Columna de La Reconquista | “Sobre la libertad y sus contextos (VII)”

En continuidad con la parte anterior del estudio que estamos analizando sobre la libertad, corresponde hoy, amable lector, hablar de un concepto derivado pero análogo, dado que necesita de ella pero no es ella… Me refiero, como bien habrá presupuesto usted, a la «tolerancia».

La «tolerancia» es considerada como un componente esencial de la libertad personal en una sociedad política, para el correcto respeto al ejercicio de otras libertades. La libertad de expresión –o la de opinión, de prensa, de cátedra, etcétera– es una de las reivindicaciones tradicionales de la izquierda, frente a lo que los “siniestros” denominan «la censura», defendida por la derecha tradicional. Sin embargo, este criterio se vincula directamente con la cuestión de la tolerancia, que es entendida por algunos como “la virtud por excelencia de la democracia”, como el “respeto a las opiniones del interlocutor”.

La cuestión no puede tratarse in genere –formalmente, atribuyendo, por ejemplo, a cada ciudadano como magistralmente lo hace Sócrates con suprema ironía en el diálogo Protágoras de Platón el pleno uso de la razón política y, por tanto, el derecho a expresar su opinión y que ella sea tolerada. Es este un principio que suele ir vinculado al agnosticismo teológico o político; en todo caso, el principio de la tolerancia tiene un campo de aplicación muy limitado y más bien fines propagandistas.

El filósofo alemán Immanuel Kant en su opúsculo ¿Qué es la Ilustración?– distinguía ya el «uso privado» y el «uso público» de la razón el individuo debe ser sumisoa la autoridad. En realidad, Kant viene a formular la misma situación que definía Federico II de Prusia: “Mis vasallos y yo hemos llegado a un acuerdo, ellos dicen lo que quieren [podría decirse: tolero todo lo que ellos digan] y yo hago lo que me da la gana”.

De hecho, y perdóneme si le suena ofensivo, la tolerancia es utópica y el diálogo es una regla también utópica e ideológica: siempre hay un moderador o un consejo editorial que corta el diálogo infinito por motivos extrínsecos al diálogo falta de tiempo en televisión, falta de espacio editorial, lo que usted guste. No hay «tolerancia» salvo formal, ni puede haberla, por razones «topológicas», lo que encierra el peligro del subjetivismo al no poder ser nunca razonadas las propias opiniones (ya que el principio de la tolerancia conduce a formular «como opinión mía» tanto verdades comunes como delirios subjetivos, sin rigor, lógica, ciencia ni razón).

Pero es el respeto a la persona el que puede llevamos a no respetar sus opiniones si éstas son delirantes o gratuitas. Incluso se han formulado ingeniosidades «paradójicas» que aun cuando fuesen formuladas por autores tan prestigiosos como Karl Popper–, no van más allá de una vergonzante excursión por algún fragmento de una combinatoria puramente formal, oscuramente intuida. “Hay que ser tolerantes contra la intolerancia.» Esta fórmula no tiene mucho más alcance que el que resulta de las leyes algebraicas de los signos +, -, * («menos por menos igual a más», «más por menos igual a menos», «menos por más igual a menos» y «más por más igual a más»): «la intolerancia de la intolerancia es la tolerancia», «la tolerancia de la intolerancia es la intolerancia», «la intolerancia de la tolerancia es la intolerancia» y «la tolerancia de la tolerancia es la tolerancia». De donde resulta que la «intolerancia de la intolerancia» es equivalente a la «tolerancia de la tolerancia». Estas simples consideraciones algebraicas son suficientes para poner en ridículo la pretendida profundidad de semejantes «sentencias paradójicas».

La tolerancia, sencillamente, no es una magnitud que pueda tratarse formalmente, sino que depende de un marco de condiciones que hacen posible precisamente su aplicación; este marco es el que no puede ser discutido, si el concepto mismo de «tolerancia» ha de mantener su sentido. Según esto, no es la ética la que debe ser tolerante, sino que es la tolerancia ética la única que puede tener importancia: no se puede «tolerar», desde un punto de vista ético, que alguien exprese su opinión sobre mis deficiencias físicas o intelectuales por el hecho de ser verdaderas; pero es aquí la ética la que determina la «intolerancia», puesto que la tolerancia no es la medida de la ética, sino que es la ética la que debe constituirse en medida de la tolerancia.

Por otra parte, al establecer los límites de la tolerancia tanto enlo que serefiere a las conductas como a las opiniones, no se trata de defender la conveniencia o la necesidad de la «censura de los expertos», de suerte que nada pueda ser publicado sin censura previa (y no ya política, sino académica); aun cuando esto tampoco puede juzgarse en abstracto en una economía de mercado, un individuo que tiene opiniones delirantes sobre la composición química de la Luna, podrá publicarlas a sus expensas, y nadie podrá impedírselo; otra cosa es si, tras la aprobación de una «comisión de cultura», las publica con dinero público.

Lo que sí es necesario constatar es que la tolerancia omnímoda es un concepto vacío y utópico y que, de hecho, la «libre emisión de opiniones» está limitada económicamente, pero también académicamente, por no decir políticamente. En cualquier caso, la tolerancia no puede desconectarse de la verdad, como si cualquier opinión, por el hecho de ser pronunciada o defendida (ya sea serenamente, digámoslo así, ya sea apasionadamente), haya de ser respetada.

Dejo a su consideración las dos siguientes sentencias, estimado lector, para que juzgue la razón que pudieren tener respecto a la finalidad última que se espera (teleología): “La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es el mal” (Thomas Mann) y “Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón; incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo verdad” (Mahatma Gandhi).

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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