Columna de La Reconquista | Valientes con los difuntos, cobardes con los vivos

Repugnante hasta la náusea es la política felona, cobarde y dolosa, con sus representantes en todos los segmentos legislativos, ejecutivos y judiciales, que, so pretexto de «memoria democrática» es incapaz de refrenar las ansias de venganza, la sed de revancha y la desvergüenza implacable del abusador sobre aquellos que, difuntos ya, no pueden defenderse –aunque muchas de sus hazañas los ensalzarán por los siglos–, y, por abusos dictados por la idiocia, necedad, ceguera, estupidez y vesania legislativa, son perturbados en el descanso de la muerte.

Le seré franco: no sé qué sentimiento prevalece en mí en estos momentos en los que escribo, estimado señor lector, puesto que por un lado la tristeza me invade –aun cuando atemperada por la oración al Todopoderoso, único Juez verdadero–, mientras que por otro el coraje me enciende –moderado por el tener que sufrir con paciencia los yerros del prójimo–. Pero sí es amargura, toda vez que nunca es grato que hasta la paz de los lugares de descanso eterno sea profanada por los malignos retoños de aquellos que quisieron destruir la Patria en momentos álgidos –aquellos mismos que, en medio de su falsaria II República y su provocada Guerra Civil coreaban “Viva Rusia” o “Viva Stalin”, en lugar de gritar “Viva España”, a tal grado llega la manipulación del demagogo y la imbecilidad del inculto, pobre y ruin desdichado caído en sus garras–. Una amargura de Getsemaní, puesto que no puedo dejar de creer que todo lo malo sucede para que aprendamos y valoremos el bien que hemos de conseguir, construir, preservar y defender aunque “con sangre, sudor y lágrimas”, como reza el dicho.

Pero que es en verdad acto cobarde vengarse de los fracasos del pasado en los fallecidos de épocas antañonas se constata hasta en la historia –la auténtica Historia, no el sucedáneo amargado y falsario que imponen las mentes ponzoñosas con rodillos legislativos infames–. Cuentan que, cuando el Rey D. Carlos I de España (Emperador Carlos V de Alemania) venció a los luteranos en la batalla de Mülhberg, algunos de sus seguidores le solicitaron profanar la tumba del heresiarca Martín Lutero… El Emperador, con toda sabiduría, contestó a aquellos cortesanos vindicativos: “Dejadlo reposar, que ya encontró su Juez. Yo le hago la guerra a los vivos, no a los muertos”. Al parecer, desde 1547 hasta la fecha no hemos aprendido. Vileza tal no se había visto en Occidente desde que el año 897, cuando en aquellos oscuros años el Papa Esteban VI, durante el Synodus Horrenda (Sínodo del Terror), exhumó a uno de sus antecesores, el Papa Formoso, acusándolo de haber accedido al Papado de manera ilegítima. Esto provocó que su sucesor, Juan IX, en torno al año 900, promulgase en un Concilio que toda acusación en tribunales sobre una persona muerta estaba prohibida… Reitero: no aprendemos de la historia…

Y, siéndole franco nuevamente, no faltan macabros ejemplos de cobardías tales en las páginas de la historia reciente, no. Desde las profanaciones del panteón real de la Basílica de Saint-Denis durante la Revolución Francesa (en los años 1793 y 1794) hasta las del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial (tras la Revolución conocida como “la Gloriosa”, en 1870, y nuevamente durante la Cruzada Nacional en 1936), las profanaciones de ese tipo fueron muy habituales en los bandos revolucionarios y republicanos, que desenterraron innumerables restos de clérigos y reyes, so pretexto de «transparencia». ¿Cuánto más durarán en su tumba (todavía sin profanar) en la Capilla Real de Granada los restos de los Reyes Católicos? Hasta que algún pedante necio republicano legisle tamaña idiotez. Así de “valientes” son los socialistas, comunistas, separatistas, izquierdistas de toda mala ralea, ponzoñosa estirpe y despreciable progenie… Claro, así de valientes con los muertos, por supuesto, porque con los asesinos vivos, perpetradores de tropelías y desmanes genocidas, tintas sus manos y almas en sangre de sus víctimas… son bien agachaditos, cobardes, apocados y felones. Tenemos el palpable ejemplo de los secesionistas catalanes (y adláteres), los terroristas de la despreciable ETA (y adláteres) y un largo etcétera de cuantos solo han buscado el mal de España en beneficio de sus psicóticas «ideologías», fruto de depravadas mentes, extraviadas en la sinrazón. Pero, al parecer, tales sociópatas son los “grandes genios” del presente –al que arruinan y degradan–, los “precursores del progreso” del futuro –que entorpecen y destruyen–. Vae Hispania! 

Testigos hemos sido todos los españoles de que este pasado Día de Difuntos, día de oración por todos los fallecidos, para los que pedimos la misericordia divina y el descanso eterno, las órdenes gubernamentales no han descansado en la ejecución de sus leyes fratricidas, revanchistas y sacrílegas –sin que, dicho sea de paso, ni una sola autoridad eclesiástica haya dicho una sola palabra–. En Sevilla, en una Basílica menor defendida por uno de los allí inhumados (como Basílica menor es la del Valle de Los Caídos, o la Sagrada Familia de Barcelona, por citar otros ejemplos basilicales), se ha perpetrado nuevamente un acto de características similares a las anteriormente descritas. Cito textualmente las palabras de uno de los escasísimos políticos que, con auténtica valentía, se ha pronunciado al respecto: “Estos días en los que tantos españoles acuden a los cementerios, para recordar y honrar a sus difuntos… los aprovechan Sánchez y sus secuaces para profanar tumbas y perturbar el descanso de los muertos”. ¡Valientes cobardes, hipócritas resentidos!

Quo usque tandem abutere patientia nostra? ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia? –séaseme permitido citar las palabras del abogado de Arpino–. Pareciera ser que solo quieren exacerbar los sentimientos, confrontar los ánimos y actitudes, impetrar actuaciones similares… ¿Acaso ha escuchado usted la petición de profanar las tumbas de orates tales como Sabino Arana, Pi i Margall, Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Manuel Azaña, Margarita Nelken o cualquiera de los “líderes adorados” de quienes aplauden, votan y ejecutan las profanaciones del pasado de España? No. Y no se hará (ruégolo así, porque caer en ese “ojo por ojo” sería degradarnos al nivel infrahumano de tales bestias sacrílegas). ¿Vamos a pedir exhumar o localizar las tumbas de, por ejemplo, Escipión Emiliano por la destrucción de Numancia, o de Napoleón por la invasión decimonónica de la Patria (con el consiguiente despojo de arte, economía, amén de las incontables víctimas defensoras de España, relatadas incluso por un liberal como Benito Pérez Galdós)?

¡No seamos absurdos! Dejemos el pasado en el pasado, el polvo en el polvo, la tierra en la tierra. No espoleemos los ánimos de quienes han (y hemos) sufrido en el último siglo la pérdida de un ser querido a manos de otros “opositores” (de uno u otro bando), porque solo traemos sufrimiento en el recuerdo, ignominia en la actuación y repudio en los corazones. ¿Hemos exigido los católicos la “reparación” –como dice esa estúpida e ilegítima pretensión de legislar la historia reciente– por los miles y miles de sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos católicos, lugares de culto milenario, profanaciones y sacrilegios cometidos en los mismos periodos temporales a los que aplica tal nefanda ley? No. Solamente hemos reivindicado su memoria, puesto que muchos están en los altares –aunque ese eufemismo de “beatos mártires del siglo XX” es cobarde también por parte de la Iglesia, ya que también los cristeros mexicanos son del mismo siglo, o los católicos chinos perseguidos usque ad mortem, o los cristianos de Nigeria, Vietnam, Rwanda, Bosnia, etcétera–, y seguramente juntos en la Gloria eterna.

Muy valientes son, gobernantes espurios de toda la rancia (pútrida) izquierda cobarde, con los difuntos. Nos lo demuestran cada día, desde los caídos en el pasado siglo hasta los asesinados en el siglo presente –tanto sean inocentes niñas a manos de sus innaturales madres como de ancianos por negligencias médicas y gubernamentales en residencias, tanto sean mujeres u hombres por violencia doméstica como de cualquier ciudadano por violencia “importada” en oleadas migrantes–. Muy cobardes son también, representantes de la más nefasta de las ideologías políticas fementidas y felonas, alevosas y traidoras, con los vivos perpetradores (y también por atacar la memoria de los difuntos, pues vileza tal no puede ser otra cosa que la bilis acumulada, la pus concentrada y la idiocia genética de sus vidas y corazones). A los asesinos vivos y asesinos difuntos de su rama, homenajes por doquier, calles y avenidas en su honor, días de recuerdo por sus “hazañas”… No pediré que les pague un día la Patria con la misma moneda que ustedes usan, pero sí rogaré para que, cuales nuevos dictadores sanguinarios de épocas pasadas (tan caros a ustedes como Stalin, Chávez o Castro), recaiga en ustedes la damnatio memoriae de la Historia.

A todos los difuntos por su fe, su patria, su trabajo honrado, su ejemplo, su tesón y su valentía, ¡concédeles, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua!

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