Columna de La Reconquista | Tolkien no escribió cuentos mediocres (Parte I)

Hace apenas unos días, dilecto lector, me encontraba conversando amigablemente con una persona, de cuyo nombre no quiero acordarme (parafraseando al Hidalgo de La Mancha), acerca de los últimos libros y adaptaciones cinematográficas o televisivas que habíamos leído y visto, cuando tuve la ocurrencia de elogiar –le aseguro a usted que no muy brevemente– a uno de mis escritores favoritos: John Ronald Reuel (J.R.R.) Tolkien. Cuál no fue mi sorpresa cuando mi interlocutor, con gesto de profundo desprecio, exclamó: “¡Bah!, ese es un escritor mediocre para niños”.

Ni que decir tiene que al oír semejante afirmación se operaron en mí grandes y graves cambios físicos. En primer lugar se me puso el rostro purpúreo, hasta el punto en que empecé a notar que mis orejas estaban ardiendo. Los ojos se me desencajaron brevemente, y la vena que subyace en mi ya despejada frente comenzó a hincharse con el serio e inminente riesgo de explotar. En ese momento de inefable angustia, y bajo la inconsciencia a la que me había llevado la ira, intenté articular unas palabras. Aunque sonaron graznidos en mi inflamada garganta, el perpetrador de tamaña injuria entendió perfectamente. Quedé, pues, comprometido a escribir esta defensa, máxime ante la edición y trágica difusión en diferentes plataformas digitales de una nueva “versión” de los Apéndices a “El Señor de los Anillos” (llamada “Los Anillos del Poder”), que desvirtúan el pensamiento y profundidad de la voluntad de Tolkien, introduciendo supuestos géneros, imposibles mezclas raciales y empoderamientos falaces, siguiendo no al autor del texto sino a las «ideologías» de una moda que repele la conciencia, la razón y la belleza (y no me digan que el hecho de que el nieto de Tolkien estuviese presente en el estreno de esa nefasta adaptación serial ya da el placet a algo que su abuelo reprobaría plenamente, por ir en contra de lo que pensaba y creía, por favor).

Pensando cómo iba a desarrollar semejante tarea, señor lector, llegué a la legítima conclusión de que las cosas tienen mayor credibilidad dependiendo de la autoridad de la persona que habla, y como yo no tengo ni mucha ni poca, sino ninguna autoridad, he basado todo mi alegato en los estudios de uno de los más reputados expertos en Tolkien, además de coetáneo suyo: Clive Staples Lewis (sí, el autor de las “Crónicas de Narnia”, que tampoco son cuentos para niños exactamente, y de las “Cartas del diablo a su sobrino”, que debieran ser, junto a la Sagrada Escritura, el Catecismo, el Kempis, el “Criterio” de Balmes y pocas obras más, uno de los libros de cabecera del católico).

Para empezar a familiarizarnos con Tolkien, comenzaré exponiendo algunas cosas de su vida que creo pueden ayudar a entender su personalidad. El 3 de enero de 1892 nacía en Bloemfontein (Sudáfrica) John Ronald Reuel Tolkien. Su padre, Arthur Tolkien, había emigrado de Inglaterra y trabajaba como empleado de banca; falleció cuatro años después a consecuencia de unas fiebres reumáticas. La pequeña familia Tolkien, con graves dificultades económicas, se establece en un pueblecito cercano a Birmingham. Su madre le enseña entre tanto, dibujo; también le da clases de música y latín. Al pequeño Tolkien le encantaba escuchar cuentos e inventar lenguajes nuevos.

Mabel Tolkien –así se llamaba la madre de nuestro autor– se convierte al catolicismo en 1900, a pesar de la oposición de parientes y amigos. Cuando en medio de estas contrariedades muere de diabetes, Mabel Tolkien tenía sólo 34 años y su hijo John 12. Tolkien pensó siempre que la muerte temprana de su madre había sido consecuencia de esos sufrimientos morales a causa de la fe católica. Desde entonces, J.R.R. Tolkien, católico como su madre, nunca abandonaría la Misa diaria, pero eso es otra cuestión…

Siendo profesor en Oxford tiene una estrecha amistad con otro escritor –de quien soy también entusiasta y a quien ya he mencionado–: C. S. Lewis, que descubre el catolicismo, en parte, gracias a la influencia de Tolkien. Tolkien dirigió su atención hacia una analogía que Lewis conocía bien: los mitos. El Evangelio está lleno de poesía, pero en este caso la Poesía de Dios se ha hecho realidad: el Verbo Eterno ha tomado carne y nos ha dejado su enseñanza en la Iglesia. “Entonces –concluyó Lewis–, ¡la historia de Cristo es el mito verdadero, que ha acontecido realmente!”. Doce días después ya escribía: “¡Creo en Cristo!”.

Las profundas convicciones católicas de Tolkien le llevaban a una actitud esperanzada que anidaba en un pesimismo relativo: si la imperfección y el acabóse son estigma de la vida presente, toda imperfección es pasajera, y tampoco el mal podrá imponerse definitivamente, por la victoria de Cristo sobre la muerte por su Pasión, Muerte y Resurrección. Pero la victoria última sobre el mal nunca es la victoria de los hombres, sino la de Cristo resucitado, por designio de Dios Padre Creador y mediante el Espíritu Santo que fortalece. ¿Cree usted, señor lector, que las “versiones”, “adaptaciones” e “invenciones” que se difunden cinematográficamente en base a Tolkien transmiten algo de esto? Le seré franco, como siempre: taxativamente, no.

Las palabras del propio Tolkien son tajantes: “El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica” (Carta 142).

Un crítico tan perspicaz como Lewis no dejó de señalar la importancia capital que posee para el sentido de “El Señor de los Anillos” la larga coda final. Sobre ello dice: “Deja una impresión de melancolía. Después de la eucatástrofe –catástrofe benigna–, tiene el efecto de recordarnos que la victoria es tan pasajera como el conflicto (en la historia meramente humana)”.

Una vez que hemos visto algunas características de la vida de Tolkien, podemos comprender que en todas sus obras se pueden rastrear las huellas de los dogmas cristianos, las virtudes cristianas y las instituciones cristianas, pero siempre mediatizadas por el espíritu del subcreador de un mundo fantástico. No sería lícito establecer paralelismos intencionados entre personajes o situaciones del mundo de la ficción y la historia real de la Iglesia o los misterios de la fe. Las luces de lo cristiano sólo aparecen en la obra literaria tolkiana después de reflejarse en muchos espejos. Incluso antropológicamente, la obra tolkiana desarrolla avant la lettre, la “trama” de Ricoeur, como la síntesis de elementos heterogéneos, donde los personajes contribuyen a la acción –lo que permite la identificación posterior de los lectores con ellos–, así como transforma una serie de incidentes en una única historia e integra elementos heterogéneos (como agentes, fines, medios, interacciones, circunstancias, resultados inesperados –concordancia y discordancia–), etcétera. Todo esto se realiza gracias a la operación de configuración de la trama, para alcanzar una teleología que trasciende en todo momento incluso la moraleja propia de una fábula, con sus prosopopeyas y características

Sinceramente: ¿Es posible que una riqueza literaria como la de Tolkien se pueda traducir en falsas adaptaciones con implícitas ideologías insidiosas (deje usted ya las cuestiones raciales, pues todos somos criaturas de Dios), en un panteísmo globalista de exaltación feminista? ¿Puede darse la descrita complejidad teológica, filosófica y moral en un escritor “mediocre” de cuentos para niños, o reflejarse en películas y series tendenciosas según «ideologías» en boga, que buscan los ingresos económicos en taquilla o la transmisión de la falsedad que el autor quiso? Sencillamente: no.

Continuará…

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