Columna de La Reconquista | “Tres… dos… uno…: Posthumanismo a la vista”

Imagen del artista y diseñador gráfico THE GRAPHIC NIN-J.A. 2020, titulada “HOMO CYBORG TRANS-VACUNATUM”

Como bien sabe usted, estimado lector, desde los siglos XIV y XV, desde los movimientos culturales que hemos denominado «Renacimiento» y «Humanismo», se declara al hombre como «la singularidad universal», ahora sí que «el rey de toda la creación» –muchas veces tras haber destronado al auténtico Creador primigenio, el Supremo Hacedor–. Del tenebrismo medieval surge este movimiento cismático con los cánones de la época. Del antañón memento mori (“recuerda que has de morir”) se evoluciona al –entonces– casi hodierno memento vivere(“recuerda que has de vivir”).

En la Edad Media, según Jacob Burckhardt, el hombre se define por su pertenencia a una etnia, a un pueblo o a una familia, pero es en el Renacimiento cuando se reconoce su individualidad, su independencia como ser. Esta idea eclosiona en distintas disciplinas a las que aporta lo más sublime –que siempre es su creatividad, sus contribuciones a un mundo oscuro y necesitado de ser descubierto–.

El humanista es vitalista, pero rechaza los instintos, adoptando una filosofía estoica ante la vida y sus arcanos. Guarda la estética, la individualidad, la dignidad, la entereza del ánimo y promueve la cortesía como singularidad propia. La proporción y armonía son plasmadas en las artes utilizando el número áureo –el equilibrio matemático de la proporción representando lo admirable del ser humano, el «número phi (léase “fi”)»–.

Esos siglos evocados son tiempos de ritmos y formas puras. Se recuperan las obras de la antigüedad tanto de la arquitectura con su magnificencia como de los textos clásicos, especialmente los de Cicerón, muy musicales –nadie que los haya leído en el latín original puede dejar de percatarse del ritmo de la prosa…–.

Reparemos en estos dos aspectos, señor lector: formas puras y armonías musicales. Son una invitación a seguir la cadencia ideal del orden natural de las cosas que proyecta una elegancia, siempre aristocrática, sencilla y amable. Un ejemplo: Copérnico, científico humanista, que en su obra Las revoluciones de las esferas celestes, rompe las inercias de Ptolomeo. Propone una explicación más elegante del devenir de los astros, porque la elegancia es, a menudo, un indicio fiable de la utilidad y eficacia de un modelo.

Pero el humanismo no se agota en un periodo concreto de la historia. Peter Burke lo considera una dinámica expansiva de amplio contexto. Hoy subsiste porque se trata de una lucha constante contra todo lo que oprima al hombre en su dimensión anímica y física porque es un pensamiento que nace del orgullo de ser lo mejor… –y fíjese usted que la teoría es buena en su inicio, puesto que ubica al ser humano donde le corresponde: en el centro de todo lo creado, para usar y cuidar, ser feliz y medrar–.

Sin embargo, dilecto lector, concurren en la actualidad enfoques de pensamiento que fracturan la propia concepción de «persona» que ha sido cincelada por el transcurrir de los siglos.

Lo nocivo de todo lo anteriormente dicho, por bueno que pareciere, es que sustraen el concepto mismo de dignidad y su formulación plasmada en el aforismo kantiano: el hombre es un fin en sí mismo –recogido en la “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”, matizando su preeminencia en el mundo–.

El posthumanismo es un paradigma tecnocientífico que se erige sobre la idea de «hombre» que trata de superar el humanismo renacentista cohabitando con la tecnología. Persigue superar los límites de la naturaleza y llevarlos más allá de la realidad biológica. Por eso, se prescinde de lo contingente físico –como la enfermedad, la alimentación, la reproducción o la muerte–, de lo contingente anímico –las emociones, la voluntad, las creencias, los principios y la conciencia– y de lo contingente social –suprimiendo cualquier rasgo biológico–, siendo todo ello sustituido por la inteligencia artificial y la biotecnología.

Así, Nick Bostrom, de la Universidad de Oxford, define el «transhumanismo» –el paso lógico subsiguiente a este posthumanismo– como “un movimiento cultural, intelectual y científico que afirma el deber moral de mejorar biotecnológicamente las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, y aplicar al ser humano las tecnologías emergentes (nanotecnología, biotecnología, tecnología de la información, ciencia cognitiva, inteligencia artificial, robótica, realidad virtual, transferencia mental, criónica, etcétera), a fin de que se puedan eliminar los aspectos no deseados y no necesarios de la condición humana: el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento e, incluso, la condición mortal”. Solo transcribir la cita me hizo sufrir… por los niños.

En definitiva: nos han arrojado al mar de la utopía –o distopía, según se mire– que pretende construir una visión del ser humano, de la humanidad y del cosmos que sea alternativa a la que conocemos –por eso se insiste tanto en la «nueva» normalidad, paradoja donde las hubiere, puesto que lo «normal» se caracteriza por la continuidad, y la novedad se distingue por romper una normalidad–. Afirman que el ser humano ha de ser aumentado, potenciado, con mayores capacidades físicas, sensoriales y cognitivas: el ser transhumano de hoy será el posthumano del futuro.

Pero… ¿cómo se avanza de este transhumanismo al posthumanismo? Véalo usted:

  • Desarrollo de fármacos que controlen el bienestar emocional, que potencien las capacidades cognitivas y físicas.
  • Implementación de la biotecnología, a nivel somático, para potenciar las capacidades humanas y a nivel embrionario y de gametos (eugenesia) para eliminar deficiencias y perfeccionar la corporeidad y capacidades humanas.
  • Aplicación de la nanotecnología molecular al cerebro, con microchips que potencien las capacidades humanas.
  • Creación de nuevas drogas y chips que modifiquen la personalidad, superen la timidez, incrementen la creatividad, eficiencia y/o capacidad emocional, el mejoramiento moral y afectivo.
  • Ampliación de la expectativa de vida utilizando terapias genéticas (alargamiento de telómeros) o métodos biológicos que bloqueen en envejecimiento celular «amortal».
  • Criopreservación y reanimación de pacientes en suspensión criogénica (véase, por ejemplo: www.alcor.org).
  • Uso de la tecnología CRISPR/Cas9 –cuyas siglas tan poco conocidas provienen de Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats (en español, “Repeticiones palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Interespaciadas”), siendo la segunda parte es el nombre de una serie de proteínas, principalmente unas nucleasas, a las que llamaron así precisamente por CRISPR associated system (es decir, “sistema asociado a CRISPR”)–, es una herramienta molecular para “editar” o “corregir” el genoma de cualquier célula. Eso incluye, claro está, a las células humanas. Sería algo así como unas «tijeras moleculares» capaces de cortar cualquier molécula de ADN (de una manera muy precisa y totalmente controlada). Esa capacidad de cortar el ADN es lo que permite modificar su secuencia, eliminándola o insertando nuevo ADN.

De seguir este camino, sin duda alguna los derechos y libertades entrarían en crisis, porque tanto la tecnobiología y la neurociencia demuestran que las decisiones humanas son producidas por causas genéticas y ambientales. Así, la «autonomía de la persona» es sustituida por la «autonomía de los sistemas»: por ejemplo, las decisiones políticas serán adoptadas por gabinetes tecnocráticos –cuyos criterios se extraen de redes neuronales, minería de datos, big data e Internet de las Cosas (IoT)–. Este hecho impediría imputar responsabilidad alguna a la corporación y evadir el debate democrático. Se suprimiría la distinción entre «culpa» y «dolo» –y dudo que el consentimiento pueda ser considerado «libre y voluntario»–. Todo ello mediante una inyección, un chip, un betabloqueador… ¡hasta da miedo pensarlo!, ¿no lo cree usted?

Propugna el posthumanismo la desaparición de la delincuencia mediante la programación de la conducta humana, con lo que desaparecerían el libre albedrío, la libre elección y la responsabilidad individual. El hombre se convertiría en un autómata ejecutando un programa insertado.

De esta pequeña exposición de postulados posthumanistas solo cabe decir que es, como poco, inquietante. Si en el Renacimiento surgió un humanismo vibrante que mostraba lo grandioso del hombre a través de sus creaciones, el posthumanismo trata de amparar a un hombre imperfecto en la suntuosidad de la tecnología. Miedo me da. Ya ha comenzado, cuando incluso Stephen Hawking manifestó antes estas ideas que: “Los humanos, que están limitados por la evolución biológica, no podrían competir y quedarían suprimidos”.

Entonces, señor lector, ¿dejamos que nos extingan, nos extinguimos solos o nos levantamos contra ello? La última opción implicaría «acción», no meramente quedarse en casa viendo la tele o jugando con el móvil, pero… sería la única fuente de supervivencia del ser humano como lo conocemos hasta hoy –y como fue creado por Dios, siendo bueno en esencia, aun cuando sujeto a la sucesión del tiempo–. Elijamos.

@LaReconquistaD

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