Columna de La Reconquista | “Sobre la falsimemoria histórica o falsimemoria democrática» en España” (Parte I)

Espero que todos recordemos que la Historia (con mayúscula) no es una composición subjetiva personal (ni social, perdón que lo recuerde), aun cuando sea narrada o evocada en forma “recreada” –como lo hace la novela histórica como subgénero literario–, sino que es el recuerdo objetivo –y si es objetivo, por ende ha de ser neutral, exacto, preciso, concreto– de una serie (o varias) de acontecimientos, circunstancias, personajes, actos y consecuencias, que marcan la memoria colectiva de lugares, naciones o el propio planeta Tierra –hasta donde nos es dable saber, según la ciencia empírica–, tanto en sentido reducido como en el más amplio –dirían algunos “en forma sincrónica y diacrónica”–.

Le ruego, amable lector, que perdone el exordio precedente, pero si hemos de hablar de la Historia, nunca es bastante comprender su significado, significante y significación. Sin entrar en temas filológicos, simplemente digamos que el significado refiere comprensión, el significante implica relación y la significación comporta actuación. ¿Por qué escribo estas cosas de “literatura pesada”, de clase, de “academia”? Porque tenemos Alzheimer colectivo social. Una amnesia auto provocada (además de la infligida por ideologías historicistas trasnochadas y políticas populistas oclócratas sin aterrizaje vital).

Bien, bien. Lo antecedente sobre la Historia es el precedente para la memoria. Sabemos que ésta es una de las facultades –o capacidades– del ser humano, que funciona tanto de manera consciente como inconsciente, en lo personal y en lo colectivo, que consiste en recordar –una hermosa palabra, en verdad, puesto que significa «volver a traer ante el corazón» etimológicamente hablando–. Recordar cosas importantes o nimias, personas influyentes o desconocidas, imágenes de agrado o disgusto, pensamientos pasados, anhelos y esperanzas concebidas, y un amplio etcétera.

Fusionando los dos vocablos, «Historia» y «recordar», no encuentro en modo alguno que pueda combinarse con dos conformaciones humanas: la «memoria» institucional construida, y la «memoria» democrática inventada (imagínese usted que, por ejemplo, solo tuviésemos que “recordar” en forma democrática los imperios de la antigüedad, la creación de la tabla periódica de los elementos químicos o la progresividad en la consecución de derechos… ¡es imposible!). La memoria, a priori, es del pasado, ergo siempre ha de ser histórica; la democracia, a posteriori, no es sino un sistema de régimen de gobierno con unas bases de supuesta igualdad –lo cual no deja de ser paradójico, incluso falso, porque en sus orígenes fue oligárquica y hoy en día es casi siempre indirecta, por mucho que se cite a Lincoln con eso de que es “el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo”–. Pero la Historia se ha de recordar por lo que fue, lo que es y lo que avizora (porque bien lo decía Heródoto: historia magistra vitae, “la historia es maestra de la vida”), o sea que puede ser analizada y profundizada, pero nunca variada ni soterrada, al igual que la verdad no puede convertirse en mentira, ni el cuadrado en círculo.

Pues bien, eso es lo que las legislaciones impulsadas por los cinco últimos ejecutivos del Gobierno del Reino de España han buscado: reconstruir la Historia, para re-aprender la Historia según unos postulados actuales ideológico-políticos, y no según la objetividad de los hechos y su transcendencia. Solo desde el conocimiento de la Historia objetivamente expuesto podemos avanzar como personas, sociedad y nación, solo desde la verdad –que no desde una ideología o un parecer– podremos determinar qué es acertado y qué no lo es para las decisiones presentes y futuras. La Historia no es nostalgia –sería craso error considerarlo así–, al igual que tampoco es esperanza. Simplemente es, es Historia (y no “historias”, que de esas escuchamos demasiadas en las sesiones parlamentarias).

 Absurdo, vergonzoso y ridículo me parece que los actuales –aunque, reitero, trasnochados y desgastados– comunistas y socialistas (los herederos de esos ideales locos y fracasados de la ‘Pasionaria’, o de Santiago Carrillo, Largo Caballero, Negrín, Prieto, Azaña y compañía) se atrevan a meterse con la Historia de España, de sus regiones, personajes ilustres, hechos, descubrimientos, inventos, influencia, creencias, desarrollo y vida de una nación, en la que hubo un tiempo en el que nunca se puso el Sol. Por ejemplo: ¿Qué quieren o deben o pueden pensar sobre el General Francisco Franco o el político Miguel Ángel Blanco? Del primero se habla mucho –casi nunca bien, pese al amor que tuvo a su Patria y a la intachable vida ética, moral y personal que le llevó a tomar la decisión tan dolorosa de luchar contra lo que destruía España–, del segundo muy poco –hasta creo que solo lo conoceremos quienes salimos a las calles con las manos pintadas de blanco, coreando que “todos somos Miguel Ángel”, ¿recuerdan?–. ¿Qué Historia tenemos y vivimos?

Desde la infancia, crecemos con las narraciones de los familiares cercanos, amigos y muchas otras personas que nos trasladan desde cómo aprendían ellos a dónde se encontraba tal lugar; desde esa memoria familiar y social, entrañable, hasta la de sus maneras de pensar y opinar –fueran coincidentes o no con las propias–. En la escuela, aprendemos (no ya únicamente por mnemotecnia, de memoria, aun cuando esta herramienta ha de utilizarse porque lo que no se usa bien se echa a perder), e incluso se dice que “se aprende a aprender”. Esta última expresión me trae por el camino de la amargura, porque para aprender no es necesario aprendizaje, sino exposición, praxis, acción, lectura y posibilidad de aplicación práctica de lo que el educador traslada para que el educando adquiera (ahí el riesgo de la subjetividad, si dependen los hechos de las opiniones del docente). Pero… pareciera que no saben muchos que «aprender» deriva de «aprehender» –un término muy jurídico en la actualidad, pero que significa literalmente “agarrar”, “asir”, “tomar”, “capturar”–, y como no quieren «aprehender» no pueden «aprender»… Círculo vicioso, espiral sin retorno, como quieran…

Otro ejemplo más sobre nuestra muy selectiva memoria de la Historia cuando la dejamos en mano de la subjetividad política: El Valle de los Caídos. Éste no fue edificado mediante trabajos forzados (ruego lean en internet el artículo de Victoria Prego al respecto, o el documental de Alfonso Arteseros) sino por trabajo voluntario de presos para la consecución de beneficios penitenciarios (ya saben, un día de trabajo redime tres días de condena), personas que, con amplio margen de generalidad, podemos afirmar que comían y trabajaban en mejores condiciones que la mayoría de trabajadores españoles de la época de debacle que nos dejó reconstruir la Patria en 1939. ¿Cree usted que sus hijos lo saben? No me termina de convencer… porque se dice que es monumento triunfalista, exaltación de dictaduras, injerencia religiosa en asuntos públicos y no sé cuántas zarandajas más del mismo estilo, pero no se narra el porqué de su construcción, ubicación, medios humanos, etcétera. Recuerden que el escultor Juan de Ávalos (ya ven que ciclópeas obras realizó) tenía el carnet número 7 de las Juventudes Socialistas de Mérida, y eso no impidió para nada que el entonces Jefe de Estado aceptara su maqueta de proyecto como la mejor para edificar un gran monumento en honor y recuerdo de todos los fallecidos durante el trágico periodo de la Guerra, de ambos bandos, porque todos eran hermanos españoles.

Junto a esto, pongamos otro dato: Si al mismo tiempo hacemos memoria, en aquel momento previo y simultaneo a la Guerra Civil, los comunistas españoles estaban a favor de Hitler (¡vaya que lo estaban!), especialmente por el Tratado Ribbentrop-Molotov, signado entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin, resulta absolutamente risible –permítaseme decirlo en forma prosaica: “descojonante de risa”– que día sí y día también “acusen” al General Francisco Franco de pactar con Hitler –que nunca lo hizo, fíjense cómo mandó al Führer a la basura, metafóricamente, en Hendaya–, cuando quienes luchaban contra Franco no eran precisamente “blancas palomas” –hoy diría alguien “seres de luz”– puesto que no olviden que eran dictadores con mucha sangre en sus manos. Analizando la Historia, no puede deducirse sino que los “historiadores democráticos” no perdonan al Generalísimo que les venciese en la Guerra –y tampoco se perdonan a ellos mismos, que fueron tan inútiles de dejarse ganar por sus pleitos internos, asesinatos, torturas, checas y persecuciones dignas de su “Papacito Stalin”–.

No cabe duda en mí de que habrá quienes gusten insultarme, vilipendiarme, decirme “franquista” (o “facha”, tan grande es la ignorancia que no saben que el fascismo es de izquierdas)… Háganlo. Sean libres, siéntanse libres –aunque se supone que la libertad solo debe obrar el bien y ser tendente a ello, pero bueno, no les daré hoy esa clase–. Ojalá tengan argumentos objetivos y sólidos en caso de querer rebatir… aunque no, no lo espero, porque lo suyo es el insulto gratuito, tan propio del matón de pueblo… Si pueden, señores lectores, tener un mínimo de honradez intelectual, dígnense cotejar y contrastar la información con autores objetivos, diferentes en cultura, raza, ideología… Es lo correcto. Ahora bien, pedir este tipo de honradez intelectual a los que boicotean un acto en honor del ‘Quijote’ y Cervantes en una Universidad española, o que con su “neo-lenguaje” patean el Diccionario de la RAE como balón en recreo infantil, es, sinceramente, pedirle peras al olmo o flores al malvavisco…

STULTORUM NUMERUM INFINITUM EST…

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