Columna de La Reconquista | “¡Urge resucitar a Platón y Cicerón!”

¿Platón? ¿Cicerón? ¿Es que no hay temas de mayor prioridad para tratar que hablar de dos filósofos de hace 24 y 21 siglos? ¿Habrá perdido ya la cabeza ese Condestable? Son preguntas legítimas que usted, amable lector, puede realizarse (y realizarme) solamente por leer el título de la presente columna. Sin embargo, fiel a mis principios, le responderé con toda sinceridad que, aun cuando claro que es cierto que hay muchos temas, problemas, confrontaciones y noticias cada día (¡miles, millones!), también cierto es que nada se puede resolver sin acudir a sus causas. Y muchas de las causas de los males que hoy padecemos, especialmente en el ámbito de las pésimas leyes existentes y nefastos gobernantes que las ejecutan, ya las han tratado estos filósofos (ateniense uno y romano el otro) que a todos nos suenan pero que pocos hemos leído –discúlpeme usted si suena pedante, pero la falsa modestia no es virtud–.

Permítame usted iniciar un breve exordio con las palabras que un filósofo y abogado latino, Marco Tulio Cicerón, escribió en su obra Las Leyes, y veamos si nos ayuda para ver si lo que más de veinte siglos atrás era cierto, tiene coincidencia o semejanza con la actualidad. Dedico sus palabras con mucho “cariño” a quienes siguen aferrados a sostener que el principio de legalidad impera sobre la legitimidad de la naturaleza humana: «Si por los sufragios u ordenanzas de la multitud fueran constituidos los derechos, habría un derecho al latrocinio o un derecho al adulterio. Pues, si tan grande potestad tiene la voluntad o la opinión de los necios, como para que por sus sufragios sea subvertida la naturaleza de las cosas, ¿por qué no habrían de decidir que lo malo y pernicioso es bueno y saludable? Sólo por la naturaleza de las cosas podemos distinguir la ley buena de la mala. Y pensar que todo se funda en la voluntad o la opinión y no en la naturaleza es propio de un demente».

Uy, uy, uy… ¡Qué bueno que yo no escribí tal, puesto que casi sería reo de condenación por un presunto pseudo-delito de injurias a los poderes del Estado! No lo escribí, lo transcribí, aunque lo suscribo y aplaudo, porque cuando los necios legislan –deje usted que sea sobre lo que llaman “género”, “ecosostenibilidad”, “transversalidad”, “inclusión social”, “monomarentalidad” o cualquiera de las realidades humanas– siempre encuentran forma de “justificar” (o sea, intentar hacer parecer “justo” lo que es más insultante a la lógica y la razón) sus “ideologías” y voluntades. No es nada nuevo, claro… La Historia es pródiga en ejemplos de estulticia legislativa, pero creo que jamás de los jamases –ruego a usted perdón por el barbarismo– como en el venerable Reino de España de estos últimos años… Más o menos es como un Real Decreto que afirmase que yo, su Condestable, soy un ser divino. ¡Hatajo de inútiles! ¿Cómo se atreven a meter sus sucios hocicos en lo que jamás puede ser ámbito de su competencia?

La Ley –y todo el fenómeno y proceso legislativo, por ende– tiene límites propios. Incluso es válido afirmar para este pobre catedrático que la ley jamás podrá entender la totalidad del contexto en que actuará. En una posición que refleja ya las advertencias de la relatividad del conocimiento: “la ley jamás podría comprender exactamente lo mejor y lo más justo, juntamente para todos, y establecer un imperio óptimo”. Pues las diferencias entre unos hombres y otros, y entre unas actividades y otras, y el hecho de que nada tiene estabilidad entre las cosas humanas, no permiten que aparezca claramente en ninguna cosa un tratamiento válido para cualquier cosa en cualquier tiempo. Por ello una ley positiva –o sea “impuesta”, más claramente dicho, por voluntad de los legisladores–, sin el previo arraigo en los fundamentos de la ley natural previa, de la costumbre y los valores preferenciales en el orden de la libertad humana solidaria con las demás, incurre en el grave defecto que Platón describe así: “Vemos a la ley como un hombre engreído e ignorante, que a nadie consiente hacer nada fuera de su ordenanza, ni que se le pregunte, ni aun cuando haya surgido alguna novedad sin precedente”.

Por ello, no nos extrañe demasiado que las multitudes actuales de votantes –que incluye a «votontos», «votontas» o como prefirieren, según sus categorías gramaticales más falsas que la “bondad del comunismo”, o que las monedas de Judas– están inducidas a gran cantidad de errores y falsedades que impiden llevar a término la realización de leyes buenas, sabias, justas. Platón señala, entre algunos defectos de esta tendencia legislativa del legislador tan “amigable” a la irracionalidad y a la demagogia, algunos como los siguientes:

  • “Osadía de pensar que el capricho equivale a capacidad de valorar;
  • Manifestación vocinglera de aprobación o desaprobación en cuanto ve;
  • Sustitución de las acciones valiosas por el gusto de lo espectacular;
  • Opinión de que cualquiera lo sabe todo y puede decidir sobre todo;
  • Sustitución del atenimiento a reglas por la total irresponsabilidad;
  • Pérdida del sentido del ridículo y del temor a la opinión entendida;
  • Desvergüenza desatada a partir del capricho propio de ignorantes;
  • Desvinculación de cualquier consideración hacia sí mismo y hacia los otros;
  • A partir de esta desvinculación, no respetar jerarquías;
  • Despreciar cualquier advertencia o consejo de quienes más se preocupan por uno mismo (como son los propios padres y amigos);
  • El sentirse desvinculado de toda ley;
  • No atenerse a los juramentos y promesas prestados voluntariamente;
  • Transgresión del buen gusto en las manifestaciones artísticas;
  • No pensar jamás que haya dioses (sobre cuyas rodillas está el destino…)”.

Dígame, dilecto lector, si no le parecen “comportamientos” propios de los legisladores actuales (de la inmensa mayoría, por no hablar en absolutos), y de la actuación de los partidos políticos (no todos, no todos…). Porque, francamente, yo no veo mucha diferencia excepto el lenguaje y los siglos que separan la obra de Platón del Congreso de los Diputados, el Senado y el Consejo de Ministros de la España del siglo XXI.

Y no, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia… Es la ratificación de que cuando se abandona el camino de la razón, la inteligencia y la justicia que dimanan de la ley natural, la sociedad se degrada, se corrompe y muere (como dirá posteriormente Aristóteles). Ahora sí, es para hacérselo mirar a la hora de emitir su voto por los candidatos a cualquier cargo público…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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