Columna de La Reconquista | “Todo comenzó en Covadonga”

Desde que Tariq y sus bereberes invadieron el sur de la Península Ibérica, su marcha parecía incontenible. El Reino Visigodo se desmoronaba por divisiones internas, pero algo muy interno, muy espiritual, prevalecía y daba vida a un puñado de hombres de fe. Además, el terreno resultó favorable para aquellos que encontraron refugio en la montaña.

No hay duda ya que Pelayo, de ascendencia noble, era el líder de esa resistencia, obteniendo la primera victoria contra los invasores en el 722: La Batalla de Covadonga. Luis Suárez[1] advierte que no es fácil reconstruir los hechos, pero los historiadores, cuya misión es comprender el pasado, abrevan de las fuentes, tanto documentales como monumentales. Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, en tal sentido, afirma:


“Los comienzos de la lucha de los astures contra los árabes y del caudillaje de Pelayo se conocen fundamentalmente a través de los relatos que han transmitido las crónicas hispanocristianas más antiguas —la llamada Albeldense y la de Alfonso III en sus dos versiones, Rotense y “a Sebastián”, ambas escritas probablemente en Oviedo en el penúltimo decenio del siglo IX—, y por los testimonios mucho menos elocuentes de algunos diplomas asturianos dignos de crédito, sobre los que destaca la famosa donación de Alfonso II en el 812 a la iglesia de San Salvador de Oviedo, y de la tradición historiográfica musulmana.

La fuente más próxima a la rebeldía pelagiana —la Crónica Mozárabe del 754—, en la que su anónimo autor se lamenta amargamente de la “pérdida de España” a manos de los invasores árabes, silencia, sin embargo, los hechos primeros de la resistencia astur. Ese silencio, unido a las contradicciones que se encuentran en los más antiguos relatos cristianos y musulmanes y a las adherencias fabulosas del más explícito de aquéllos, el contenido en la Crónica de Alfonso III, fueron el motivo principal del demoledor escepticismo con el que algunos historiadores se enfrentaron a la reconstrucción histórica de los orígenes del Reino de Asturias, antes de que en el tercer decenio del pasado siglo Claudio Sánchez-Albornoz iniciase su densa y rigurosa producción historiográfica dedicada a perfilar los contornos de ese hecho y de Pelayo, su personaje central”.[2]

Sánchez Albornoz precisa que la batalla tuvo lugar el 28 de mayo del 722.[3] Posteriormente, Pelayo se avecinó en Cangas de Onís, dando lugar al nacimiento del Reino de Asturias. Algo más, nacía España, como lo explica con gran claridad Gustavo Bueno en el prólogo del libro Historias de Covadonga, de José Ignacio Gracia Noriega:

“La batalla de Covadonga –tal es la tesis que se defiende paladinamente en este libro, y que por supuesto compartimos plenamente– fue el punto de partida de la «España española» –como algo distinto de la Hispania romana o de la Hispania visigoda–. El punto de partida de una España llamada además a desbordar los mismos límites peninsulares de las Hispanias antiguas, para extenderse por todo el mundo, y dar lugar al español, como «lengua del Imperio», y todo lo que ella envuelve. Una España de la que, en nuestros días, muchos de los pueblos y naciones étnicas que se conformaron políticamente en el torbellino de ese oleaje reniegan, llenos de odio precisamente contra la lengua española, llegando incluso a prohibir su uso desde su «dominio autonómico», que conciben como el primer paso para un Estado federado, no se sabe bien si con Francia, con Inglaterra o acaso con Alemania”.[4]

No se equivocó Bueno, porque en Covadonga surgió una nación: España. Esa nación surgió con la «Reconquista», concepto en riesgo no por las razones esgrimidas por Ortega y su ligero ensayo La España invertebrada. Incluso el ateo Bueno lo tenía claro, la Reconquista era el inicia de una batalla por la fe, que había sido la sabia del Reino Visigodo desde la conversión de Recaredo. De ahí que nos apoyemos en un historiador de la Iglesia para la narración y comprensión del significado de la Reconquista encabezada por la resistencia de montañeses y visigodos, como es el caso del padre Vicente Cárcel Ortí.[5]  No hacen falta leyes especiales sobre memorias históricas, el silencio cómplice de corrientes anticristianas, han relegado al terreno de lo legendario lo que formó el ser de España. Pero esto ya ha comenzado, e iremos desentrañando hitos y legados para recuperar la propia esencia. El ejemplo de Don Pelayo así lo exige.

orrtrevrg@gmail.com  

@LaReconquistaD


[1] Cfr. Luis SUÁREZ, Historia de España, Edad Media, GREDOS, Madrid 1978, p. 14. 

[2] Juan Ignacio RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, “Pelayo. Don Pelayo. ?, s. VII – Cangas de Onís (Asturias), 737. Rey de Asturias.” En: https://dbe.rah.es/biografias/4725/pelayo

[3] Luis SUÁREZ, Op. Cit., p. 15.

[4] Gustavo BUENO, Prólogo al libro de José Ignacio Gracia Noriega, Historias de Covadonga, Laria, Oviedo 2008.

[5] Cfr. Vicente CÁRCEL ORTÍ, Breve Historia de la Iglesia en España, PLANETA, Barcelona 2005.

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