Columna de La Reconquista | “Tiempos de guerra y paz”

Leyendo una obra titulada como esta columna, estimado señor lector, escrita por Bremer, me ha llamado poderosísimamente la atención su capítulo V, al tratar uno de los momentos más transcendentales de la Historia Contemporánea, puesto que, si bien es cierto que deviene del antecedente cercano de la Primera Guerra Mundial (Gran Guerra o Guerra Europea), también lo es que sus antecedentes remotos están enmarcados en los absolutismos del siglo XVII, los movimientos revolucionarios de los siglos XVIII y XIX y sus consecuencias en las independencias de las colonias de la Edad Moderna, y los procesos de unificación del siglo XIX (Italia y Alemania, principalmente). Por ello, es un punto toral que marcará hasta fecha actual el devenir de las naciones y su desarrollo histórico-político, así como igualmente marcará la pauta para el surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas y el surgimiento de las Declaraciones de Derechos Humanos y su implementación en las legislaciones de la práctica totalidad de las naciones.

Imagen: “La Piedad”, cortesía del diseñador gráfico y artista GRAPHIC NIN-J.A. 2020

Sucintamente, Bremer hace un recorrido breve y enjundioso que abarca desde 1939 hasta 1945, puesto que en capítulo anterior realizó la exposición de la Guerra Europea y las consecuencias de la misma, hasta el Tratado de Versalles. Ahora se centra en el desarrollo militar de la que será el conflicto bélico más terrible en la historia de la humanidad. El canciller alemán y Führer del Reich, Adolf Hitler, desencadena la conflagración en Europa el 1 de septiembre de 1939 con la invasión a Polonia (tras la anexión de Austria, la región de los Sudetes y otros pequeños territorios so pretexto del lebensraum, sin que tales actos tuviesen consecuencias para Alemania, fuera de augurios diplomáticos), que no culminará hasta su muerte en el bunker de la Cancillería de Berlín el 30 de abril de 1945, y dará sus últimos coletazos hasta la capitulación del Imperio Japonés el 15 de agosto de 1945 (con el pavoroso precedente de la detonación de las bombas nucleares en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki).

Sin embargo, lo que importa al autor es dejar constancia del ejercicio de la diplomacia y su desarrollo en tan aciagas fechas, iniciando por manifestar que fueron bastantes, por el número de contendientes en el mapa y las circunstancias de cada uno). Para ello, analiza someramente la rapidez de la Blitzkrieg y el Pacto Secreto Molotov-Ribbentrop (23 de agosto de 1039), causa de la fulminante avanzada alemana que obliga desde la evacuación de Dunkerque (tras la toma de los Países Bajos y buena parte de Francia), a la operación See-Loewe para la invasión de la Gran Bretaña, así como el pacto del triple eje (Berlín-Roma-Tokio) en 1940 y la ruptura del Pacto soviético-alemán en 1941 por la Operación Barbarroja, el ataque japonés a Pearl Harbor, la expansión nipona por Manchuria, Indochina, etcétera, hasta los momentos más cruciales de reunión de los denominados “aliados” –primero Churchill, Stalin y Roosevelt, en la Conferencia de Teherán y la Conferencia de Yalta, y finalmente Attle, Stalin y Truman, en la Conferencia de Potsdam–, si bien había precedentes diversos, como la Carta del Atlántico (Churchill y Rooseselt).

El autor destaca los pactos y protocolos secretos firmados por muy diferentes actores (y también las intenciones de países distintos a los principales intentando ser o no involucrados, como los casos de la Francia de Pétain, la España de Franco o la China de Chiang Kai-shek), no solamente los principales mencionados, sino toda una plétora de políticos que, con más o menos acierto, coadyuvaron en las tareas, como Chamberlain, Reynaud, Ciano, Molotov, Kusuru, Serrano Suñer, Eden, Kearns, De Gaulle, etcétera. Nombres y actuaciones que han quedado en los libros de historia con mejor o peor fama, pero que, asesorando, guiando o despistando a sus respectivos superiores (Pétain, Franco, Hitler, Mussolini, Roosevelt, Truman, Hirohito y Stalin) hicieron que el segundo tercio del siglo XX fuese auténticamente una hecatombe mundial.

Sin ánimo de querer sorprenderle, estimado lector, quiero centrar la atención en un episodio que quizás a primera vista parezca poco transcendental, pero que considero que tiene amplia importancia –por la repercusión y giro que hubiese podido dar a muchos de los plazos de la Guerra–. Me refiero al comportamiento de España y su dirigente en ese momento, el General Francisco Franco Bahamonde, tras la Guerra Civil Española, así como su participación en el Encuentro de Hendaya con Adolf Hitler.

Las razones que me llevan a ello en cierto modo las he esbozado en el párrafo anterior, pero son mucho más extensas. No podemos dejar de recordar que España fue, desde julio de 1936 hasta abril de 1939, escenario de una de las más cruentas guerras civiles del siglo XX –en el expresivo título de una obra de Josep María Gironella, “Un millón de muertos”– entre dos tendencias muy diferentes: el conservadurismo de las derechas (que amalgamó monárquicos, centristas, republicanos burgueses, clases altas y el clero) y la animadversión de las izquierdas (anarquistas, socialistas, comunistas, nacionalistas, sindicalistas y un amplio etcétera), que, tras la persecución religiosa más cruenta de la historia europea desde las Guerras de Religión en el Sacro Imperio Romano Germánico no se había conocido –aunque algo se sabe de ello en México, puesto que entre los años 1926 y 1929, bajo el gobierno de Plutarco Elías Calles, se sufrió la «Guerra Cristera» o «Cristíada», culminada en un más o menos pacífico mantenimiento del status quo, sin necesidad de guerra civil–.   

Aunado a ello, las ideologías que se enfrentaron en la España de los años 30 fueron en modo parecido las que posteriormente serían actuantes de la Segunda Guerra Mundial, puesto que, aun cuando en este evento se tuvo por aliado –como “mal menor”, según reconocería el mismo Churchill, y “mientras dure la colaboración”, en palabras de Stalin– al comunismo soviético, mientras que en aquel era el enemigo a combatir, contrario a los ideales de “Dios, Patria, Ley”, más propios de una España católica. Si España no hubiera mantenido esa Guerra Civil, es indubitable que la Unión Soviética habría impuesto su dominio en un lugar tan estratégico geográficamente como la Península Ibérica, controlando el Estrecho de Gibraltar, y haciendo muy difícil el paso de tropas aliadas hacia Libia, Egipto, Italia y Grecia.

¿Qué es lo que sucedió en esa estación de tren de Hendaya, a medio camino entre la Francia ocupada de Pétain, y España? Los testimonios son divergentes, pero una cosa es cierta: España no tomó partido por el Eje, suscribiendo una no beligerancia que hizo perder la calma a Hitler –a decir verdad, una beligerancia un poco sesgada, realmente, hacia el Eje, con el envío de los voluntarios de la División Azul, o algunos recursos económicos–. Sin duda, Hitler esperaba que Franco agradeciese la ayuda aportada por Mussolini y él mismo al bando nacional de la guerra civil tuviese ahora una contraparte de gratitud, pero no fue así. En lo personal, considero que fue signo de astucia de Francisco Franco no querer involucrar a una España desgastada, destrozada y sangrante, en un nuevo conflicto bélico (pese a las tendencias filo-germanas existentes en la propia España por parte del bando vencedor). Ciertamente, muchas cosas hacían augurar esa unidad al Triple Eje (regímenes totalitarios, vencedores de una u otra manera en sus propios países –Franco en la guerra, Hitler en la conquista de la Cancillería, Mussolini al doblegar al Rey Víctor Manuel de Saboya, Hirohito sin problemas al ser considerado dios viviente por el pueblo nipón–, así como el común odio al comunismo –pese a los pactos germano-ruso y ruso-japonés–). Y no fue así.

Francisco Franco, desoyendo los consejos de su ministro de Asuntos Exteriores, Serrano Suñer, pasó, así, a imitar en cierto modo a sus maestros franceses Laval y Pétain, y al mismo tiempo logró no enfurecer demasiado a los aliados, ya que permitió el uso de las islas y costas españolas, especialmente tras el desembarco en Normandía –sin comentar que hasta Churchill vacacionaba en el norte de España–, lo que ayudó en mucho a que pudieran repostar los buques y submarinos en las Islas Canarias, en Cádiz y Almería, en La Coruña y Vigo, así como pasar el Estrecho de Gibraltar y usar las flotas también de la Francia no ocupada (con capital en Vichy).

Por supuesto, España y Franco sufrieron las consecuencias de no haber apoyado más activamente a los aliados, una vez ultimada la Conferencia de Potsdam, y más tras la creación de la Organización de las Naciones Unidas, puesto que los mayores apoyos de Franco –que eran Churchill y Roosevelt– ya no figuraban en la vida política (ni en este mundo el segundo, a decir verdad). Por ello, España fue bloqueada y se le negó el acceso a la ONU (hasta 1950, participando del Plan Marshall de 1948 a posteriori), a la OTAN (hasta 1982) y la posterior Unión Europea (hasta 1985-1986), recibiendo solo el apoyo de algunos países de Latinoamérica como Argentina y Colombia –además del que otros países, como México, dieron a los exiliados por pertenecer al bando perdedor–. Pero, aunque la historia no debe ser juzgada en perspectiva historicista, convencida estoy de que fue una prudente actitud no adquirir condición beligerante contra los aliados, y oponerse tajantemente a facilitar una posición de estabilidad a la Rusia Soviética en la Península –como sin duda hubiese sucedido en un régimen más tibio, o de no haberse producido el alzamiento contra la república de 1936–.

Las repercusiones van más allá de lo que afirmo en el párrafo anterior –ceñidas a aspectos de orden del derecho internacional–, y alcanzan hasta los días actuales. Pese a que tal Guerra Civil haya finalizado hace 81 años, y pese a que el propio Francisco Franco haya fallecido hace casi 45 años, el tema es candente en España, que tiene, desde enero de 2020, el primer gobierno de coalición de izquierdas en su Historia (al menos, desde antes de la Guerra Civil). Así, el surgimiento de leyes como las de Memoria Histórica han vuelto a orillar la tolerancia en España: el pasado año se exhumaron los restos mortales del General Franco, ubicados en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos –que toda la derecha, más o menos casi la mitad de la población, consideró una “profanación”–, se quitaron los nombres de los personajes célebres en la historia de la postguerra en las calles y plazas, se demolieron todas las estatuas e inscripciones del evento, y actualmente está bajo ataque interno la Jefatura de Estado –España es Reino, un sistema de gobierno bajo una monarquía parlamentaria–, puesto que es la sucesora del régimen anterior, así como el propio Monumento citado en el Valle de Los Caídos, que alberga la Cruz más grande de la Cristiandad, de 135 metros.

Políticamente, y en lo referente al derecho, las consecuencias siguen vivas por las actuaciones del General Franco (o dictador, o como se quiera nombrar), puesto que los nacionalismos separatistas ya son un problema en Europa –como lo hemos visto en la desintegración de Checoslovaquia, Yugoslavia, la propia URSS, Bielorrusia, etcétera– y en el mundo –no es tan lejano en el recuerdo los genocidios en Sudán del Sur, en Ruanda, en Yemen–. Esos nacionalismos, siempre de furioso tono radical, amenazan también a Europa, y siguen siendo una constante en España como consecuencia de la victoria de Francisco Franco en la Guerra Civil y de su no participación en la Segunda Guerra Mundial.  

Es, sin duda, parte de los movimientos centrípetos de la historia, el que las naciones se estudien por su conformación geográfica y sus regímenes de gobierno, pero es extraño (salvo en el caso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que no eran sino una amalgama de conquistas) que se dé por motivos de lengua, religión e ideología en pleno siglo XXI. La Unión Europea, por ejemplo, ya ha manifestado a Cataluña que no le reconocerá como estado independiente –intentó su proceso de forma unilateral a finales de 2017, y siguen encarcelados o fugados de España muchos de los políticos participantes en ello–, y al mismo tiempo vemos cómo el Brexit ha traído problemas al Reino Unido de la Gran Bretaña –y especialmente con el régimen de autonomía de Escocia–. Situación análoga se padece en España respecto a otros territorios que lo conforman como provincias (agrupadas en Comunidades Autónomas), como el llamado “País Vasco” (la Comunidad Autónoma Vasca, conformada por las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava), el “País Gallego” (la Comunidad Autónoma de Galicia, conformada por las provincias de La Coruña, Orense, Vigo y Pontevedra), e incluso el “País Valenciano” (integrado, según ellos, por las provincias de Valencia, Murcia, Castellón, Alicante y las Islas Baleares, aun cuando solo Valencia lo reconoce así).  

En resumen: la lección queda sin aprender, puesto que en vez de unirnos ante los enemigos comunes –el antiguo comunismo (vigente todavía en Cuba, China, Venezuela, Vietnam…), el actual feroz capitalismo, las pandemias y demás contingencias sanitarias, las dictaduras existentes (tanto civiles como teocráticas), las violaciones constantes a los derechos humanos y un amplio etcétera– pareciera que nos son inútiles las lecciones del pasado, y que la historia no es esa magistra vitae que reseñó Herodoto. Cierto que hemos llegado a consensos internacionales de condena del holocausto, de los genocidios y de las masacres indiscriminadas de poblaciones, si bien solo en el primero de los enunciados se ha realizado alguna acción efectiva.

Consecuencia de la Segunda Guerra Mundial fue, como resultado de la Conferencia de Potsdam, la extinción de la Sociedad de Naciones y surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas, maravilloso avance al tenor de las circunstancias vividas, pero que nació (y que permanece) con un defecto: el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de dicha Organización de los países aliados (Estados Unidos, la actual Rusia, Gran Bretaña y Francia, a la que se sumó China tras su guerra civil con Mao). Ello también fue un constante punto de fricción en la postguerra, con el conflicto conocido como “la Guerra Fría” –entre los bloques capitalistas y los sociales comunistas, agrupados los primeros en torno a la Organización del Tratado Atlántico Norte y los segundos al Pacto de Varsovia–.

Necesario es añadir que la Alemania nacional-socialista no firmó tratado o protocolo alguno, público o secreto, con el gobierno español surgido tras la Guerra Civil –al igual que tampoco lo hizo, curiosamente, Yósif Stalin con los autonombrados “presidentes de la república española en el exilio”, limitándose únicamente a recibir a algunos refugiados de mayor prestigio, como Dolores Ibárruri (conocida como “la Pasionaria”) y miles de obreros que terminaron muriendo en los campos de trabajo ingentes de los planes quinquenales soviéticos, en curiosa muestra de gratitud–. De la misma forma, España tampoco los signó con Italia o Japón (o los gobiernos adláteres de Yugoslavia, Moldavia, Rumania y demás protectorados bajo la égida alemana), muestra mayor de la astucia política del General Franco, quien se inclinó por firmar tratados económicos de fomento industrial y agrícola con Inglaterra y mantener relaciones diplomáticas especialmente con los Estados Unidos de América y la Santa Sede (sin que extrañe que este último estado sea uno de los que más apoyase la España de la postguerra, puesto que calificó el conflicto bélico como “cruzada”).

Gran obra la de Bremer, sin duda alguna, didáctica y amena. Continuaré con su lectura, por placer personal, puesto que nutre objetiva y subjetivamente. Le invito a hacer lo mismo, estimado lector.

@LaReconquistaD

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