Columna de La Reconquista | “Sobre la libertad y sus contextos (Parte V)”

Continuando, estimado lector, el análisis de la «libertad» que hemos iniciado hace varias columnas, es momento de adentrarnos en el enfoque que ésta tiene a la hora de aplicar las leyes positivas, algo que, creo que coincidiremos, es de importancia capital para evitar la arbitrariedad y garantizar los derechos del ser humano y del ciudadano.

Pues bien, en la metodología jurídica la libertad juega un papel primordial, sobre la base de la distinción entre elementos cognoscitivos y volitivos en el conocimiento jurídico. Sin duda, tal distinción constituye el supuesto de la llamada «escuela del Derecho libre», que contrapone a un Derecho formal –establecido por procedimientos técnicos–, un Derecho vivo, libre, cuyo oráculo es el juez. Pero también hoy, en las formulaciones moderadas de la tópica, se admiten en el conocimiento jurídico elementos volitivos, que no se dejan reducir a los racionales.

Al margen del enfrentamiento de escuelas, constituye un lugar común de la ciencia jurídica actual mostrar la insuficiencia de la subsunción jurídica, para la que se trataría de subsumir mecánicamente el hecho en el supuesto normativo, absteniéndose el juez de valorar, ya que con ello se daría entrada a un elemento de libertad, que puede degenerar en arbitrariedad. Pero no hay que olvidar que la misma subsunción exige una valoración jurídica del hecho, realizada con criterio teleológico y teniendo en cuenta la experiencia social a regular.

Por lo anterior, en la esfera del conocimiento –que antecede a la decisión–, «libertad» significa «discrecionalidad», exigencia de la dinamicidad del Derecho. En el caso del juez, las decisiones tomadas en este ámbito son, a su vez, objetivables (case law): son experiencia reiterable. En el caso de la Administración, dado que se adopta la decisión no sólo en virtud de consideraciones de justicia, sino también de oportunidad, nada impide que situaciones semejantes, producidas en distintas circunstancias, lleven a diversas decisiones. Tal discrecionalidad es, también, la propia del juez cuando determina la pena.

Todos estos ámbitos de libertad exigen una legitimidad racional, para garantizar la seguridad jurídica y evitar el influjo ideológico discriminado. Ello supone la sustitución del dogmatismo por la discusión racional sobre la base de la praxis jurídica, iniciando el análisis desde la célebre definición de las Institutiones del emperador Justiniano: Libertas est naturalis facultas eius quod cuique facere libet, nisi si quid vi aut iure prohibetur (“Libertad es la facultad natural de hacer cada uno lo que quiere, salvo que se lo impida la fuerza o el derecho”). Porque, en definitiva, ¿qué es eso de «la facultad natural», qué es eso del «hacer lo que cada uno quiere»?

Se comprende sin dificultad, al menos en sus líneas generales, el alcance operatorio de esta definición de Justiniano en el tablero jurídico en el que se mueven los individuos de una sociedad determinada: si la ley no prohíbe estos actos, tenemos libertad para hacer lo que queramos; y si una fuerza física nos quita la libertad que las leyes nos conceden, podremos resistirla, contando con la ayuda del Estado. Con todo, esta yuxtaposición de «coacción física» y de «obligación moral» ya no es nada clara, pues ambas aluden a dos momentos negativos de la libertad jurídica, tal como allí se define; pero el contenido positivo de la libertad queda indeterminado en sí mismo. No es que Justiniano no lo considerara: creía “teóricamente”que la libertad era una creación divina y que la ley humana no hacía sino reconocer su existencia; esa «creación» es la que habría que mantener delimitada dentro del ámbito no prohibido por la ley o por la fuerza. Según la definición, alguien no será libre si quiere algo contra una ley justa o contra una fuerza física invencible.
“Sólo se es libre siendo esclavo de las leyes”, dijo Marco Tulio Cicerón. Si es así, ¿la libertad implica la esclavitud a las leyes? ¿A qué leyes, por tanto? ¿A unas leyes positivas que acaso elevan a la condición de «justa» a la esclavitud –o a una vacunación, o a excesivos impuestos y desmesuradas cargas, por ejemplo– o a unas leyes naturales que, según algunos, no son leyes sino por metáfora (como cuando se habla de la ley de la gravedad)? ¿Y acaso no habría más bien que exigir, para que pudiera darse una libertad omnímoda, la supresión de toda ley, normativa o natural y exigir, en resolución, el indeterminismo, el acausalismo? Y si hay alguna línea fronteriza entre el absoluto sometimiento a las leyes y la absoluta emancipación de ellas, ¿cómo establecerla por medio de la propia idea de libertad?

Todas estas cuestiones, que, en realidad, son variaciones de una cuestión general, a saber, la cuestión de la conexión entre las acepciones negativa y positivade la libertad (en toda su universalidad, y de las libertades en particular), son cuestiones que evidentemente no pueden ser analizadas ateniéndonos al recinto de cada determinación del concepto de libertad. Son cuestiones filosóficas. Porque las determinaciones particulares, del estilo de las que hemos considerado, mantienen oculta la unidad del concepto de libertad –si es que esta unidad incluye, como lo parece, el nexo entre los aspectos negativos y los positivos de las diferentes libertades–. El cuerpo que cae libremente tiene libertad negativa (remoción de obstáculos), pero ésta es sólo el reverso del anverso de un movimiento acelerado, que si es espontáneo, ya no lo es con la espontaneidad inercial, porque resulta de la influencia exteriorde la gravedad. ¿Cómo se enlaza entonces la exterioridad con la espontaneidad, no ya sólo en la piedra que cae, sino en el delincuente de quien se dice que está impulsado en sus actos por «la gravedad» del medio social (o «campo gravitatorio») en el cual vive?

Las relaciones entre el aspecto negativo y el aspecto positivo de la libertad no son, además –ni tienen por qué serlo–, en general, simétricas, como hemos dicho: una libertad, en su aspecto positivo, implica que se dé una libertad en sentido negativo; pero una libertad, en sentido negativo, no siempre implica una libertad en sentido positivo. Además, la libertad, en sentido negativo, equivale a la negación de los obstáculos que se oponen o niegan la libertad en sentido positivo y, por ello, viene a ser la negación de una negación, lo que nos introduce en una problemática dialéctica que excede, ampliamente, el ámbito ordinario de los tratamientos categoriales o meramente técnicos del concepto de libertad.

En cualquier caso, habrá que tener en cuenta que la «libertad de», según el contexto en el que se suponga definida, puede tener una significación muy rica, es decir, puede en realidad estar presuponiendo otras «libertades para» implícitas, conquistadas tras siglos de ímprobos esfuerzos. Así dijo Montesquieu: “Libertad política es aquella tranquilidad de ánimo que dimana de la opinión que cada uno tiene de su seguridad; y, para tener esta libertad, es menester que el gobierno sea tal que ningún ciudadano tenga que temer a otro”, dice Montesquieu. Casi me da la risa si comparo la teoría con lo que tenemos en las calles de la geografía española ante mítines políticos, protestas y vandalismo…

La libertad política que así se define es en realidad, al parecer, una libertad negativa: «no temer un ciudadano a otro», es decir, estar «libre de», en la ciudad, «en el Estado», de las amenazas que serían propias del «estado de Naturaleza». Pero es obvio que esta «libertad de» presupone una ciudad, un Estado y un gobierno, y, por tanto, un desarrollo  histórico en el que los hombres hayan ordenado y fijado objetivos a su «libertad para».

Y no solamente el análisis de las conexiones entre los diversos componentes o acepciones de las determinaciones de la libertad suscitan cuestiones filosóficas, sino también el análisis de las relaciones entre estas diversas determinaciones(políticas, económicas, físicas, psicológicas…); la cuestión del nexo que debe establecerse entre las libertades excede evidentemente el ámbito de los tratamientos particulares. Si el análisis del concepto de «caída libre» corresponde a la Física, y el concepto de «mercado libre» corresponde a la Economía política, la confrontación profunda entre ambos conceptos requiere una perspectiva filosófica«de segundo grado», de la cual podrá eventualmente resultar, como conclusión, que no cabe mantener la idea de «libertad» como una idea común, unívoca, a sus diversas determinaciones. Acaso porque fuera preciso considerar a la idea de libertad como una idea cuyas determinaciones la hacen variar dialécticamente como tal idea hasta un límite en el cual ella se desvanece; a la manera como en geometría plana se desvanece la figura de la circunferencia cuando el radio va creciendo y alcanza un límite infinito.

Podríamos expresar lo anterior diciendo que las cuestiones que suscita la idea de libertad, considerando la amplitud de sus determinaciones, son cuestiones transcendentales: su tratamiento requiere la consideración de la conexión del sujeto operatorio, no ya con alguna región determinada (categorial), sobre la cual se ejercen sus operaciones, sino sobre los componentes más genéricos de su operatividad y, por tanto, sobre la universalidad de los diversos campos de operaciones.

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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