Columna de La Reconquista | Un Estado, dos Estados, tres Estados… (Parte IV)

Para culminar con estas entregas referentes al Estado (y los Estados), prometí a usted hablar del «multiculturalismo», término que en sí es un neologismo proveniente de la constatación de la población residente en un Estado-Nación. Desde luego, vaya por delante que el problema de tal concepto no es, ni por asomo, la diversidad –puesto que siempre podemos convivir como iguales los que somos iguales aun cuando pensemos diferentes, siempre y cuando mantengamos las reglas del juego, bajo el imperio de la justa ley–; el problema del multiculturalismo es político, específicamente lo referido a su gestión, porque se empeña, con pertinaz impertinencia ideológica, en querer hacer diferentes a todos de todos, por colores, tamaños, gustos, orígenes, trabajos, estudios y toda la amplia gama de cosas diferentes que son legítimas en la convivencia humana.

En este sentido, los tipos de gestión propuestos desde la ideología y la politiquería nunca generan espacios de diálogo intercultural, sino algunos mínimos espacios de existencia que se toleran –más que aceptarse– pero que no forzosamente interactúan, por la cansina insistencia en que la diferencia es un «orgullo», una «identidad»… Por ello, los principios del multiculturalismo se llevan a cabo en las interrelaciones sociales (que por naturaleza se dan) y en la valorización de las identidades (que toman sentido en el sentimiento de pertenencia, es decir, un sistema de reconocimiento, en donde la consigna es: “ya no somos iguales; somos diferentes).

Aunado a lo anterior, y como utópica teoría, como régimen sociopolítico el multiculturalismo es un “marcador” de «reconocimiento de identidades» que afirma valorizar el mosaico social inherente en las sociedades nacionales, donde se trata de asegurar la representación económico-política e igualitaria (equidad) en el marco de la aceptación de la existencia de la diversidad, con el fin de dinamizar la integración nacional (a este párrafo se le denomina “mucho ruido y pocas nueces”, porque tiene menos seso que el 80% del Congreso en sesión).

Por ello, a pesar de las presuntas “buenas intenciones” que se han expresado en el párrafo anterior, sucede que la política del reconocimiento no basta para dar el giro hacia una sociedad más «inclusiva» en el marco de la diversidad –vea usted, amable lector, que el Condestable también podría fungir o fingir como asesor de cualquier diputado descerebrado, porque la jerga usada es sencilla–; la frase anterior la pudiere haber escrito un podemita cualquiera (bueno, cualquiera, no, porque habría al menos de saber escribir e hilar tres verbos), pero la tozuda realidad nos dice que en la visión política internacional sigue prevaleciendo la que refiere a la unidad de lo diverso, es decir, aceptar la diversidad, pero en el marco de una conformación única de las identidades (que es la de la «Nación», no hay de otra, salvo que prefieran el término «Patria»).

Todo lo demás, por mucho que se adorne, exagere, enuncie o deforme, no conforma un Estado ni ayuda a su sostén, crecimiento y finalidad, porque se dependerá de población no nativa para el trabajo, de intervención extranjera para la inversión económica, de ideologías ajenas a nuestras raíces y tradiciones para la educación, etcétera. Por ello, no podría ser más desafortunada la intervención del presidente del des-gobierno de España, P. Sánchez, en el acto en memoria del asesinado D. Miguel Ángel Blanco, en presencia del Rey (símbolo de la unidad de la nación española) y de las víctimas del terrorismo de la ETA (asociación política armada actuante y existente en nombre de una parte de ese “multiculturalismo”), al afirmar que “Euskadi y España son países libres”. Pues no, Sr. Presidente, no es así. In primum, porque “Euskadi” no es un país sino una entelequia conceptual dimanada de un anhelo esquizofrénico, e, in secundum, porque “Euskadi”, al no existir, no puede ser poseedor de libertad alguna. ¿Necesita una explicación más sesuda y rimbombante, como las palabras huecas que usted pronuncia, o quizá una más acorde a la única neurona que ha de tener usted viva (exceptuando las de la vanidad al mirarse en el espejo y la de la mendacidad al hablar, prometer y abusar), como si su servidor fuese amaestrador de focas en acuario? Dispuesto estoy, pro bono, a hacerlo…

En suma, es necesario tener en cuenta con la cuestión del «multiculturalismo» que el reconocimiento de las culturas se promovió en un inicio por necesidades específicas del contexto histórico-geográfico donde ya estaban establecidas en un territorio dado ciertas poblaciones llamadas «originarias» (noción de las primeras naciones, si bien ha de serse especialmente cuidadoso con la distinción entre qué naciones son esas, porque solo la historia, auxiliada por la etnología, la paleontología y otras ciencias auxiliares pueden así afirmarlo, mas no la economía, la politología ni mucho menos la ideología), o bien por el hecho de la existencia de conflictos históricos que habían resultado en situaciones de dominación de una cultura sobre otra (véase el caso de los acadios y de los quebequenses franceses en Canadá, conquistados por la cultura británica, que jamás podrá ser un analogable a supuestos “catalanes” conquistados por extranjera fuerza, unos “vascos” sometidos por derrotas bélicas o unos “gallegos” que recién “descubren” que no son “España”, puesto que si hay que pedir cuentas en una cadena de causas infinita, habrían de remontarse todos a las conquistas romanas de los siglos II a.C. en adelante, y de ahí a las migraciones de los pueblos indoeuropeos).

Sin embargo, en la situación de fragmentación social causada por la dinámica de la llamada «globalización» (es decir, la aceleración y compresión del tiempo-espacio histórico) y la abstracción-relativización del poder a partir de las herramientas proporcionadas por los avances informáticos, la desagregación, matización y eufemización de los mecanismos de control, ha generado (o más bien degenerado) en que la “lógica” de reconocimiento del multiculturalismo sea insuficiente, pues termina por ejercer procesos de dominación incluso por grupos que anteriormente se encontraban en dicha lógica (como son los primigenios nacionalismos).

Así las cosas, valdría la pena volver a cuestionarse cuáles son los problemas del multiculturalismo y los movimientos étnicos. Es decir, en otras palabras, cómo se ha de entender la existencia de constantes cortocircuitos en las políticas del reconocimiento y los movimientos étnicos. Los proyectos discursivos del multiculturalismo (políticas públicas del reconocimiento) y de los movimientos étnicos (reivindicaciones y demandas) se enfrentan a la toma en consideración del grado de concientización social que se ha generado de esta relación entre «diversidad» y «pluralidad» culturales, sociales, políticas y económicas, y a su posible manipulación e instrumentalización (la mayor parte del tiempo es lo que sucede), tanto desde el interior del discurso, como desde su exterior. La problemática que se presenta en todo ello es la verdadera posibilidad de establecer una infraestructura política, económica, mental y cultural, alrededor de la lógica del respeto a la diversidad, tanto en la relación existente entre el Estado y la sociedad civil como en el interior de los mismos movimientos en cuestión. Una cosa es que se promueva la tolerancia y el derecho a la diferencia, y otra que realmente la población esté preparada para comportarse de tal manera en la vida cotidiana y en las relaciones entre los diferentes grupos que componen la sociedad (porque, discúlpeme usted, por mucho “orgullo” que reivindiquen unos ciudadanos sobre un aspecto u otro de su vida privada, jamás podrá ser un factor multicultural, ya que en primer lugar no es cultura –en el más optimista escenario es una “ideología”, ni más ni menos–, y, en segundo lugar, en nada afecta ni favorece a un Estado –salvo que se quiera entender por tal a un conjunto de instituciones favorecedoras de “chiringuitos”, subvenciones y la ilógica logística del “divide y vencerás”, tan utilizada y recurrente–). 

Termino: se trata de una visión que plantea el respeto (le llaman, pobres ignorantes, “tolerancia”) a la cohabitación entre diferencias de toda índole, tratando de insertarlas (como supositorio médicamente prescrito) en el proyecto progresista de la llamada “democracia igualitaria” sin difundir, por tanto, infraestructuras que promuevan no sólo el intercambio, sino también la dinámica misma de la interacción plural de culturas. Lo anterior alude al hecho de considerar igualmente el derecho de las minorías con relación a una mayoría, pero termina convirtiéndose en la dictadura de las citadas minorías sobre las abrumadoras (y abrumadas) mayorías. Éste es el problema que se encuentra en el planteamiento del multiculturalismo (en torno a la problemática de la identidad y el reconocimiento), en el seno de los movimientos étnico-indígenas (que no existe en España, pero que les entra como misil in flexura sacralis recti a los movimientos separatistas tan caros para mí).

Se apela mucho a la interacción y al diálogo, al conocimiento y al intercambio con el “otro”, a la convivencia dialógica en la diversidad, etcétera, en lo que se propone en la llamada «interculturalidad». Ya no se trata únicamente del reconocimiento de la diversidad cultural («multiculturalismo»), sino de su interacción y potenciación de dicha relación en el ámbito social. Es decir, auténticas memeces, puesto que solo puede permanecer aquello que se mantiene firme en sí mismo, en su realidad (no mental, sino existente). En la actualidad, política y diversidad parecen seguir siendo un problema de dimensiones antagónicas, aunque el modo de abordarlo ya no vaya en el sentido de la negación y se empiece a reconocer la necesidad de vincularlas.

Un Estado. No hay más, ni puede haberlos, dentro de la actual legalidad vigente, cultura existente, tradición viviente y realidad ínsita de España. Dos Estados sería aberración y más Estados una destrucción. Claro, si es lo que buscan (la destrucción) no necesitan siquiera financiamiento bolivariano ni iraní, bástales con leer esta columna y sus precedentes. Dixit.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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