anterior, mi estimado señor lector, le añadimos que la formación de la conciencia reside primigeniamente en la moral que ha impregnado aquello que se transmite, donde se vive y con quienes se interactúa, podemos darnos cuenta de que en verdad estamos viviendo un «relativismo moral» –o «relativismo ético», tal es lo mismo–, puesto que el ser humano no busca ya referencias ni fines transcendentes, sino actuaciones inmediatas que proporcionen bienes efímeros, fines transitorios… sin acordarse de que solo la perseverancia y el esfuerzo posibilita que la conciencia, las virtudes y los principios se fortalezcan, mantengan, preserven y aumenten.

Claro, por supuesto… Es cierto que muchas de las conductas y valores aprendidos los tenemos desde la cuna –y se está acabando tanto el derecho a nacer como el de conformar una familia como la naturaleza manda–, las desarrollamos bajo el amoroso cuidado y protección de padres, profesores, amistades, etcétera – y también su vigilancia y corrección, obviamente–, y finalmente las hemos de disfrutar al recrearnos en el bien arduamente conseguido –pero legítimamente obtenido–, con el gozo de ver tanto el bien personal, familiar y de los que son seres cercanos como de la sociedad entera y de la Patria.

Por eso, acabar con lo que –o con quien…– está fulminando y demoliendo los pilares que sustentan los principios y valores éticos y morales que hemos recibido, que vivimos y en los que queremos perseverar, es un deber moral (como lo es la objeción de conciencia ante una petición que vulnere las legítimas creencias o como también lo es el derecho a la desobediencia ante las leyes injustas –sin que de aquí colija una soflama incendiaria a la rebelión de las masas, por favor–.

Finalmente, para quien aún tenga escrúpulos morales sobre las decisiones, dado que se tiende a confundir el «respeto» con la «tolerancia», he de manifestar que ambos términos tienen distintos significados y no son sinónimos. La «tolerancia» es un término más general, que se refiere a la “acción y efecto de llevar algo con paciencia (como define el DRAE). Sin embargo, el vocablo «respeto» se usa para indicar “veneración, acatamiento que se hace a alguien”. Mientras que la tolerancia alude a la actitud de una persona frente a alguna idea, creencia o práctica de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias –ya sea en ámbito racial, religioso, académico, intelectual, político, etcétera–, mientras que el respeto implica también una actitud, pero no relacionada con la paciencia, sino con el acatamiento, voluntario o no, hacia algo o alguien: a grandes rasgos, podríamos decir que el respeto puede implicar ser tolerante –dado que debemos aceptar ideas, creencias o prácticas distintas a las propias–, pero no puede darse al revés: la tolerancia no implica respeto, sino «paciencia» (soportar… o “tragar”, como coloquialmente se dice).

Así que actuemos en recta conciencia, con plena libertad, en pleno respeto y sabiendo tolerar –excepto el mal, puesto que, como bien afirma Thomas Mann: “La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es el mal”–, y elijamos lo que más deseamos para nosotros y nuestro País –aunque no sea lo más fácil, lo más cómodo, lo más tranquilo o lo más ameno–, y esforcémonos en que nuestra elección sea exigida en urnas y en juzgados, porque con la conciencia, ese “sagrario inviolable del ser humano” (decía Juan Pablo II), no se juega… so pena de nefastas consecuencias que padeceremos en nuestras carnes… y en las de quienes más amamos.

@LaReconquistaD

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