Columna de La Reconquista | Tolkien no escribió cuentos mediocres (Parte II)

Apelando a su paciencia, señor lector, me permitiré continuar la columna anteayer iniciada. Sin duda, no tendría espacio suficiente para comentar las dos obras principales de Tolkien, “El Señor de los Anillos” y “El Silmarillion” –con un relato de la Creación que verdaderamente es precioso en su fantasía, con pleno sentido para un cristiano–, a no ser que editara un libro en lugar de una columna. Por ello, sólo me voy a referir a dos pequeños cuentos que, por su brevedad –no así por su profundidad–, no harán de éste un texto interminable.

“Hoja de Niggle” es, en palabras de Tolkien, un cuento “de purgatorio”, que expresa admirablemente una de sus intuiciones de artista cristiano: la belleza realizada y perfeccionable en los nuevos cielos y la nueva tierra que Dios recreará tras el Juicio Final. Por supuesto, nada que ver con la «belleza» que promueven las ideologías siniestras, puesto que solo destruyen, envilecen y pervierten cuanto bello, bueno, justo y verdadero encuentran (y, aplicándose a lo que tradicionalmente se ha llamado “las bellas artes”, han ido infiltrando en este concepto de expresión de los sentimientos más puros, hermosos y transcendentes las bazofias más incomibles, repugnantes y espantosas, que son los sucedáneos deformados de la belleza: pornografía que asquea hasta Satanás; danzas lúbricas y sexuales más propias de primates africanos que de homo sapiens racionales; arquitecturas de imitación animalesca que abarcan desde la colmena hasta la madriguera, difíciles de ser considerados un hogar; cinematografía que solo sabe hacerse eco de las vocingleras instrucciones de gurús globalistas que desprecian al ser humano, las naciones y patrias, la religión y la verdad, para sustentar falsas reivindicaciones de espurios inventos de surrealista esquizofrénico, desde el «género» hasta la «libertad», la «ecología» y derechos a matar, morir y alterar, no sólo lo referente a la vida natural, sino hasta la memoria de los pueblos y sus tradiciones, cultura y sentir…). Perdón por la digresión… Es que enerva la recta razón que llamen “bello” a lo horrible, y que los paniaguados “artistas” actuales aplaudan que el excremento es ambrosía…

“El Herrero de Wootton Mayor” es un joven que, comiendo un pastel, se traga la estrella mágica escondida por el Cocinero. La estrella iluminará sus ojos y le abrirá las puertas de un mundo nuevo y bellísimo (bajo la apariencia de Fantasía). Tolkien concibió siempre como un don la capacidad escapista que engendra y propaga la buena literatura de ficción, para hacer reflexionar. De este don, de esta sensibilidad para la Belleza, dirá que él mismo lo habría recibido en estrecha conexión con su fe. Cristo fue para él quien le abrió las puertas de la Verdad Salvadora y de la Belleza. Cristo es también –si se me permite expresarme así, aun cuando pareciere frisar la blasfemia–, el Rey de Fantasía, que en este cuento aparece disfrazado de Cocinero y escondido en la sencilla pobreza del Pan consagrado, que abre las puertas del mundo nuevo a quien lo recibe en las condiciones necesarias.

Comentando este cuento –el último que escribió nuestro admirado autor–, Tolkien afirmaba que “como es costumbre, no hay religión en el cuento, pero, como resulta evidente, el Cocinero y la Gran Sala son una alegoría (algo satírica, en verdad) de Cristo y su Iglesia, la Iglesia celeste a la que caminamos”. En otro ejemplo, representa también una iglesia de pueblo y su párroco, cuyos cometidos van decayendo rápidamente hasta perder cualquier contacto con las artes y quedarse tan sólo en el mero comer y beber (por así decirlo, lo que sucedió en la Iglesia tras la Reforma, y sigue sucediendo tras el Concilio: antes, una fe descarnada, ahora una carne sin fe, puesto que nada religa con la inmutable, majestuosa e inefable presencia divina en ritos simplones, predicadores de tópicos, música chatarrera y el poco cuidado en el espacio y silencio sagrados).

Sin embargo, en el cuento comentado, la última señal de algo distinto pervive en un niño, que descubre, frente a los “acostumbrados” la grandeza de la Eucaristía, ese “mágico pastel con estrella”. El dominio de la alegoría comienza cuando algo se deja de concebir como teniendo existencia real extramental. Por eso Tolkien sólo da cabida a la alegoría en las historias protagonizadas por hombres (hombres que transcienden lo inmanente, el momento actual, y que recordando el pasado o descubriéndolo proyectan a un futuro de gozo, felicidad y esperanza los acontecimientos del presente).

Frente a los que defendemos que la literatura que algunos denominan «fantástica» tiene más que decirnos que lo que aparece a simple vista, hay personas que defienden el tópico de calificar los relatos de fantasía como «infantiles»: Son cuentos para mediocres o solo para niños –dicen–, o son películas infantiles, pero, ¿qué interés puede tener esa literatura para un adulto? Citemos nuevamente las palabras del propio Tolkien: “Sostengo que se trata de un error, debido, en el mejor de los casos, a un sentimiento mal interpretado; por ello incurren en él quienes por algún motivo personal, como, por ejemplo, no tener hijos tienden a considerar que los niños pertenecen a una especie propia, como a una raza diversa, o que son miembros normales pero inmaduros de una familia en particular y de la familia humana en general” (¡demos gracias que ni siquiera intuyó las actuales leyes del Reino de España, que consideran a los animalitos seres sintientes, porque estaría ya bajo censura total y en pobreza extrema, si es que no viviendo en prisión…!).

No hay que relacionar los cuentos con los niños –ni con las ideologías perdularias–, a no ser que destaquemos en los niños la capacidad de maravillarse, de admiración, de saber… Eso que Aristóteles situaba en el principio del saber: la admiración y el aprecio por los mitos. Ante la pregunta: “¿qué pueden proporcionar a un adulto los cuentos de Tolkien?”, es el mismo Tolkien quien responde: “En primer lugar, si están escritos con arte, el primordial valor de los cuentos será sencillamente aquel que, en cuanto literatura, comparten con otras familias literarias. Pero los cuentos ofrecen además, con modo y en cantidad peculiar, otras cosas: Fantasía, Restauración, Evasión y Consuelo; cosas todas que normalmente necesitan menos los niños que los adultos”.

No puedo acabar esta columna sin referir una visión general del quehacer tolkiano: la obra literaria no se define por la adecuación a una realidad dada tal cual en el acontecer concreto, sino por su belleza formal, por su valor estético, por su capacidad de evocación. En la producción literaria de Tolkien, el cristianismo está constantemente presente, aunque nunca, o casi nunca, es nombrado. Ajeno a todo moralismo, más aún, detestando profundamente todo intento de introducir furtiva y forzadamente cualquier dimensión moral no reclamada por la narración misma, Tolkien supo, en cambio, incorporar el sentido cristiano de las cosas a todas y cada una de sus creaciones. Las obras literarias fueron para él eso: creaciones, obras de su fantasía, mundos de los que él mismo era autor.

No hay en sus libros referencias nominalmente cristianas. Pero la idea estructural que preside sus creaciones literarias refleja, transportada a un universo distinto, el espíritu que rige la Creación, en el sentido fuerte de la palabra, es decir, la obra realizada por Dios mismo, por Amor. Quien lea a Tolkien no encontrará el nombre de Jesucristo, pero, si se ha compenetrado con lo que leía, habrá adquirido una visión un espíritu o un talante que le ayudará a mirar con ojos cristianos la realidad concreta en la que vive. El mito tolkiano no es, a fin de cuentas, otra cosa que una reproducción en el universo propio de la creación literaria, del sentido presente en las cosas mismas, en cuanto reflejo y efecto del designio salvador de un Dios Padre, Creador y Providente.

El Papa Benedicto XVI, siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe como Cardenal Ratzinguer, también añade su granito de arena, si no comentando a Tolkien, sí dándonos una visión de lo que debe ser un teólogo: “Un teólogo que no ama el arte, la poesía, la música, la naturaleza, puede ser peligroso. Esa ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria; se refleja también necesariamente en su teología” (y hoy que tenemos pastores, obispos, cardenales y hasta Papas ciegos, sordos y necios, aferrados a sus ideas en vez de a las verdades de Cristo, no digamos nada más porque en verdad lloraríamos).

Y ya, para acabar, me gustaría transcribir un pequeño párrafo de “El Señor de los Anillos” que cuando lo leí por primera vez me causó una gran impresión –y sigue haciéndome reflexionar hasta abisales profundidades–. Habla el sabio mago Gandalf a Frodo, un pequeño hobbit: “Sin duda merece morir –refiriéndose a Gollum, o Sméagol, como prefieran–. Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos”.

Reflexionemos: ¿Se imagina usted, estimado lector, estas palabras en la boca del Pato Donald, de Dragon Ball o de Peppa Pig, en el caso de los actuales dibujos animados para los (pobres) hodiernos niños? ¿Se imagina usted palabras tales en boca de vendedores de humo como los políticos actuales, interesados solo en su lucro, goce, opulencia y bienestar, a costa del bien común y de la verdad, de la justicia y de la auténtica belleza del servicio a los demás? Como si Irene Montero hablase de “recato y pudor”, Pedro Sánchez de “veracidad y arrepentimiento”, Alberto Feijoo de “fidelidad a los principios” o Pablo Echenique de “respeto y prudencia”…

Yo, sinceramente, no concibo algo así.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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