Columna de La Reconquista | “Vaticano y COVID, ¿fe o política?”

Estimo, señor lector, que está usted enterado de los diversos pronunciamientos que el Vaticano (entendido éste como la Santa Sede, o el Estado de la Ciudad del Vaticano, país soberano e independiente al tenor del derecho internacional, además de sede espiritual de los creyentes católicos) ha realizado acerca de cuestiones muy ajenas a los contenidos dogmáticos propios de la fe.

En efecto, después de que el muy poco Santo Padre Francisco declarase que “vacunarse” para la prevención del virus llamado SARS-CoV-2, COVID-19 o, simplemente, COVID, era un «acto de amor», cabe legítimamente cuestionarnos si la máxima jerarquía de la Iglesia Católica –amén de las cabezas jerárquicas nacionales e internacionales, como los presidentes de las Conferencias Episcopales de cada país, o el Presidente de la Conferencia Episcopal Europea– tiene como deber pregonar una política sanitaria o anunciar el Evangelio (que es en verdad el mayor acto de amor, al anunciar un sólido contenido doctrinal basado en la fe, la esperanza, la caridad, la misericordia, la fraternidad y la comunión o común unión). Mi humilde opinión es que no, rotundamente.

Seamos coherentes. La labor del magisterio de la Iglesia –que es como se le llama a los pronunciamientos que tanto el Papa como los Obispos en comunión con él realizan– no es “vender” políticas públicas, ni coaccionar a unos o a otros, ni promocionar la ecología (tema muy anodino, “progre” y de poco auxilio para la salvación, pero muy presente en los discursos eclesiásticos desde que el actual ocupante de la Sede de Pedro se dedicó a escribir su Laudato si, vulgar y prosaico remedo del Cántico de las Criaturas de San Francisco de Asís). Dicho sea de paso, esta Carta Encíclica es la primera en la historia del catolicismo (casi dos mil años) que se enfoca en la importancia del cuidado del planeta Tierra, los animalitos y las reformas que hay de hacer para su preservación…  Considero que convertir el mandato divino de cuidar la creación a convertirse en una especie de extraña ONG aconfesional va un abismo, de verdad.

Si bien es deber moral de la Iglesia –y por ende, de todo ser humano de buena voluntad– anunciar el bien, respetar la vida de todo lo creado –con los límites de la alimentación sana y nutritiva, variada y “sostenible”) y orientar incluso en las desviaciones ideológicas de ramas filosóficas, pedagógicas y políticas que pululan por el planeta, esto no infiere que el Vaticano sea ni sucursal de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni “panfletero” o “foca aplaudidora” de hipótesis (o incluso realidades) que no pueden obligar en conciencia a ningún creyente. ¡Claro que hemos de cuidarnos unos a otros, sí, y que tenemos que auxiliarnos en toda necesidad! Pero no pregonando “vacunas”, “políticas sanitarias”, “políticas ecológicas” o “políticas inclusivas”, porque no podemos enmendar la plana –coloquialmente hablando– a Dios Creador.

Siempre he criticado ampliamente las legislaciones de muchos países que prohíben a los ministros de culto –o sea, a los sacerdotes, pastores, mullahs o cualesquiera sea la denominación según una confesión religiosa y otra– expresar, anunciar, enseñar y difundir libremente su dogma, puesto que, aunque soy católico –y ruégole a Dios me permita perseverar y morir en esta santa fe–, no discrimino las “semillas de verdad” que todas las religiones tienen. Esto ya lo vamos a sufrir en España a partir del próximo mes de febrero, cuando el nefasto Congreso de los Diputados apruebe que será delito protestar públicamente contra el aborto, aun en pacíficas concentraciones poco numerosas que rezan por el nefando crimen que es el asesinato del no nacido. Pero lo anterior no es óbice para que igualmente critique que las religiones sean parte de la maquinaria propagandística de un estado –sea el que fuere, salvo que el estado se considere «confesional», puesto que sería su deber, pero estos ya escasean en el orbe–.

El Vaticano y Francisco son propaganda gratuita de una campaña de inoculación de terapia génica realizada en muchos casos con células madre de fetos abortados. Innegable, cuando los propios prospectos de las “vacunas” reconocen que contienen “células de alvéolos de embriones de 14 semanas”, como algunas lo presentan por escrito. Aborrecible. Incluso considero contradictorio que ese «acto de amor» pueda incluir material genético del mayor «acto de abominación»… Pero allá el Sumo Pontífice… Francisco (ni el Vaticano, por ende) no es «la Iglesia», sino un administrador de la misma, que puede o no ser fiel a la llamada divina – peores cosas hemos vivido en la Santa Iglesia, desde Papas de 8 años hasta Papas asesinados, simoníacos, corruptos… ya conocemos que en todas partes se cuecen habas– (y le ruego, amable lector, que no me pida poner en palabras si un papa puede o no ser hereje, porque eso ya se trató en el Concilio de Constanza en el año 1413).

Si el ocupante de la Santa Sede quiere, a título personal, dar su opinión, que manifieste que es tal, algo subjetivo y propio, ajeno al magisterio de la Iglesia y a su función como Sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo –sé que le duelen los títulos que todos los Papas han tenido hasta el siglo XXI y que él ha suprimido del Anuario Pontificio, pero… ¡quien se pica, ajos come!, así que lo seguiré diciendo–. Y ojalá sea cuestionado entonces, a título personal nuevamente, por los “perrodistas” (perdón, “periodistas”) amarillistas pagados por las élites de gobiernos, organizaciones y farmacéuticas, y por los que piensan lo contrario. Porque, claro, dentro de la Iglesia, por voto de obediencia, muchas veces se silencia al que busca decir la verdad (como sucede en toda institución humana, y la Iglesia lo es).

Finalizo, señor lector. Casta et meretrix, “pura y puta”, escribía San Ambrosio de Milán en el siglo IV de nuestra era… Claro, es un oxímoron (figura literaria de la antítesis), para señalar la santidad que tiene por su Divino Fundador, y los errores que comete por sus humanos y pecadores integrantes. Pero con Francisco, dedicado al globalismo, progresismo, política, ideologías de género permisivas y técnicas de “acoso y derribo” del disidente (como la prohibición de trabajar en la Ciudad del Vaticano a quienes no se hayan “vacunado”, o no permitir la entrada a los Museos Vaticanos a turistas que no hayan realizado ese «acto de amor», por ejemplo), es más meretrix que casta…Si el Evangelio pregona el amor es porque se basa en la igualdad, no en la discriminación; en la libertad de elección, no en la imposición; en la recepción de la misericordia, no en el rechazo. No nos extrañe la desbandada de fieles creyentes, como expuse en una columna anterior (https://nuestraespana.com/columna-de-la-reconquista-y-para-abajo-que-va-la-religion/). Meramente se cosecha lo sembrado. ¡Dios ampare su Iglesia y nuestro Planeta!

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