Columna de La Reconquista | “Sobre la libertad y sus contextos (Parte I)”

En el cotidiano lenguaje de nuestros días la palabra ‘libertad’ es una palabra llena de prestigio y aparece especialmente formando parte de frases de protesta y reivindicación, tanto en el campo político como en el económico, cultural y social: “libertad de pensamiento”, “libertad de creencia”, “libertad de imprenta”, “libertad de asociación”, “libertad de tránsito”, “libertad de enseñanza”, “libertad de mercado”, e incluso, “libertad de vestir”, “libertad de elección” –de vestiduras, de maestros y centros educativos, de amigos etcétera–. Por ello no es de extrañar que, en algunos ambientes, correlativamente, la palabralibertad’ suscita recelo y suspicacia, en la medida en que toda reivindicación presupone in se una negación, una “liberación” de un orden o estado de equilibrio vigente –un orden político, económico, familiar– que resiste a esa reivindicación –aclarando que no siempre es por motivos infundados–.

Incluso podría llegarse a afirmar que el recelo hacia la liberacióno el miedo a la libertadpuede afectar no ya a los encargados de custodiar el orden sino a los mismos hombres que quieren liberarse de ese orden. Así habría ocurrido en general, según Erich Fromm, en la época moderna, a raíz de la disolución del orden feudal. Según Fromm la angustia o el miedo a la libertad puede llegar aconducir, paradójicamente, al deseo de tener un amo, al deseo de un orden rígido y autoritario, inspirado por la dulzura de obedecer, como habría ocurrido durante la época nazi.

Sea como fuere, el término «libertad», en su género abstracto, es uno de los grandes símbolos de nuestra época, especialmente desde el inicio de la Edad Contemporánea con el parteaguas de la Revolución Francesa. Históricamente, si como símbolos de la época medieval podrían tomarse los nombres de las tres virtudes teologales –fe, esperanza y caridad–,como símbolos de la época moderna tendríamos que poner a los nombres de los tres ideales supremos consagrados por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

Los significados personales, sociales jurídicos o políticos del término «libertad», ubican a ésta en el horizonte del «deber ser». Pero hay que constatar también la aplicación del concepto a situaciones impersonales, puesto que la libertad se refiere ahora a la característica de algún sistema (o sea, a un «ser», más que un «deber ser»)en tanto que está dotado de espontaneidadde acción –una espontaneidad en virtud de la cual parece ser inmune a trabas exteriores–.

Desde luego, de manera eminente se llama «libre» al individuo dotado de libre arbitrioo libre albedrío–lo que algunos identifican con la facultad de elección–, considerándolo como el atributo más relevante de la persona humana, como raíz de su responsabilidad y, por tanto, de su condición de sujeto moral o ético.

En los anteriores usos mencionados del término «libertad» –sin contar otros muchos que fácilmente podrían añadirse–, cabe advertir la presencia de dos acepciones, momentos o aspectos léxicos que, sin perjuicio de su estrecha asociación, pueden considerarse  como distintos:

l. Una acepción negativa, según la cual libertad significa, ante todo, negación de dependencia respecto de algo, inmunidad respecto de alguna determinación. La libertad, según esta acepción negativa, era denominada por los clásicos libertad de indiferencia; y comprendía tanto los casos en ]os cuales la indiferencia va referida a algo pasivo (indiferencia para recibir algo, y entonces se oponía a la necesidad pasiva, la necesidad pasiva del metal de recibir o padecer calor cuando se le aplica una llama) como los casos en los cuales la indiferencia va referida a algo activo (indiferencia para hacer algo), y entonces la idea de «libertad de indiferencia» se opone a la necesidad coactiva, y se constituye mediante esta oposición, en el concepto de «libertad de coacción» o «libertad de espontaneidad».

«Libertad» vale ahora tanto como negación de determinación exterior, o de la imposición desde fuera a hacer algo que coarta la propia espontaneidad. Un individuo en estado de hipnosis, drogado, o con electrodos implantados en su cerebro, que le hacen capaz de recibir las señales de un mando a distancia que le impone determinados actos o formas de conducta (detenerse, torcer a la derecha, saltar…) no tendría, según esto, libertad de espontaneidad respecto de los actos que realiza sugeridos por el operador de los mandos. Otro tanto habrá que decir de los actos ejecutados como consecuencia de estímulos infraumbrales (inconscientes) enviados, por ejemplo, desde la pantalla cinematográfica que sugieren al espectador, por ejemplo, comprar palomitas de  maíz.

II. Una acepción positiva, según la cual libertad significa, ante todo, la misma potencia o poder de hacer algo por sí mismo. Si no hay una capacidad de acción propia, o si no existen rutas determinadas que seguir, aunque no hubiese trabas externas, aunque hubiera libertad negativa, no podría hablarse de libertad positiva (éste es el sentido de aquella frase atribuida a Lenin -no entramos en detalles-: «¿Libertad para qué?»).

La libertad negativa, suele denominarse «libertad de», mientras quea la libertad positiva se la conoce también como «libertad para».

La libertad positiva, sin embargo, es un concepto sumamente oscuro, puesto que no es fácil determinar qué es lo que pueda significar «capacidad para hacer algo por sí mismo». Algunos creen que significa, ni más ni menos, «creación»:«libertad de creación» (artística, científica, técnica, política). Pero la idea de creación es aún más oscura y metafísica que la idea de libertad. Quienes creen que «capacidad de hacer algo por sí mismo» significa «libertad de arbitrio» (libre arbitrio), «libertad de elección», es decir, tanto libertad de hacer algo o de no hacerlo («libertad de contradicción»,de ejercicio) como libertad para hacer una cosa u otra («libertad de contrariedad»,de especificación), se acogen a una idea de libertad no menos oscura y metafísica; porque la «elección libre», como trataremos de demostrar más tarde, es un concepto tan contradictorio como pueda serlo el concepto de «círculo cuadrado».

En realidad la idea de «elección libre» encierra ya de por sí la idea de creación (teológicamente: implica la «premoción física»), así como la creación es una elección en su grado límite (una elección absoluta, que extrae la nueva forma, no de un repertorio de alternativas, sino del repertorio cero, de la nada).

En cualquier caso, la idea de libertad para es indisociable (al menos cuanto a su valor ético o moral) de la materia de la misma, porque considerar equivalentes a todas las materias de la «libertad para» (valorando formalmente, y no materialmente, esta libertad) equivale a retrotraemos a la «libertad de». Precisamente la gran probabilidad de que las materias de la libertad para no sean condignas del valor que atribuimos a la libertad explicaría que muchas veces se prefiera la «libertad de» (o su equivalente, la «libertad para indeterminada»)a una «libertad para determinada» a materias indignas, ridículas o desproporcionadas con relación a los esfuerzos que han sido acaso necesarios para realizarla (y ello aunque no sea más que porque ahora la «libertad de» equivaldría a una «liberación)) de esa «libertad para determinar» nada). «Hay un pueblo (observaba Montesquieu, en el libro x1, 2. del Espíritu de las leyes, refiriéndose a los moscovitas de la época de Pedro el Grande) que por mucho tiempo ha creído que la libertad consistía en el uso de llevar la barba larga» (sin embargo, lo que ocurre es que estos contenidos o materias aparentemente insignificantes de la «libertad para» tienen un valor simbólico capaz de desbordar aquellos contenidos  o  materias;  un valor que implica, entre otras cosas, la confrontación de voluntades de poder con la liberación o «libertad de» respecto de quienes impiden, por los motivos que fuesen, el alcanzar esa materia aparentemente insignificante de la «libertad para»).

Pero sería un error dar como equivalentes los conceptos de libertad positiva (capacidad de hacer algo por sí mismo) y de libertad de elección, puesto que hay muchas situaciones en las que, aunque parece, al menos, que hacemos algo en virtud de nuestra propia libertad de arbitrio, sin embargo, no tenemos capacidad de no hacerlo (es decir, no tenemos libertad de contradicción). Los escolásticos (Tomás de Aquino, Vitoria o Suárez) reconocieron esta posibilidad: decían que la voluntad humana quiere necesariamente, como su fin propio, el bien, incluso cuando el individuo decide ahorcarse. Precisamente por ello negaban que el hombre tuviese libertad en este orden, reservando la libertad a la elección de los medios conservando el fin propio (y necesario) de la voluntad. Para ellos no es lo mismo «actuar voluntariamente» que «actuar libremente», porque reconocían la realidad de acciones voluntarias pero no libres. Sin embargo, esta doctrina de los escolásticos ha sido puesta en duda muchas veces en nombre del mismo significado léxico positivo de la libertad, que se refiere a la capacidad de hacer algo por sí mismo, voluntariamente, independientemente de que haya o no elección: «soy libre cuando puedo hacer lo que quiero, aunque no pueda dejar de querer lo que hago».

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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